Pendientes de un hilo.

Se giró cuando notó su presencia. Despuntaba la tarde sobre los tejados de pizarra y el frío llenaba los huecos que el sol dejaba. El aroma a leña quemada empezaba a fluir en volutas por las chimeneas, al tiempo que las luces ambarinas de las farolas pintaba de amarillo las calles y las plazas, que se vaciaban al toque de queda del atardecer, con el ritmo de los cierres que sonaban como avalanchas y el tildar de los carteles de los comercios. Se saludaron con un leve gesto, sin demasiado entusiasmo, con el alma cansada y el cuerpo agotado, y se sentaron uno frente a otro con la mesa como única frontera. Una mirada al camarero bastó para solicitar las bebidas habituales, que humearon prontas frente a ellos mientras abrazaban con sus manos las tazas para recibir su calor. La deriva de la conversación pronto los llevó al silencio, el tiempo pasado había causado una mella irreparable y perdían la vista el uno del otro con gesto pensativo. El hilo delgado que los unía perdía hebra y adelgazaba sin cesar, volviéndose quebradizo a cada paso, hasta que, sin esfuerzo alguno, se partió y ambos volvieron a cruzar miradas sin verse. Tan sólo quedaba la despedida, y así fue.

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Laura y Tinder

Laura buscaba a los hombres igual que compraba bolsos. Siempre valoraba que le quedaran bien, que combinaran con su ropa y fuesen atractivos, al menos para los demás que eran al fin y al cabo los que miraban a la pareja. Su anuncio en Tinder era claro, quería a alguien que sumara (al parecer la mayoría de los hombres tenía serios problemas con la aritmética elemental y encontrar a un hombre que sumara ya tenía su mérito), más alto que ella con tacones (nunca entendí si el hombre tenía que ser más alto que ella llevando tacones o más alto que ella, llevando tacones), sin mochilas emocionales (pero igual con bolso si valía, aunque en lugar de emociones llevaría las llaves, el móvil y las gafas de sol, imagino), que se cuidara por dentro y por fuera (esto venía a ser que tomara bifidus y que fuera al gimnasio aunque se cagara por la pata abajo). Ella se describía como sencilla, amiga de sus amigos, femenina, y que se encontraba en un momento de su vida en el que sabía lo que quería y lo que no quería, así que su match, si lo había, debería cumplir los requisitos anteriormente mencionados y, además, ser lo que quería ella, aunque él no lo supiera. Más de tarde que de noche y, por supuesto, no buscaba sexo, eso podía encontrarlo cuando quisiera y con quien quisiera, Tinder era para otra cosa, algo más elevado, encontrar a tu media naranja digital en una cesta de manzanas con gusanos como vagones de metro.

Para demostrar su sencillez Laura había publicado varias fotos. La primera de ellas en biquini en una playa de Ibiza, que se tomó cuando fue a la despedida de soltera de su amiga Begoña. Muy natural ella, con un contraluz precioso que ocultaba su rostro y tan sólo dejaba ver su silueta de reloj de arena. La segunda haciendo marcha nórdica, aquel día que se había apuntado a una excursión con los compañeros de trabajo y había estado un mes con agujetas, pero aquella foto con aquellas mallas le encantaba. Eso sí, tomada a cierta distancia para que las cuatro arruguitas mal contadas de la cara no se vieran tras las gafas de sol de tamaño ojos de mosca que solía llevar. La tercera era la que más fe daba de la sencillez de Laura, con un vestido muy escotado, zapatos de tacón, pintada como una puerta en un photocall con marcas tipo Gucci que había puesto cuando abrieron el centro comercial de su ciudad. Luego había más fotos, con sus amigas, indistinguibles todas, menos con Charo, que era demasiado mona y procuraba no salir en fotos con ella.

Con esos mimbres Laura tenía del orden de los cinco match diarios sin esfuerzo, de los que al menos dos abandonaba nada más tenerlos sin dar más explicación, y de los otros tres siempre daba un par de días al más guapo para que le escribiera, eso sí, algo original y romántico, no el típico hola que haces. Luego entablaba una larga conversación con él, a que gimnasio vas, donde te compras la ropa, y al final, si todo parecía ir bien, quedaban a tomar una copa para ver si las fotos coincidían con la realidad.

Cuando Laura salía con algún chico siempre procuraba que alguna de sus amigas los viera juntos. Al día siguiente le preguntaba, ¿qué opinas?, ¿qué tal me queda?. Nunca entendió por qué ninguno repetía cita, tampoco le importaba, tenía una larga lista de bolsos y chicos que probarse todavía.

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45 años no cumplidos

Hoy habría cumplido 45 años. Justo a las doce y un minuto le habría dicho felicidades, chiqui, y ella, con estrellas en los ojos, apretando los dientes y con una sonrisa nerviosa me habría abrazado y me habría preguntado ¿qué me vas a regalar?, mañana lo verás, ¿ni una pista?. Le habría costado dormirse, pero habría caído agotada finalmente. Al despertar, de nuevo, la habría felicitado con un beso, y como hoy sería viernes, habríamos ido a trabajar. La habría visto salir a desayunar con sus compañeras, seguro que hoy tomaría pincho de tortilla como hacía todos los viernes, e invitaría a sus amigas al desayuno. A las tres tendría que esperarla en la puerta, como cada día, la tomaría de la mano y la felicitaría de nuevo, felicidades, chiqui, y ella sonreiría otra vez como sólo ella sabía sonreír. Habríamos comido fuera, un día es un día, quien sabe donde, y después ella habría ido a su clase de costura, donde sus más que compañeras amigas la habrían agasajado de besos y abrazos por doquier. Al volver a casa su familia habría venido a felicitarla. Sus sobrinas, las dos estrellas de su cielo, le harían reír hasta la lágrima, y su hermana y su cuñado le contarían mil historias del trabajo, de las niñas, del día a día que nos arrebata el tiempo. Luego cenaríamos, y allí reparto de regalos. Le habría comprado un par de libros, eso no faltaba, algo para su pasión, la costura, y probablemente algún viaje como regalo para los dos. Quizá algún capricho de esos que ella no se permitía, algo que alguna vez había mirado con ojos de deseo, o aquel vestido que no se atrevía a comprar. Ella habría abierto, con ayuda de las pequeñas, los paquetes nerviosa, se habría sorprendido y, como siempre, me habría dicho te has pasado. Nunca era suficiente, nada podría haberle regalado que compensara lo que ella me daba a mí. Este es el cuarto cumpleaños en el que nada puedo regalarle que no sea recordarla y seguir queriéndola como el primer día. Tres años y dieciocho días después de que su luz se apagara una triste, la más triste, noche de septiembre ella sigue siendo mi mejor regalo.

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Sobre el banco.

En la bocana del puerto tan sólo había un banco. En verano era imposible encontrarlo vacío, pero una vez que los turistas abandonaban el pueblo aquel banco volvía a ser propiedad nuestra. Sentarte a mirar el mar, ese mar que nunca es igual, transmitía sosiego y solicitaba silencio. Si alguna vez hablábamos lo hacíamos bajito, como si el susurro del agua que lamía el rompeolas reclamara atención, pero las más de las veces tan sólo nos sentábamos el uno junto al otro, tomados de la mano, y mirábamos el mar infinito para nosotros. Los restaurantes, ahora a media asta, seguían llenando de aromas deliciosos toda la calle, el estómago rugía impertinente al aroma de las planchas repletas de pescado y marisco, y el bullir de los calderos repletos de pescado de roca nos alimentaba a traición mientras seguíamos absortos en la contemplación del Mediterráneo, como antes lo hicieran civilizaciones enteras atraídas y aterradas por el poderoso reino de Neptuno. Como perros de Pavlov no pudimos contener la saliva, y nos levantamos perezosos implorando a nuestra voluntad llegar hasta casa a comer. Caímos en la primera trampa que encontramos, una mesa vacía y un solícito camarero que nos ofreció, sin mediar más que una sonrisa, un almuerzo frente al mar. El banco continuó vacío un rato más, como si esperase a sus próximas víctimas.

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Otoño.

El otoño nos pilló desprevenidos. Tuvimos que recolectar colores ocres, mangas largas y mantas para el sofá. Sin esperarlo nos vimos como las demás hojas arrojados al suelo y, arrastrados por el viento, llegamos a casa justo a tiempo para besarnos. Las tardes se nos fueron apagando, nos cambiaron una hora y salimos perdiendo, los zapatos crecieron y se nos hicieron botas, ya no había pies, tan solo fuimos, de nuevo, piratas con patas de palo. La cebolla nos rodeó de capas, cada día una más, hasta ser seres de lana, de cortavientos y polares. Los pies fríos de madrugada se colaron en nuestra cama y los abrazos volvieron a ser largos, ven a dormir conmigo, las noches comienzan a ser frías, y fui. Las terrazas se escondieron dentro de los bares, tan sólo los fumadores perpetuos pagaban el peaje. En los escaparates ya era invierno, pero nosotros seguíamos persiguiendo a los castañeros por las calles. Y cuando estábamos en estas, llegó el invierno, y nos pilló desprevenidos.

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Gachas

Corrían tiempos de nubes y de almendros. Alfredo Viento se resguardaba en su viejo gabán mientras caminaba distraído entre las interminables viñas, de las que todavía colgaba algún racimo astuto que había evitado la vendimia, dejándose acariciar por las pámpanas de las cepas despojadas. El suelo, reseco, llenaba de polvo sus botas y se dejaba querer por un sol de otoño que sabía a miel y romero. Tan sólo el ruido de los pájaros rebuscando frutos olvidados y el crujir de los pasos de Alfredo rompían la calma. Un olor familiar le llegó desde una caseta cercana, y un chisporroteo nervioso dio fe de que comenzaban a cocinar, los ajos, la panceta, el pimentón jugaban ya sobre el aceite caliente. Ya saltaba la bota de mano en mano, ya los perros se acercaban a la lumbre a rescatar algún pedazo de carne huérfana, y la conversación se animaba pese al frío relente de la mañana. Palpó su bolsillo para verificar que aquél bulto era su navaja, y se dio la vuelta dirigiéndose hacia el bullicio mientras decía “¡a ver esas gachas!”.

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Batallas

El bar estaba relativamente abarrotado, la gente justa para que hubiera ambiente festivo pero sin agobios. La música sonaba a un volumen coherente, no era aquel uno de aquellos sitios en los que todos bailan y cantan a gritos, era un local de reunión y copas, un sitio para hablar, beber o, simplemente, escuchar buena música sin estridencias. Al fondo de la barra, como muchas tardes, yo, junto a la ventana, mirando distraído la tele en la que un partido de baloncesto silenciado me entretenía, otras veces viendo pasar riachuelos de gente por la calle que, ateridos de frío buscaban un local donde refugiarse. Una copa de balón recién recargada con ginebra y tónica como toda compañía, el frío que entraba por la venta despejándome del calor del local, y alguna mirada furtiva al móvil mientras tomaba la decisión de seguir esperando o marcharme a casa. Mis amigos todavía tardarían un rato, se habían marchado a cenar y eran de sobremesa relajada, así que tenía tiempo de espera.

Cuando giro mi mirada para observar al resto de parroquianos, muchos de ellos habituales y de sobra conocidos a los que saludo con una sonrisa y un breve gesto con la cabeza, descubro una mirada que se cruza con la mía. Casual, sin duda. Aunque la mantenemos, un instante, y nos sonreímos. Luego bajamos armas y yo continúo mirando a nadie hasta que vuelvo a mi rincón. Era una sonrisa dulce, sin duda, una mirada amable y curiosa, directa y limpia, sin juicios. Está con otra gente, en la barra. Charlan animadas, elegantes pero discretas. Cuento, al menos, tres o cuatro buitres sobrevolándolas, de mejor plumaje que el mío, que todo hay que decirlo, y, como poco, tres pechos de palomo que las cortejan con su indiferencia. Y yo me vuelvo de plomo, sólidas mis rodillas, impugnables mis razones. La primera, está con sus amigas, ir a hablar con ella sería molestar. La segunda, estoy muy abajo en la pirámide trófica, aquello del pez grande. La tercera, ¿quién me dice a mí que no tienen pareja, marido, esposa o angelito que la guarde? ¿Con qué derecho voy yo a acercarme a rondarla si quien la ronde no le falta?. La cuarta y el resto ya son herencias de antiguos flagelos que me conducen, derrotado por mi propia cobardía, hasta la puerta.

En casa me recibe soledad, como siempre, distante, fría y vacía. Me siento en el sofá, enciendo la tele para que me anestesie y acompañe y decido olvidar que, una vez más, he perdido una batalla que no he luchado.

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Despedidas

Bernardo siempre pensó que las despedidas deberían ser como esos tristes pañuelos agitados en estaciones de tren, al ritmo acelerado de una locomotora de vapor que chirría para arrastrar vagones y pasajeros, mientras estos últimos miran pesarosos con los brazos apoyados en las ventanillas a las personas que dejan atrás. Algún beso de última hora dado de puntillas, una mano enguantada que no quiere soltarse, los corazones encogidos y los pasos, cada vez más rápidos, acompañando al que se marcha hasta que el tren se acelera demasiado y uno se queda en el andén con la mirada clavada en el infinito y la lágrima contenida.

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Expectativas

Nada más entrar en la tienda comenzó a agobiarse. El pánico le impelía a cruzar de nuevo la puerta andando despacio hacia atrás como si nunca hubiera entrado. Ya lo tenía decidido cuando, frente a él, de repente, apareció un trajeado vendedor de sonrisa radiante y, tomándolo de la mano lo saludó sin dejar de hablar arrastrándolo hacia dentro de la tienda como si fuera un agujero negro.

  • Buenos días, don….
  • Luis.
  • … Luis, bienvenido, venga, estaremos más cómodos en mi despacho, sin duda a los buenos clientes hay que tratarlos como se merecen. – Lo sentó en una mesa al lado de otro montón de mesas exactamente iguales en las que un montón de vendedores vestidos con el mismo traje sonreían exactamente igual a clientes tan desubicados como él. – Dígame señor Felipe…
  • … Luis …
  • … Luis, claro, Don Luis ¿qué deseaba?.
  • Pues…. – temblaba ligeramente – … yo… quería, venía… bueno, yo buscaba, bueno, quería generar unas expectativas – lo soltó – unas buenas y grandes expectativas. Quiero generar expectativas, eso es.
  • Claaaaro, ha venido al sitio perfecto, está usted donde debería estar – no dejaba de sonreír – tenemos todo tipo de expectativas, para todos los modelos, de todas las alturas, seguro que podemos encontrar las que usted busca. Digamos que usted quiere unas expectativas…
  • Altas, quiero generar unas altas expectativas.
  • … altas, obviamente, no lo había dudado ni por un momento, alguien como usted generará altas expectativas casi sin coste, tranquilo…, vamos, comencemos por el principio… – tecleaba en su ordenador, lo miraba, volvía a teclear, volvía a mirarlo, comenzaba a hablar ehhh, pero volvía a teclear inmediatamente, así un buen rato, un incómodo buen rato – … bien, altas expectativas, tenemos muy altas expectativas, vamos a hacer un pequeño test, ya sabe, la Unión Europea nos obliga a hacer un pequeño test llamado Efid para ver si el cliente entiende el contrato de compra de expectativas y si aquellas se adaptan a su perfil, pero vamos, puede estar tranquilo, las que usted realmente quiera comprar estarán a su alcance… vamos a ver, don Juan…
  • … Luis…
  • … Luis, claro, don Luis, vamos a comenzar, ¿nivel de estudios?, ni pregunto, universitarios superiores, está claro al verlo, menudo porte…
  • … bueno, tengo fp de administrativo…
  • … perfecto, siempre se lo digo a mis hijos, vamos, si tuviera hijos les diría, nada mejor que FP, yo mismo si no hubiera hecho el máster de coaching empresarial en la federación de empresarios provincial habría estudiado FP…, sigamos, aficiones…
  • Bailo claqué…
  • ¡Bailarín, caramba, eso es increíble, genial, menudo nivel!…
  • … bueno, bailarín igual es mucho, una vez fuia a una clase y… no sé…
  • … conocimientos rítmicos básicos, no hay problema… más cosas, ¿mascotas?…
  • … tengo un pez …
  • ¡Acuario, acuario en casa, genial!, ¿de cuantos litros, peces tropicales?…
  • Bueno, no, no sé, es una pecera de esas de bola, y el pez es un pez, me toco en una tómbola, es un buen pez, no da problemas, sólo flota…
  • Genial, te gustan los animales, muy bien, esto está quedando muy bien, sigamos, ¿viajes?.
  • Voy mucho en autobús, es cómodo.
  • Perfecto, que bien está quedando esto… le encanta viajar por carretera en grupo, es usted muy social. Bien, la parte de idiomas la obviamos, ¿quién no habla inglés y francés hoy en día?, -masculló- mejor ni pregunto… vale, lo imprimo… -la pequeña lexmark se puso a escupir hojas como loca- bien, aquí está el resultado, obviamente no hay ningún problema, genial. Y ahora dígame, ¿qué expectativas quiere?.
  • Altas, quiero generar unas altas expectativas.
  • Vale… -el tono del vendedor cambió- bien, por la normativa que le he dicho antes, don Ramón…
  • Luis.
  • … Luis, don Luis, como le decía, esa normativa me obliga a decirle que, es posible, vamos, pasa raramente, no se preocupe, pero es posible queeeee -alargaba la frase- quizá, si usted genera altas expectativas igual no puede cumplirlas. -De repente todo se quedó en silencio, los demás vendedores lo miraban callados, los demás clientes afirmaban con la cabeza.- Pero vamos, no pasa, a veces, igual algún caso, no es normal… yo le aconsejaría que se decidiese usted por unas expectativas más humildes…
  • ¿Por?, no sé, yo creo que puedo generar unas altas expectativas…
  • obviamente, obviamente, ni lo dude, pero verá, una de las características de las expectativas es que no tienen fallos, ninguno, y claro, tenemos el efecto Cyrano, es un efecto terrible que, por nada del mundo querría que fuera su caso, firme aquí para que nos exonere de responsabilidades en este caso… eso es, aqui, línea de puntos… efecto Cyrano…
  • No le entiendo.
  • Le explico, usted genera las altas expectativas, ¿bien?, obviamente la otra persona se siente halagada, abrumada, cada una de las búsquedas de la otra persona se encuentran en usted, bueno, en usted no, en ese usted que generan las perfectas y altas expectativas que ha comprado, y eso va haciendo que se ilusione, que cree una imagen de usted y le dote de unas características. A ese personaje lo llamamos Cyrano, no me pregunte por qué, no me lo dijeron en el curso del fin de semana que me otorgó mi curso de coaching empresarial de la federación de empresarios provincial…
  • ¿No será por el libro?.
  • ¿Libro?, no sé, esperaré a la película. Bueno, pues eso, ese es Cyrano, sus altas expectativas se convierten en ese personaje. Pero luego llega la realidad, ahí no hay filtros, nosotros ya no podemos hacer nada por usted en ese momento, está usted, su usted real, allí, frente a la otra persona, pero la otra persona no lo espera a usted, espera a Cyrano, y entonces es cuando todo se estropea… si usted no es capaz de cumplir con las expectativas generadas, obviamente, cosa que no es posible, salta a la vista…
  • Ya.
  • Bueno, le repito, ¿qué tipo de expectativas quiere usted generar?.
  • Vale -Luis reflexionó- verá, yo podría generar unas expectativas medias, quizá bajas, ¿no?, eso evitaría el efecto ese que usted me dice, pero, ¿realmente con unas expectativas de ese nivel cree que alguien se fijaría en mí en el mundo virtual?, no, claro que no…
  • Pero sería usted, y sería sincero…
  • … ya, pero nadie estaría dispuesto a aceptar a alguien que genera tan poca expectativa…
  • No se preocupe, ya le he dicho que no había ningún problema, simplemente escriba aquí de su puño y letra que entiende que su perfil no es apto para generar altas expectativas, y ya está. Si usted está dispuesto a pagar el precio de ese nivel por nosotros no hay ningún problema.
  • Genial.
  • Pues hecho -le dio un apretón de manos- déjeme su tarjeta de ética, y vamos realizando el pago…
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Marta vive en los espejos

Se quedó con la piel de cartón cuando, al despertar, descubrió que estaba solo de nuevo. Recordaba con precisión cada detalle de Marta, cada surco de su rostro, cada matiz de su sonrisa, podía olerla en la funda de la almohada y saborear todavía sus labios en su rostro, pero, de nuevo, como cada mañana, Marta se había marchado con el amanecer, dejando su abrazo vacío como el despertar de una siesta. Se levantó, su desnudez le molestaba como el sol de la mañana, y se dirigió a la ducha para asegurarse de que estaba despierto, evitando mirar al espejo del baño, evitando cruzarse con su mirada, con esa mirada que, cada mañana, le preguntaba por Marta. El agua tibia le dio la bienvenida como un beso cálido, y se terminó de despertar girando de un golpe el mando del grifo para que un torrente de frío le hiciera casi gritar, como gritó su alma a la soledad del amanecer, como gritaba su corazón sobre los reflejos que le interrogaban con miradas desde atrás en los espejos.

Se vistió deprisa, no le importaba la hora, pero tenía que salir cuanto antes de casa donde todavía flotaba aquel perfume que lo enloquecía cuando lo saboreaba sobre el cuello de su amante, todavía quedaban los restos de los abrazos sobre las sábanas y él necesitaba alejarse cuanto antes de la desazón que le causaba el abandono, la extraña soledad de las frías mañanas que tanto le dolía tras noches de fuego grabadas de entrecortados hálitos y susurrantes saludos, tenía que alejarse de Marta, aunque sabía que le sería imposible, porque Marta vive en los espejos.

La encontró en una sombra en el espejo del ascensor, como cada mañana intentó no mirarla, ignorarla, y revisó solo su propia mirada, aun así estaba seguro de que ella lo observaba. No giraría la cabeza para buscarla, sabía que no estaba allí, como cada vez que se le dibujaba sobre los escaparates, en los cristales de los vehículos, en el retrovisor de su coche, ella solo estaba allí, sobre la imagen del espejo, sobre cada sombra, escondida, agazapada, pero lo suficientemente nítida para que Luis la descubriera. Se reflejaba en los rostros de las mujeres que vivían en contra dirección en la calle, en las miradas de las cajeras del supermercado, en las manos de las delicadas floristas que venían ramos de rosas en la plaza del Salvador, en las sonrisas de las camareras de aquel café que se cargaba de aromas de desayuno cada mañana, mientras ojeaba el periódico evitando los retazos de Marta en las fotografías, en los anuncios de moda, en las firmas de los artículos.

Luis se dejó llevar, como cada día, hacia la rutina, hasta que la tarde devoró los recuerdos y ablandó las conciencias, y regresó a su casa, cansado, tras su trabajo, y comenzó a ceder a los espejos, a las miradas que Marta le lanzaba desde los reflejos. La vio a su lado en el coche, sobre el retrovisor, ella sonreía, la encontró en los cristales del portal de casa, esperándolo, y llenándolo de esperanza, y luego se abrazó a él desde el espejo del ascensor, aunque iba solo, como cada tarde. Llegó a casa y ella ya estaba en el espejo del baño, sonriéndole, cenó solo, no quería dejarse llevar, pero no pudo evitar apresurarse, desvestirse y meterse en su cama para dormir. Cuando apagó la luz, todo quedó a oscuras. El espejo de la cómoda quedó negro, no había luz que reflejar y los espejos quedaban mudos. Entonces Marta salía de cualquier de ellos, el de la entrada todavía con el abrigo, el del baño, recien duchada, o el de la habitación, desnuda, se metía en la cama con Luis, sin hablar, tan solo mirándolo con ojos dulces y amables, y se abrazaban, y se amaban, hasta que, la primera luz de la mañana llenaba de nuevo los espejos, y con un último beso se despedía de Luis para marcharse de nuevo.

Luis se quedó con la piel de cartón cuando, al despertar, descubrió que estaba solo de nuevo, añoraba a Marta, pero sabía que volvería, que esa noche, cuando la luz se apagara, Marta regresaría, porque Marta vivía en los espejos.

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