Sobre el banco.

En la bocana del puerto tan sólo había un banco. En verano era imposible encontrarlo vacío, pero una vez que los turistas abandonaban el pueblo aquel banco volvía a ser propiedad nuestra. Sentarte a mirar el mar, ese mar que nunca es igual, transmitía sosiego y solicitaba silencio. Si alguna vez hablábamos lo hacíamos bajito, como si el susurro del agua que lamía el rompeolas reclamara atención, pero las más de las veces tan sólo nos sentábamos el uno junto al otro, tomados de la mano, y mirábamos el mar infinito para nosotros. Los restaurantes, ahora a media asta, seguían llenando de aromas deliciosos toda la calle, el estómago rugía impertinente al aroma de las planchas repletas de pescado y marisco, y el bullir de los calderos repletos de pescado de roca nos alimentaba a traición mientras seguíamos absortos en la contemplación del Mediterráneo, como antes lo hicieran civilizaciones enteras atraídas y aterradas por el poderoso reino de Neptuno. Como perros de Pavlov no pudimos contener la saliva, y nos levantamos perezosos implorando a nuestra voluntad llegar hasta casa a comer. Caímos en la primera trampa que encontramos, una mesa vacía y un solícito camarero que nos ofreció, sin mediar más que una sonrisa, un almuerzo frente al mar. El banco continuó vacío un rato más, como si esperase a sus próximas víctimas.

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