Rita (extracto, personaje de «Exlibris»)

Rita nunca había tenido una amiga. Cuando era pequeña jugaba con sus dos hermanos, sobre todo a indios y vaqueros, a caballeros y princesas, y aunque siempre le tocaba ser rescatada o secuestrada según las diferentes historias que pergeñaban entre los tres, lo que a ella le gustaba de verdad era lanzar flechas y luchar con la espada, antes que esperar pacientemente su rescate atada al tótem del tormento, en realidad un viejo palanganero de sus abuelos cuya jofaina y aguamanil habían pasado a mejor vida en alguna de las múltiples travesuras de los tres pilluelos. Había sido una niña feliz, pese a la ausencia de una madre que tuvo a bien morir cuando ella cumplió los ocho años.

Su madre, Marta, siempre había sido una mujer enfermiza. Como un mal endémico que persiguiera a su familia también había quedado huérfana de madre muy joven, con lo que no supo nunca serlo. Se crió con sus tías, dos solteronas de Valladolid con más misales que modales y que la casaron en cuanto tuvieron la más mínima oportunidad para quitársela de enmedio y poder volver a sus oraciones y mundanos cotilleos. Marta había tenido a sus tres hijos rozando siempre la desgracia, pero finalmente fue una neumonía la que se la llevó un frío invierno tras una breve convalecencia. No hubo muchas lágrimas por Marta, sus hijos raramente la vieron salir del cuarto que ocupaba continuamente con sus migrañas y sus fiebres. Su marido, siempre ocupado en quehaceres y quereres tampoco había sabido estar a su lado, así que la enterraron en el panteón familiar y tallaron una rosa sobre su tumba, que siempre estuvo desnuda de flores frescas.

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Santos (extracto, comienzo de «Exlibris»)

Santos Dalia había nacido el 20 de enero del 54, una mañana fría en la que su madre, no pudiendo resistirlo más, se había envuelto en un viejo y roído gabán y había caminado torpemente hasta la calle Sierpes, donde Juana Villagobardo, “La Bruja”, le asistiría en un parto largo y doloroso que terminaría con su vida. Un instante antes de apagarse, María, que así se llamaba la madre de Santos, miró a su hijo y suspiró: “Vaya, al final ha sido un niño, pues la lleva clara el crío”; y diciendo esto murió, sin más dramatismos ni más gestos, se quedó con la mirada enganchada en el techo y dejó de respirar. La bruja cubrió al niño con el gabán de la madre, para que al menos tuviera su olor, y dejándolo cerca de un sagato escaso sobre el que unas trébedes puchereaban un viejo hueso roído y unas fabes, salió de casa para que la autoridad, si es que aquella gélida mañana la había, tomara posesión tanto del cuerpo de la difunta como del niño. 

La mujer de Manuel Samper, Inmaculada, se encaprichó del niño nada más verlo, “Manuel, este niño necesita una familia, no se te ocurra dejarlo en un hospicio que le vas a dar una vida desgraciada”. Manuel, que conocía a su mujer más que de sobra, tan solo podía pensar en las largas horas del turno de noche que tenía que doblar una y otra vez para saciar las bocas de sus cuatro hijos, y, a sabiendas de que uno más terminaría con su ya delicada salud, insistió, “mira Inma, esto es solo por un par de días, hasta que terminen de tapiar el muro que se ha caído del hospicio de San Rafael, una vez que esté reparado y la nieve no entre hasta las habitaciones de los niños, el crío irá al hospicio, donde seguro que los curas le dan buena vida, que esa gente está ya acostumbrada al trato con náufragos”, y diciendo esto miró al niño y pensó que más le hubiera valido al pobre no haber siquiera nacido. Y así fue como Santos Dalia fue a dar con sus más huesos que carnes al hospicio de San Rafael. Manuel Samper y su mujer lo llevaron un jueves por la mañana, acurrucado en el viejo gabán de su madre, y reprimiendo las lágrimas. Al salir del coche que los llevó a la nevada puerta, el vaho empañó las delicadas lentes de Manuel, “pues mira, mejor no ver” pensó,”Inmaculada, dame al niño que no podemos estar aquí todo el día ”, la llamó Inmaculada, como hacía delante de la gente, Inma era solo para él.

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Jonás (extracto de Patio 42)

Jonás tenía una elegancia innata a la hora de perder, al fin y al cabo había nacido para ello. Su facilidad para caer derrotado en las lides más livianas le permitía afrontar cada reto con la seguridad de sucumbir luchando, pero en definitiva perder. Siempre pensó que era necesario que alguien pierda para que alguien gane, alguien debería ser el último, el más lento, el peor, y era preferible que ese alguien fuese él, él que tenía la capacidad de seguir adelante pese a todo y pese a todos. Ser el último le permitía verlos delante, valorar su esfuerzos, levantar al que caía y mirar desde abajo a los vencedores en el podio, tan sólo era una cuestión de perspectiva. También perdía gente y aceptar que no podía salvar a nadie había sido su último gran reto en tanto todavía no acertaba a entender por qué perdía a otros cuando él era el perdedor absoluto, pero quizá este era su rol, perder a los demás, perder al fin y al cabo, pese a todo, pese a todos. De cada una de sus derrotas aprendía algo, de cada caída de la que se levantaba, de cada cicatriz, así era Jonás, el eterno impar, el resto de la división, el último trago de un vaso de sidra que se arroja al suelo, la elección que nunca se tomaba. Su vida era como un eterno navegar contra el viento, volviendo una y otra vez a puerto, era como una escopeta de feria trucada para nunca acertar, como jugar contra alguien con las cartas marcadas, como intentar escalar una montaña de barro, nadar y guardar la ropa que dirían algunos, o al menos así había sido hasta aquella noche.

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Román, el gitano chico

Un par de mástiles de hierro, un toldo raído por el sol y la lluvia, dos mesas plegables y unas docenas de cajas cargadas hasta los topes eran todo cuanto precisaba su negocio. Recorría un puñado de pueblos cada semana, y en todos ellos era conocido como Román, el Gitano chico. Su padre, Juan el Gitano había hecho ese mismo recorrido durante años, granjeándose la confianza de clientas que ahora volvían al puesto a comprar a Román. Todavía le recordaban como su padre, de negro riguroso, con el sombrero bien calado y un cigarrillo eternamente colgando del labio, atendía el puesto sin mediar más que las palabras justas con cada clienta, pausado, poniendo precios según demanda y con el orgullo de quien sabe vender con justicia y algo de picardía. Román lo añoraba, el padre severo, el patriarca orgulloso, al que tan sólo pudo doblegar un corazón maltrecho que lo traicionó un día frío de marzo, añoraba su presencia tranquilizadora, aquella voz profunda agravada por el tabaco, el bulto que marcaba la navaja protectora en su cintura, el chaleco con aquel reloj de bolsillo que todavía conservaba, y, sobre todo, añoraba el momento en el que, tras una mañana ajetreada, su padre le daba un pescozón y le decía “esto ya está hecho, termina tú que voy a un sitio”, y con aquel andar bamboleante se marchaba a tomar vino de pitarra y algo de queso, mientras envolvía el fajo de billetes del día con una goma elástica y los guardaba en algún lugar de su chaqueta.

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La liturgia de Nora

Cada mañana Nora cumplía con una liturgia propia, disponía su vestido sobre la cama recién hecha, se lavaba en el aguamanil de su habitación con el agua jabonosa que su abuela había dispuesto esa misma mañana tras calentarla en la cocinilla, peinaba su cabello con ímpetu para intentar domar aquella melena negra, luego se miraba en el espejo que colgaba detrás de la puerta y veía su piel aceituna, se sonreía y en su sonrisa creía ver el reflejo de su madre a la que tanto añoraba, cerraba los ojos, besaba el espejo, te quiero mamá, y terminaba de vestirse. Las sandalias que calzaba gran parte de año la esperaban al pie de la cama, sandalias que su abuela se encargaba de limpiar cada noche cuando Nora caía rendida en la cama y que solían venir llenas de arena y polvo. Tras alisar el vestido sobre su delgado cuerpo giraba sus caderas a izquierda y derecha y la cabeza a derecha e izquierda para notar como el vestido volaba a su alrededor, luego salía a la sala donde sus abuelos ya llevaban un buen rato despiertos y, al verla, cada mañana, sin faltar una, se les iluminaba la mirada con ese brillo que decía “por ella merece la pena seguir vivos”. Sobre la mesa un tazón de leche, al lado un trozo de pan duro que terminaba desmigado flotando en la leche hasta que hábilmente Nora pescaba cada tropezón para engullirlo con prisa, con la misma ansia que demostraba por la engullir la vida. Luego de un salto tomaba su cabás, y salía como una exhalación por la puerta no sin antes besar a sus dos abuelos que sentían como la vida se les iba por la puerta tras aquella niña a la que adoraban.

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El gato.

Tenía un ojo de cada color. Sabía que eso tenía un nombre, se lo había escuchado decir una vez al médico de un carguero bengalí que había fondeado en el puerto para reparar el motor, pero era incapaz de acordarse, total, ¿para qué?, ¿a cuánta gente le puedes decir “mira, tengo un ojo de cada color, y eso se llama….yoquesecomo”?, pues a nadie, en general a nadie, sobre todo si eres un gato.

Sí, era un gato, de esos sin raza, sin edad, sin color definido, un gato de los del montón. Le habría gustado decir que era un gato doméstico, pero no, nunca había tenido un amo, ni había sido parte de una familia, Picaporte era un gato de puerto. Y era un gato afortunado, al menos tenía nombre, un buen nombre. Se lo había puesto el capitán de un pequeño pesquero llamado Doña Pizcueta. El pesquero, claro, el capitán se llamaba José Enrique, aunque todos en el puerto le decía Pepequé, con acento en la última “e”, bien pronunciado, como una broma que había terminado siendo un apodo, un mote, igual que el de Felipe el anchoa, Juanjo el calamar y Luis el sarraceno. Al final la gente olvidaba los nombres de los demás y tan sólo los llamaba por su mote. A él, en cambio, siempre se referían de dos maneras, bien como Picaporte, aquellos que lo conocían, ó bien como gato, seguido algunas veces de determinados adjetivos que no venían al caso, acompañados en ocasiones de alguna pedrada o el intento furtivo de propinarle una patada. Pero Picaporte, además de ser un gato, era un gato listo, rápido y ágil, y pocos podían tan siquiera tocarlo si él no se dejaba.

Tenía tan sólo media cola, aunque a veces pensaba que todavía sentía el trozo que le faltaba. Lo perdió una tarde, una tarde de verano en la que, amodorrado por el calor y con el estómago lleno tras el atracón de restos que los turistas dejaban en los bares del puerto, se puso a dormitar sobre la cubierta de un pequeño barco. El capitán no sé percató de la presencia de Picaporte y lo pisó. El aullido fue tan fuerte que, asustado soltó las cajas de sal que portaba para dejarlas en la bodega con tan mala suerte que cayeron sobre el gato atrapándolo por la cola. El capitán se hizo cargo, llevó al gato al veterinario y allí le amputaron media cola. Después lo llevó de polizón unos meses de arriba para abajo, y cuando volvieron a puerto le puso su nombre, Picaporte. Decía que era un nombre importante, de un libro en el que sus protagonistas daban nada más y nada menos que la vuelta al mundo en ochenta días. No era el nombre del protagonista ya que, decía, un gato no podría ser el protagonista de una historia, pero sí era el nombre de su acompañante, su mayordomo. Picaporte tampoco entendía como un gato podía ser un mayordomo, pero le gustó su nombre, le gustó el capitán y le gustó que le dieran cada día todo el pescado fresco que pudiera comer, en compensación a lo cual él cazaba a las ratas, a las más pequeñas claro, que pululaban por el barco y se las daba de comer a los marineros, aunque ellos no terminaban de cogerles el gusto.

Cuando volvieron a puerto el gato ya tenía un nombre, y todo el mundo le permitía deambular por los muelles y por algunos pequeños barcos, aunque sólo viajaba en el Doña Pizcueta, al fin y al cabo era parte de su tripulación. Era el mayordomo.

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Huecos

No los vemos desde casa, ni cuando salimos a los balcones a aplaudir cada tarde, pero cuando la vida vuelva a su cauce, cuando todo esto no sea más que un mal recuerdo, el mundo estará lleno de huecos, espacios vacíos, sitios que contenían personas, amigos, familiares, y que ahora son tan sólo espejos de los recuerdos que los guardan. Hoy las voces claman a uno y otro lado, pero esos gritos que acusan y esas defensas a ultranza no impiden que, cada día, cada cifra, deje entre nosotros, en nuestro futuro, huecos, que no serán llenados, que no darán besos ni abrazos, y que tan sólo contendrán el vacío que han dejado en el pecho de otros, de ellos, de nosotros mismos. No hay despedidas, sólo hay duelo, no hay planes, no existen los futuros que pensamos, vivimos en un día que se repite una y otra vez y en el que, sin darnos cuenta, se nos escapan de las manos vidas como globos que ascienden hasta perderse de nuestra vista, esperando no ser uno de ellos, no ser una de las vidas que se apagan solas, que dejan, hoy, mañana y ya para siempre huecos.

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Panegírico a Agustín Lázaro Segura

Hoy ha fallecido mi amigo, compañero e inolvidable jefe Agustín Lázaro Segura. La vida no da tregua, y en esta época extraña en la que nos hemos dado cuenta de lo mucho que nos necesitamos los unos a los otros hemos perdido a Agustín, como la arena que se nos escapa entre los dedos. Hay personas a las que la muerte hace buenas, a Agustín lo hizo bueno la vida. Terco defensor de sus ideas que no abandonó bajo ningún yugo, baluarte inexpugnable que acogía a propios y extraños y los hacía suyos, amigo fiel y mordaz que no daba una batalla por perdida. Tuve la suerte de compartir dichas y desdichas con él, aventuras inconfesables, discusiones honestas y muchos yantares en posadas de diverso pelaje que parieron recuerdos que hoy atesoro. Mi admirado Agustín, historia viva de esta España nuestra, emigrante, retornado, adelantado a su época, madrileño de pro, amante confeso de la que terminó siendo su ciudad, Cuenca, que recorría sin tregua, caminante altivo, senderista de esta vida nuestra, cuyos caminos recorrió siempre en compañía de los suyos y de los que nos pensamos parte de su ruta. Hoy Agustín ya no está para decirme “chato, no me seas gilipollas” con esa cadencia suya tan particular, pero creedme si os digo que es como si lo estuviera escuchando ahora. El pasado enero compartí con él la última comida que tendríamos juntos, y de nuevo fui testigo de su vitalidad y ese fuego con el que pasionalmente nos arrastraba a todos a su lado. Un lujo, creedme, compartir con él una importante parte de mi vida, un tesoro el haber sido parte de la suya, aunque fuera una parte pequeña en su inmenso mundo, y un dolor intenso el no poder ir a despedirlo hoy como él y los suyos merecen. Volveré a su tierra, volveré a los sitios que con él compartí y allí, con una copa de vino y un corazón encogido, daré firme despedida a mi amigo, compañero e inolvidable jefe Agustín Lázaro Segura, que la tierra te sea leve.

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Trenes

Los trenes ya no paran en las estaciones, nadie baja ya a estirar las piernas, fumar un cigarrillo, comprar una revista o una chocolatina, nadie se queda en la puerta del vagón viendo como aquellos que esperan reciben con abrazos ilusionados a los que llegan, nadie se detiene en el andén a contemplar la estación de la que marcha o a la que arriba, y los niños ya no van a ver partir los trenes. Ahora todos nos levantamos antes de que el tren llegue a la estación y nos amontonamos en la puerta de salida esperando que el tren se detenga un breve lapso, tan sólo unos instantes, para arrojarnos pertrechados hasta el andén que recorremos rápidamente, con la mirada fija en las escaleras mecánica sobre las que tampoco nos detenemos. Así es nuestra vida, estamos tan impacientes por llegar, tenemos tan poco tiempo para bajar del tren que nos va llevando que hemos olvidado a disfrutar del viaje. Ya no miramos hacia arriba cuando caminamos para ver la belleza de los edificios, hemos olvidado sonreír, hemos olvidado respirar. Somos relojes, horarios, obligaciones, cargamos con preocupaciones, reproches, mochilas llenas de cosas por hacer y deseos incumplidos, comemos comida rápida, cocinamos en olla express, conducimos por el carril de la izquierda y dormimos con los dientes apretados por que el despertador, que no la mañana, nos levantará temprano. Nos hemos olvidado del tiempo, de recordar a los que se fueron, de disfrutar de los que tenemos, hemos perdido la sobremesa, el vermut, los atardeceres, las paradas en los viajes, las tardes en los cafés, la lectura tranquila, buscar un disco, abrir el tocadiscos, verlo girar y dejar la aguja sobre él, el sonido del agua, respirar con los ojos cerrados, la siesta clandestina, el aplauso de las hojas en los árboles. Lo queremos todo y lo queremos ahora, libros que no leeremos, ropa que no usaremos, almacenamos cosas en lugar de momentos, guardamos objetos en lugar de recuerdos, y, al final, todo se quedará, cubierto de polvo. Hay que volver a caminar, que no a andar, a pasear sin prisa, a admirar lo pequeño y a disfrutar de lo mundano. Y en todo ello encontraremos la vida que de verdad buscamos.

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Desde mi ventana.

Desde el lugar donde vivo puede verse una iglesia, con su blanco campanario y su cúpula discreta. Un poco más atrás se adivina un hospital, antigua residencia, que hoy estará saturado. Justo bajo mi casa hay un pequeño jardín, en el que los niños ya no juegan, donde las palomas desconcertadas caminan de un lugar a otro sin entender donde están todos aquellos que las alimentaban días atrás. Pocos perros husmean entre los árboles acompañados por los dueños insensatos que no supieron estar en casa. El agua, hoy, cubre todo eso, con una pátina de tristeza muy adecuada a los lamentables tiempos que nos invaden y nos sobrepasan. Miro por la ventana como el día se agota, y la primavera, que no llega, sigue desplegando un manto de soledad en las calles frente a la noche, que se adivina. La soledad hoy nos acompaña un poco a todos, soledades divididas por tabiques delgados que no filtran besos, que no filtran pieles. El miedo vive fuera, la muerte acecha en forma diminuta, en otros labios, en otras manos, la enfermedad que mata las caricias y que ha congelado las sonrisas tras mascarillas y que ahoga el futuro. Sigo mirando por mi ventana y veo como el sol también se esconde, asustado, quemando el cielo tras las nubes, que como las campanas tañen colores ocres de un falso otoño pasado donde todavía respirábamos bajo el cielo. Las oscuridad va cubriendo la tarde, devorando los colores ya malvas que derrotados bajan los brazos y se apagan. La iglesia sigue ahí, impasible contemplando el paso del este tiempo extraño, y justo detrás se adivina un hospital en el que alguien muere. Justo bajo mi casa, en el jardín, ningún niño juega.

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