El valor.

A porta gayola, desarmado hasta los dientes, con dos cojones como el caballo de Espartero y más moral que el Alcoyano, así se presentó José Luis ante aquella rubia despampanante que ocupaba las miradas de medio bar y la envidia del otro medio. Me acaba usted de abducir, señorita, y aunque no lo crea no soy yo persona de ser abducida con facilidad. La presencia, aquel ser medio etéreo lo miró en parte con curiosidad por ver como salía el hombrecillo de aquel fregao y en parte con ganas de mandarlo a plantar tubérculos al Congo, respondiendo tan sólo con un silencio tenso que incluso pareció bajar el volumen de la música en el local. Obviamente esta intrusión en mi intimidad no debe quedar en agua de borrajas –continuó hablando el pequeño hombrecillo- no puedo ni debo pedir una satisfacción, pero sí al menos hacerle saber que, desde que entré a este local toda la luz que ha cegado mis ojos provenía de usted, más concretamente, por qué no decirlo, de su vestido de lentejuelas que me ha dejado las pupilas amartilladas. Ante tal circunstancia, créame, me veo en la obligación de invitarla a la consumición que usted prefiera y así podremos comenzar a hacer planes de futuro. La chica, cansada de tanto recibir tejazos durante toda la noche y no habiendo encontrado chulazo de su gusto, se dio la vuelta y sin más respuesta que un reproche se puso el bolso debajo del brazo y se alejó de José Luis bailando hasta salir por la puerta.

Él volvió al amparo de la barra sin tan siquiera despeinarse, se amarró de nuevo a su copa y continuó observando el patio de operaciones como el que mira una feria agrícola. Alguien a su lado lo miró. ¿No crees que estaba un poco fuera de tu alcance?. Él, sin tan siquiera girarse, sonrió ligeramente. Que seres más absurdos somos, pensamos que unos u otros merecemos a alguien tan sólo por lo atractivos que nos creamos o nos construyamos, pero en realidad todos somos simples animales con momentos ridículos, con despertares legañosos, con secreciones, olores corporales y alientos de dragón, ¿no crees que esa chica también caga cuando va al baño?, y seguro que huele que apesta, da igual lo mona que se haya puesto. Yo le he ofrecido la oportunidad de conocerme, pero ella hoy, en su pedestal, no se ha dignado. El tiempo la bajará de ahí, como a todos. Y ahora discúlpame, estoy viendo a una morena sonriendo al final de la barra y no pienso perder una oportunidad, la vida es muy corta para tener miedo.

Disculpe, señorita, vengo a quejarme porque cuando ha pasado por mi lado me ha pisado lo fregao…

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