Marta vive en los espejos

Se quedó con la piel de cartón cuando, al despertar, descubrió que estaba solo de nuevo. Recordaba con precisión cada detalle de Marta, cada surco de su rostro, cada matiz de su sonrisa, podía olerla en la funda de la almohada y saborear todavía sus labios en su rostro, pero, de nuevo, como cada mañana, Marta se había marchado con el amanecer, dejando su abrazo vacío como el despertar de una siesta. Se levantó, su desnudez le molestaba como el sol de la mañana, y se dirigió a la ducha para asegurarse de que estaba despierto, evitando mirar al espejo del baño, evitando cruzarse con su mirada, con esa mirada que, cada mañana, le preguntaba por Marta. El agua tibia le dio la bienvenida como un beso cálido, y se terminó de despertar girando de un golpe el mando del grifo para que un torrente de frío le hiciera casi gritar, como gritó su alma a la soledad del amanecer, como gritaba su corazón sobre los reflejos que le interrogaban con miradas desde atrás en los espejos.

Se vistió deprisa, no le importaba la hora, pero tenía que salir cuanto antes de casa donde todavía flotaba aquel perfume que lo enloquecía cuando lo saboreaba sobre el cuello de su amante, todavía quedaban los restos de los abrazos sobre las sábanas y él necesitaba alejarse cuanto antes de la desazón que le causaba el abandono, la extraña soledad de las frías mañanas que tanto le dolía tras noches de fuego grabadas de entrecortados hálitos y susurrantes saludos, tenía que alejarse de Marta, aunque sabía que le sería imposible, porque Marta vive en los espejos.

La encontró en una sombra en el espejo del ascensor, como cada mañana intentó no mirarla, ignorarla, y revisó solo su propia mirada, aun así estaba seguro de que ella lo observaba. No giraría la cabeza para buscarla, sabía que no estaba allí, como cada vez que se le dibujaba sobre los escaparates, en los cristales de los vehículos, en el retrovisor de su coche, ella solo estaba allí, sobre la imagen del espejo, sobre cada sombra, escondida, agazapada, pero lo suficientemente nítida para que Luis la descubriera. Se reflejaba en los rostros de las mujeres que vivían en contra dirección en la calle, en las miradas de las cajeras del supermercado, en las manos de las delicadas floristas que venían ramos de rosas en la plaza del Salvador, en las sonrisas de las camareras de aquel café que se cargaba de aromas de desayuno cada mañana, mientras ojeaba el periódico evitando los retazos de Marta en las fotografías, en los anuncios de moda, en las firmas de los artículos.

Luis se dejó llevar, como cada día, hacia la rutina, hasta que la tarde devoró los recuerdos y ablandó las conciencias, y regresó a su casa, cansado, tras su trabajo, y comenzó a ceder a los espejos, a las miradas que Marta le lanzaba desde los reflejos. La vio a su lado en el coche, sobre el retrovisor, ella sonreía, la encontró en los cristales del portal de casa, esperándolo, y llenándolo de esperanza, y luego se abrazó a él desde el espejo del ascensor, aunque iba solo, como cada tarde. Llegó a casa y ella ya estaba en el espejo del baño, sonriéndole, cenó solo, no quería dejarse llevar, pero no pudo evitar apresurarse, desvestirse y meterse en su cama para dormir. Cuando apagó la luz, todo quedó a oscuras. El espejo de la cómoda quedó negro, no había luz que reflejar y los espejos quedaban mudos. Entonces Marta salía de cualquier de ellos, el de la entrada todavía con el abrigo, el del baño, recien duchada, o el de la habitación, desnuda, se metía en la cama con Luis, sin hablar, tan solo mirándolo con ojos dulces y amables, y se abrazaban, y se amaban, hasta que, la primera luz de la mañana llenaba de nuevo los espejos, y con un último beso se despedía de Luis para marcharse de nuevo.

Luis se quedó con la piel de cartón cuando, al despertar, descubrió que estaba solo de nuevo, añoraba a Marta, pero sabía que volvería, que esa noche, cuando la luz se apagara, Marta regresaría, porque Marta vivía en los espejos.

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