Despedidas

Bernardo siempre pensó que las despedidas deberían ser como esos tristes pañuelos agitados en estaciones de tren, al ritmo acelerado de una locomotora de vapor que chirría para arrastrar vagones y pasajeros, mientras estos últimos miran pesarosos con los brazos apoyados en las ventanillas a las personas que dejan atrás. Algún beso de última hora dado de puntillas, una mano enguantada que no quiere soltarse, los corazones encogidos y los pasos, cada vez más rápidos, acompañando al que se marcha hasta que el tren se acelera demasiado y uno se queda en el andén con la mirada clavada en el infinito y la lágrima contenida.

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