Laura y Tinder

Laura buscaba a los hombres igual que compraba bolsos. Siempre valoraba que le quedaran bien, que combinaran con su ropa y fuesen atractivos, al menos para los demás que eran al fin y al cabo los que miraban a la pareja. Su anuncio en Tinder era claro, quería a alguien que sumara (al parecer la mayoría de los hombres tenía serios problemas con la aritmética elemental y encontrar a un hombre que sumara ya tenía su mérito), más alto que ella con tacones (nunca entendí si el hombre tenía que ser más alto que ella llevando tacones o más alto que ella, llevando tacones), sin mochilas emocionales (pero igual con bolso si valía, aunque en lugar de emociones llevaría las llaves, el móvil y las gafas de sol, imagino), que se cuidara por dentro y por fuera (esto venía a ser que tomara bifidus y que fuera al gimnasio aunque se cagara por la pata abajo). Ella se describía como sencilla, amiga de sus amigos, femenina, y que se encontraba en un momento de su vida en el que sabía lo que quería y lo que no quería, así que su match, si lo había, debería cumplir los requisitos anteriormente mencionados y, además, ser lo que quería ella, aunque él no lo supiera. Más de tarde que de noche y, por supuesto, no buscaba sexo, eso podía encontrarlo cuando quisiera y con quien quisiera, Tinder era para otra cosa, algo más elevado, encontrar a tu media naranja digital en una cesta de manzanas con gusanos como vagones de metro.

Para demostrar su sencillez Laura había publicado varias fotos. La primera de ellas en biquini en una playa de Ibiza, que se tomó cuando fue a la despedida de soltera de su amiga Begoña. Muy natural ella, con un contraluz precioso que ocultaba su rostro y tan sólo dejaba ver su silueta de reloj de arena. La segunda haciendo marcha nórdica, aquel día que se había apuntado a una excursión con los compañeros de trabajo y había estado un mes con agujetas, pero aquella foto con aquellas mallas le encantaba. Eso sí, tomada a cierta distancia para que las cuatro arruguitas mal contadas de la cara no se vieran tras las gafas de sol de tamaño ojos de mosca que solía llevar. La tercera era la que más fe daba de la sencillez de Laura, con un vestido muy escotado, zapatos de tacón, pintada como una puerta en un photocall con marcas tipo Gucci que había puesto cuando abrieron el centro comercial de su ciudad. Luego había más fotos, con sus amigas, indistinguibles todas, menos con Charo, que era demasiado mona y procuraba no salir en fotos con ella.

Con esos mimbres Laura tenía del orden de los cinco match diarios sin esfuerzo, de los que al menos dos abandonaba nada más tenerlos sin dar más explicación, y de los otros tres siempre daba un par de días al más guapo para que le escribiera, eso sí, algo original y romántico, no el típico hola que haces. Luego entablaba una larga conversación con él, a que gimnasio vas, donde te compras la ropa, y al final, si todo parecía ir bien, quedaban a tomar una copa para ver si las fotos coincidían con la realidad.

Cuando Laura salía con algún chico siempre procuraba que alguna de sus amigas los viera juntos. Al día siguiente le preguntaba, ¿qué opinas?, ¿qué tal me queda?. Nunca entendió por qué ninguno repetía cita, tampoco le importaba, tenía una larga lista de bolsos y chicos que probarse todavía.

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