Martes

Campanean las doce, en la plaza el aire gélido mueve la arena empolvando a los viandantes y la mañana se transforma en tarde. Los extranjeros, hambrientos, buscan restaurantes donde comer mientras los nativos tomamos un pincho y el café de media mañana, bendito país, al tiempo que, con suficiencia arreglamos el mundo, discutimos sobre el futbol y ponemos a caldo a nuestros dirigentes indigeribles, plasmo perfecto de la sociedad entrópica en la que nos hemos convertido. Los carteros, arrebujados en sus chaquetones amarillos, reparten paquetes y facturas como pequeños minions, y un camión repleto de bombonas de butano que chocan unas contra otras, tolonea a la entrada de la plaza. Dos jubilados hacen la fotosíntesis en un banco desgastado y un niño, enfermo a la hora de ir al colegio y milagrosamente curado media hora más tarde, hace rebotar un balón contra la pared de bar Tolos, mientras su madre, azorada, comparte un café y dos porras con otra manada de madres que, momentos más tarde, se dirigirán al gimnasio a seguir destripando gente. Ginés atraviesa la plaza algo hastiado, todavía es martes y parece que la semana no va a terminar nunca. Va refunfuñando hasta llegar al kiosko, un paquete de Fortuna, el país y un paquete de chicles de fresa ácida le dan la puntilla a los diez euros que lleva en la cartera, joder como está todo de caro, Julián, el otro sube los hombros y ambos asienten, y sigue Ginés andando hasta la cafetería que, como todas las mañanas, rebosa gente por la puerta. Se hace duro el llegar a la barra, y allí Ginés, no me queda tortilla, no me jodas, si es que has venido tarde hoy, claro, estamos a primeros y tengo la cola hasta la puerta, que quisieras tú, risas contenidas, y Ginés que se resigna a las mofas y al almuerzo sin tortilla, pues ponme un montado de boquerones con tomate, o lo que tengas a mano, yo que sé, que llevo un día. La caña, con sus dos dedos de espuma, fría sin pasarse, entra casi sin sentir, igual que el pequeño bocado que la acompaña; deja unas monedas en la barra y se despide al aire, atravesando de nuevo la plaza, encendiendo un cigarro al salir y apagándolo dos caladas después en la puerta de la oficina. Dentro un montón de clientes circunspectos y aburridos esperan su turno. Respira hondo y entra de nuevo. Martes, madre mía, todavía es martes, esta semana parece que no vaya a terminar nunca.

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