Desde el café.

Terminaba a las siete. Recogía con premura sus llaves, su teléfono y sus gafas y se marchaba saludado a los compañeros que, remoloneando para no ser los primeros en marcharse, todavía estaban sentados en sus puestos. Bajaba los tres pisos por la escalera, con el estómago encogido y el corazón acelerado, hasta la salida, donde pasaba su tarjeta identificativa por el escáner y, tras atravesar el torno, llegaba hasta el hall del edificio. Las manadas de lobos se transformaban en corderos para pasar las puertas del umbral hasta la calle, donde comenzaba a atardecer. Alguna ráfaga de viento frío barría las calles de hojas tempranas, y él se resguardaba entre las solapas de su chaqueta pensando que pronto llegaría el invierno y tendría que sacar los abrigos largos de los armarios. Zigzagueando entre la gente llegó hasta el café, y se sentó en la mesa más cercana a la cristalera que pudo encontrar. Tras unos inquietantes minutos al fin la divisó, entre la gente, con aquel andar felino, como si lo hiciese un metro por encima del pavimento, poderosa, hablaba por teléfono y gesticulaba como si la otra persona pudiera ver sus expresiones, sorpresa, enfado, simpatía, enfatizaba los gestos con la mano que tenía libre y en la que llevaba un par de guantes de piel, que se devanaban de un lado para otro al compás inverso de los movimientos de la mano, como un muñeco de trapo arrastrado por un niño. Penetraba entre la multitud como un cuchillo afilado, hasta la entrada de metro que había frente a la cafetería donde se sumergió como un submarino. Cuando desapareció él todavía tenía su imagen en la retina, donde la retuvo unos minutos junto a una sonrisa bobalicona y una mirada soñadora. Pagó su café y salió de nuevo a la calle, silbando, con el gozo de haberla visto una tarde más.

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