Gachas

Corrían tiempos de nubes y de almendros. Alfredo Viento se resguardaba en su viejo gabán mientras caminaba distraído entre las interminables viñas, de las que todavía colgaba algún racimo astuto que había evitado la vendimia, dejándose acariciar por las pámpanas de las cepas despojadas. El suelo, reseco, llenaba de polvo sus botas y se dejaba querer por un sol de otoño que sabía a miel y romero. Tan sólo el ruido de los pájaros rebuscando frutos olvidados y el crujir de los pasos de Alfredo rompían la calma. Un olor familiar le llegó desde una caseta cercana, y un chisporroteo nervioso dio fe de que comenzaban a cocinar, los ajos, la panceta, el pimentón jugaban ya sobre el aceite caliente. Ya saltaba la bota de mano en mano, ya los perros se acercaban a la lumbre a rescatar algún pedazo de carne huérfana, y la conversación se animaba pese al frío relente de la mañana. Palpó su bolsillo para verificar que aquél bulto era su navaja, y se dio la vuelta dirigiéndose hacia el bullicio mientras decía “¡a ver esas gachas!”.

Esta entrada fue publicada en Microrelato y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.