Aitziber

Llevaba un cascabel prendido de una de las cremalleras de ese extraño híbrido entre bolso y mochila que portaba, y lo hacía sonar al caminar mientras se balanceaba de un lado a otro. Pese a que el frío era intenso y que tenía la punta de la nariz algo enrojecida ella no parecía notarlo. Calzaba botas de media caña, de esas que dejan ver un poco de lana, o borreguillo como le decíamos en casa, en la parte de arriba, unas mallas gruesas y un abrigo verde, casi una parka de tres cuartos. Las manos enguantadas quedaron a la vista, unas manos pequeñas y delicadas, cuando me entregó el dinero que quería ingresar en la cuenta del ayuntamiento para pagar el gimnasio. Lo primero que me llamó la atención fue su hablar, pausado, con un fuerte acento del norte, casi me recordaba a Luz Casal en la cadencia de su habla, el aro del piercing de la aleta de la nariz, que tanto me llama la atención en algunas mujeres, y sus ojos oscuros. Le pregunté a nombre de quien debía hacer el ingreso y me deletreó un nombre que me era tan extraño como su acento, Aitziber. Mientras tecleaba los datos en el terminal me moría de ganas de preguntarle de donde era ese extraño nombre, que ahora se es el nombre de la ermita de Nuestra Señora situada en el bosque de Sarabe, en Urdiain, Navarra, pero una timidez absurda me impidió preguntárselo, más que nada ante la seriedad que transmitía. Le entregué el justificante, el dinero que sobraba y se marchó haciendo sonar de nuevo su cascabel hasta perderse por la puerta que da a la plaza. Cuando se fue me quedé pensando en cuantas vidas no seré más que un borrón y cuantos otros no lo serán en la mía, pero al menos algo de Aitziber se me quedó prendado, por un momento, el sonido de su cascabel.

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Motín

Cuando la razón tomó las riendas el miedo escapó por la ventana. La esperanza observó tímidamente, pero la cautela era más fuerte y, junto a la desconfianza, empezaron a alimentar a la duda hasta que, de tanto crecer, se creyó certeza y se pensó bastante para luchar. En la liza entró también la pena, que se había ocultado tras el dolor todo este tiempo y que siempre había sido enemiga acérrima de la razón y la esperanza, armada con medias verdades despertó a la culpa, y la culpa, que no se atiene a razones, derribó las murallas de la calma aniquilando a la confianza y plantando la semilla de la tristeza que germinó de inmediato floreciendo en dudas y temores. Las espinas se clavaron en la razón hasta exterminarla y de nuevo el miedo entró por la puerta principal, agradeciendo a su espía, la fragilidad, que hubiera permitido su retorno. Y así, de nuevo, el miedo tomó el timón.

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Sarao

Dado el cariz que estaba tomando aquella conversación decidió alejarse de puntillas del grupo caminando hacia atrás, con las manos como un Tiranosaurio, un ligero silbido en los labios y los ojos mirando al techo. Quizá en otras circunstancias le habría funcionado, pero en una conversación a dos aquella estrategia falló estrepitosamente. ¿Dónde te crees que vas?, ¿al baño?, la cara de reproche y enfado le dio pistas sobre la validez de la respuesta, así que, arrinconado y sin escapatoria intentó una nueva táctica, sonrió, ladeo ligeramente la cabeza y encogió lo hombros en señal de pregunta afirmativa… ¿no?, vale, piensa un chiste, piensa un chiste, ¿qué le dice…?, ¡cómo se te ocurra contarme un chiste hago las maletas y no me ves más en la vida, Fernando!. Se quedó inmóvil, con la boca a medio abrir, y ante la perspectiva aciaga de perder a su Puri bajó los brazos, tiró la toalla, literalmente encima de la cama pues acababa de ducharse, y puso cara de resignación. Nena, ¡nada de nena que te conozco!, Maripuri mujer, ahora no te me pongas ñoño Fernando que nos conocemos, cielo si tú sabes que eres lo más importante para mí, que te quiero más que a un cocido montañés, que me chupo los dedos después de acariciarte de lo rica que me estás, Fernando no me líes, que no me duermo si no te abrazo, cosita, ya ya pero no cambies de conversación ¿viene o no viene tu madre a casa a pasar la navidad?. De repente estaban de nuevo al principio.

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Frio

Todavía no era temprano cuando volvía a casa, aunque el frío de una helada inminente le hacía apretar el paso. Conforme se alejaba del centro cada vez las calles se encontraban más desiertas hasta llegar un punto que se sentía el único ser vivo, al menos despierto, de aquella ciudad que dormitaba plácidamente. El vaho de su respiración empañaba sus gafas creando estrellas en las luces de las farolas amarillentas, las orejas comenzaban casi a doler y pese a que llevaba las manos enguantadas tenía los dedos adormilados, y las ganas de llegar a casa se hacían fuertes por momentos en su mente, algo algodonada por el alcohol. Un eco le sorprendió, un taconeo rápido e incesante que procedía unos pasos por delante de él, entonces se percató de la presencia de una chica que, arrebujada como podía en su corto abrigo también caminaba en su misma dirección. Como tenía por costumbre cruzó la calle para no asustarla, justo cuando ella también cruzaba, así que detuvo sus pasos y volvió sobre ellos. Ella, quizá pensando que la seguía, hizo lo mismo, de modo que ambos se detuvieron de nuevo en medio de la calle sin saber qué hacer. Él pensó esperar a que ella tomara una dirección para ir en dirección contraria, pero parece que ella también había tomado esa decisión, así que los dos continuaban parados en el centro de la calle sin saber qué hacer. Un poco a la desesperada decidió hablar con ella, aunque intuía que echaría a correr en cualquier momento, perdona, ¿por qué?, no quería asustarte y he querido cambiar de acera pero lo he hecho justo al mismo tiempo que tú, no sé si creerte, me da la impresión de que lo has hecho justo después que yo para seguirme, voy a gritar si te acercas un paso más, sería lógico, pero tranquila, dime en qué dirección vas para yo tomar otra, claro, y así puedes seguirme, llevas razón, lo haremos al contrario, yo voy por esta calle recto hasta el parque del ángel que es la zona donde vivo, así que voy a seguir caminando por la parte izquierda hasta allí, vale, yo iré por la parte derecha. Desconfiaba, era normal, desgraciadamente era normal, en la sociedad teóricamente avanzada en la que nos pensamos, una chica no puede ir sola por la calle sin tener miedo de ser atacada y los hombres, con presunción de culpabilidad, seguimos teniendo monstruos dentro que sólo se aplacan con educación y cultura, con sensibilidad y empatía, con respeto e igualdad, así que continuó su camino andando un poco más despacio que ella para que la distancia aumentara y el miedo disminuyera en lo posible.

Ensimismado como iba todavía pensando en el último requiebro de la noche, en el último baile, en la última copa no se percató de que ella se había detenido y temblaba en la otra acera, perdona, se dirigió a él, ¿por qué?, mira, esto te va a parecer muy raro, pero estoy helada de frío, me duelen los pies y tengo una urgentísima necesidad de ir al baño, sé que es muy raro, y que antes casi te acuso de perseguirme, pero dices que vives aquí cerca, ¿podría subir un momento a tu casa para entrar al baño y entrar en calor un minutito?, no sé si vives con más gente, no sé, pero es que estoy helada, créeme que yo misma sé que esto es un disparate, pero pareces buena gente, no sé, y yo tengo un frío que me llega a los huesos y mi casa está algo lejos… vale, nada, tranquila, vamos, es aquí mismo.

Continuaron andando, ahora juntos pero separados, sin hablar demasiado. Se fijó en ella, vestía un abrigo corto debajo del cual se adivinaba un vestido por encima de la rodilla y unas medias oscuras. Calzaba unos zapatos de salón que no por bonitos serían cómodos y caminaba abrazada a sí misma intentando entrar en calor, algo que la gélida noche impedía. Llegaron al portal, él abrió la puerta y ella dudó unos segundos. Vivo sólo, me llamo Julián, si quieres te dejo mi DNI, le haces una foto y se la envías a alguna amiga, no sé, por tu seguridad, no creas que yo dejo tampoco que todo el mundo suba a casa, algo de miedo también das, no hace falta, he sido yo la que te he pedido venir, pero espero no te montes ninguna película ni pienses lo que no es, sólo necesito entrar al baño y que se me quite un poco este frío, de acuerdo, está claro, tranquila. Subieron, en el ascensor ella ya parecía más calmada, quizá el frío comenzaba a remitir, llegaron al piso y abrió la puerta, el baño está al fondo, el taconeo se convirtió en una carrera desesperada, dejando abrigo y bolso en el camino, te los cuelgo en la percha de la entrada, le dijo a través de la puerta, y se dirigió él al baño que tenía en su habitación. Al salir ella estaba sentada en el sofá, todavía algo temblorosa, no te he oído salir, ya, es que me he quitado los zapatos, me estaban matando, ¿te importa si me siento un momento aquí?, no, que va, en absoluto, ¿Quieres algo caliente, un vaso de leche, una infusión?, un vaso de leche estaría bien. Calentó en el microondas un poco de leche, le puso una servilleta al lado del vaso y este sobre una bandeja y lo llevó al salón. Ella se había quedado dormida en el sofá, hecha un ovillo. Con cuidado cogió una mata y se la puso por encima, apagó la luz y se fue a la cama, él también estaba cansado y todavía tenía frío.

Cuando despertó ella ya no estaba, no faltaba nada, todo parecía estar bien, salvo la sensación extraña de que, quizá, aquello sólo había sido un sueño.

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Jueves

Venía con ganas de hablar, se notaba. Aquel hombrecillo, ya entrado en años y con el habla algo repetitiva, se explicaba constantemente. Me compré unos pantalones en el mercadillo y, claro, lo que tienen no probárselos, me vienen pequeños. Es que he engordado un poco, con las fiestas, ya se sabe. Para los sobrinos, y para los padres de los sobrinos, que el dinero sí que lo quieren, pero a uno…, claro, yo soltero, que se le va a hacer. Dame la paga, que creo yo tenga bastante con eso. Se atropellaba al hablar, nervioso, con esa absurda distancia que da un mostrador de banco a la gente de determinada edad, disculpándose por todo, explicando lo que no tiene por qué, pero con la amabilidad de la gente de bien con vidas menudas que han sobrevivido a todo y ahora subsisten entre soledades en aldeas en las que hay más gente en los cementerios que en las calles. Se marchó como entró, atropelladamente, es que nos traen en el camión del ayuntamiento y sólo tenemos una hora para hacer los mandaos, y entre comprar, la farmacia y el banco se va el tiempo en un plis, rezongaba mientras se dirigía hacia la puerta. Probablemente los jueves son los únicos días en los que sale de su aldea, los únicos días en los que ve a gente distinta a la del resto de su semana, una semana llena de domingos en la que el único día de fiesta es una hora del jueves.

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Año Nuevo

Recibió el año como tantos otros, pero instantes después dejó de pensar en ello.  Nada había cambiado con aquellos dígitos que ahora parecían marcar un nuevo rumbo. Se acostó, como cada día, entre las sábanas frías que sólo él calentaba, se despertó buscando, más allá de las fronteras no escritas que marcaban el otro lado de la cama, a ese alguien que ya no estaba, y se desayunó un silencio profundo de pie en la cocina. Salir de casa aquella mañana no sería consuelo, los restos del naufragio seguirían sobre las aceras, los pocos que caminaban por ellas eran o bien supervivientes o bien seres tristes paseando a perros a los que poco les importaba el año nuevo. Alguno se levantaba a correr, costumbre, propósito de año nuevo, poco importa, pero él sentía como, todavía, llevaba los grilletes de la soledad que ensuciaba su vida con tizones negros. En la calle, sin rumbo ni destino, se dedicó a autocompadecerse, su deporte favorito, enumerando razones de por qué sí, por qué no, por qué él, y en aquel solitario con trampas ganaba perdiendo. Encontró un bar abierto, arrebujados los pocos para sentir calor y con el silbido del calentador de leche rasgando el burbujeante silencio cómodo. Se sentó en la barra, pidió con parcas palabras y se parapetó tras la pantalla del móvil. Tenía un mensaje, “buenos días, feliz año”. Quien sabe, quizá si había cambiado algo.

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Pensamientos

¿Cómo será ser otro?, ser uno mismo es una lastimera sucesión de ciclos que se enquistan.

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Martes

Campanean las doce, en la plaza el aire gélido mueve la arena empolvando a los viandantes y la mañana se transforma en tarde. Los extranjeros, hambrientos, buscan restaurantes donde comer mientras los nativos tomamos un pincho y el café de media mañana, bendito país, al tiempo que, con suficiencia arreglamos el mundo, discutimos sobre el futbol y ponemos a caldo a nuestros dirigentes indigeribles, plasmo perfecto de la sociedad entrópica en la que nos hemos convertido. Los carteros, arrebujados en sus chaquetones amarillos, reparten paquetes y facturas como pequeños minions, y un camión repleto de bombonas de butano que chocan unas contra otras, tolonea a la entrada de la plaza. Dos jubilados hacen la fotosíntesis en un banco desgastado y un niño, enfermo a la hora de ir al colegio y milagrosamente curado media hora más tarde, hace rebotar un balón contra la pared de bar Tolos, mientras su madre, azorada, comparte un café y dos porras con otra manada de madres que, momentos más tarde, se dirigirán al gimnasio a seguir destripando gente. Ginés atraviesa la plaza algo hastiado, todavía es martes y parece que la semana no va a terminar nunca. Va refunfuñando hasta llegar al kiosko, un paquete de Fortuna, el país y un paquete de chicles de fresa ácida le dan la puntilla a los diez euros que lleva en la cartera, joder como está todo de caro, Julián, el otro sube los hombros y ambos asienten, y sigue Ginés andando hasta la cafetería que, como todas las mañanas, rebosa gente por la puerta. Se hace duro el llegar a la barra, y allí Ginés, no me queda tortilla, no me jodas, si es que has venido tarde hoy, claro, estamos a primeros y tengo la cola hasta la puerta, que quisieras tú, risas contenidas, y Ginés que se resigna a las mofas y al almuerzo sin tortilla, pues ponme un montado de boquerones con tomate, o lo que tengas a mano, yo que sé, que llevo un día. La caña, con sus dos dedos de espuma, fría sin pasarse, entra casi sin sentir, igual que el pequeño bocado que la acompaña; deja unas monedas en la barra y se despide al aire, atravesando de nuevo la plaza, encendiendo un cigarro al salir y apagándolo dos caladas después en la puerta de la oficina. Dentro un montón de clientes circunspectos y aburridos esperan su turno. Respira hondo y entra de nuevo. Martes, madre mía, todavía es martes, esta semana parece que no vaya a terminar nunca.

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El valor.

A porta gayola, desarmado hasta los dientes, con dos cojones como el caballo de Espartero y más moral que el Alcoyano, así se presentó José Luis ante aquella rubia despampanante que ocupaba las miradas de medio bar y la envidia del otro medio. Me acaba usted de abducir, señorita, y aunque no lo crea no soy yo persona de ser abducida con facilidad. La presencia, aquel ser medio etéreo lo miró en parte con curiosidad por ver como salía el hombrecillo de aquel fregao y en parte con ganas de mandarlo a plantar tubérculos al Congo, respondiendo tan sólo con un silencio tenso que incluso pareció bajar el volumen de la música en el local. Obviamente esta intrusión en mi intimidad no debe quedar en agua de borrajas –continuó hablando el pequeño hombrecillo- no puedo ni debo pedir una satisfacción, pero sí al menos hacerle saber que, desde que entré a este local toda la luz que ha cegado mis ojos provenía de usted, más concretamente, por qué no decirlo, de su vestido de lentejuelas que me ha dejado las pupilas amartilladas. Ante tal circunstancia, créame, me veo en la obligación de invitarla a la consumición que usted prefiera y así podremos comenzar a hacer planes de futuro. La chica, cansada de tanto recibir tejazos durante toda la noche y no habiendo encontrado chulazo de su gusto, se dio la vuelta y sin más respuesta que un reproche se puso el bolso debajo del brazo y se alejó de José Luis bailando hasta salir por la puerta.

Él volvió al amparo de la barra sin tan siquiera despeinarse, se amarró de nuevo a su copa y continuó observando el patio de operaciones como el que mira una feria agrícola. Alguien a su lado lo miró. ¿No crees que estaba un poco fuera de tu alcance?. Él, sin tan siquiera girarse, sonrió ligeramente. Que seres más absurdos somos, pensamos que unos u otros merecemos a alguien tan sólo por lo atractivos que nos creamos o nos construyamos, pero en realidad todos somos simples animales con momentos ridículos, con despertares legañosos, con secreciones, olores corporales y alientos de dragón, ¿no crees que esa chica también caga cuando va al baño?, y seguro que huele que apesta, da igual lo mona que se haya puesto. Yo le he ofrecido la oportunidad de conocerme, pero ella hoy, en su pedestal, no se ha dignado. El tiempo la bajará de ahí, como a todos. Y ahora discúlpame, estoy viendo a una morena sonriendo al final de la barra y no pienso perder una oportunidad, la vida es muy corta para tener miedo.

Disculpe, señorita, vengo a quejarme porque cuando ha pasado por mi lado me ha pisado lo fregao…

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La sed.

El silencio como toda respuesta, las miradas desviadas y el tiempo en contra, así era su día a día. Había tenido tiempos mejores, tiempos de nubes y de almendros, dormida con la cabeza sobre sus piernas mientras temía tan siquiera toser por no despertarla, buscando siempre sus manos como un náufrago busca una isla, sintiendo su calor junto a él en las noches frías de inviernos venturosos, sentada sobre la encimera viéndolo cocinar los domingos que fluían plácidos. Ahora su vida estaba llena de huecos, lugares oscuros, sombríos, lóbregos, a los que la luz no alcanzaba. La vida arrasa con la vida, pensaba mientras todavía se sentía como uno de esos juguetes para niños que intentan mantenerse de pie a toda costa tras pasar por un huracán, intentando cerrar heridas tan profundas que dolían al respirar, con lo que quedaba de su ser atrapada en un cepo para osos, rotos todos los esquemas y perdidos los futuros en el fondo de un pozo amargo. Se despertaba a media noche y buscaba sobre el colchón la presencia que añoraba, encontrando tan sólo el frío aliento del que duerme solo, alimentada la oscuridad por la soledad y el silencio que amputaban sus sueños y escondían sus esperanzas entre sus recuerdos, en el desierto asolado en el que nunca saciaría su sed. Pese a ello se levantaba cada mañana, con el silencio como toda respuesta, las miradas desviadas y el tiempo en contra.

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