Tardes de invierno

                El frío parecía pesarle tanto como las cadenas que ataban su alma a su pasado, eslabones que se hundían en sus recuerdos para sacar a la luz brillos de tristezas que creía oscurecidas por el sol del nuevo amanecer que se le presentaba como preludio de una primavera cercana y esquiva. Ese frío que brillaba sobre el pavimento, como una sonrisa irónica del invierno, se le presentaba siempre entre sus pasos, al caminar pausado que lo dirigía al ocaso de sus miradas, perdidas entre sus piernas, entre las brozas y los sarmientos que brotaban y morían bajo las suelas de sus zapatos, desgastados de caminar sin destino, rozados en las esquinas áridas contra las que se golpeaban una y otra vez, al caminar contra el viento, contra el invierno, sobre el terrazo infranqueable de las mañanas deshilachadas de soledades. Los colores pastel de las primaveras se le hacían recuerdos lejanos, entre los mates contornos de semanas que le semblaban pobladas de martes, y un blues lo esperaba entre los bostezos de las tardes, preñadas de tempranos atardeceres y almidonadas como la piel anciana de una momia.

                El sesgo de un ladrido lo sacó de su ensueño, y las nubes que lo observaban miraron para otro lado temerosas de ser descubiertas por su mirada inquisidora. La luna, que ya se dejaba acunar por la malva luz de la tarde, se mecía en su piscina de estrellas, juguetona, ignorante, y lanzaba tempranos avisos de que la noche, oscura y fría, estaba por venir de nuevo. Se arrebujó en su gabán roído de inviernos, buscando cobijo, alentando sus manos marcadas por los años y las prisas. Buscó en sus bolsillos un hueco para esconderse y subió los hombros para proteger su cuello, desguarnecido e indefenso del ataque de aquel viento gélido que acuchillaba su atardecer. Comenzaron a arder las ventanas de los edificios, a perderse las gentes entre las aceras, y él continuó su deambular solitario, contando con el eco de sus pisadas como única compañía, y con su sombra como refugio de su mirada. Comenzó a morir el día, a licuarse la luz de las vidrieras y a florecer en las farolas un amarillento lacrimal, presto a verter su llanto sobre el asfalto.

                Los olores que bajaban de las cocinas, se posaban sobre sus hombros, mezcla de aromas que enloquecían sus deseos, los perfumes sórdidos de la calle, de los cuerpos que se escondían en las sombras para subastarse al mejor postor, los sabores evaporados, el sonido de las vajillas al ser sacadas de su letargo, le hicieron recordar que, de nuevo, al amanecer, desearía contar sus sueños y no tendría a nadie con quien hacerlo. Así que buscó unas monedas en el fondo de su esperanza y las lanzó hacia la ya reinante luna para dejar en manos del destino su decisión. Cara. Siempre salía cara. Guardó los retazos de cordura, deshilachados como los dedos de sus guantes, y se consoló. Volvería a casa. Pronto.

                Se dejó engullir por la niebla.

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