Otoño.

El otoño nos pilló desprevenidos. Tuvimos que recolectar colores ocres, mangas largas y mantas para el sofá. Sin esperarlo nos vimos como las demás hojas arrojados al suelo y, arrastrados por el viento, llegamos a casa justo a tiempo para besarnos. Las tardes se nos fueron apagando, nos cambiaron una hora y salimos perdiendo, los zapatos crecieron y se nos hicieron botas, ya no había pies, tan solo fuimos, de nuevo, piratas con patas de palo. La cebolla nos rodeó de capas, cada día una más, hasta ser seres de lana, de cortavientos y polares. Los pies fríos de madrugada se colaron en nuestra cama y los abrazos volvieron a ser largos, ven a dormir conmigo, las noches comienzan a ser frías, y fui. Las terrazas se escondieron dentro de los bares, tan sólo los fumadores perpetuos pagaban el peaje. En los escaparates ya era invierno, pero nosotros seguíamos persiguiendo a los castañeros por las calles. Y cuando estábamos en estas, llegó el invierno, y nos pilló desprevenidos.

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