Jueves

Venía con ganas de hablar, se notaba. Aquel hombrecillo, ya entrado en años y con el habla algo repetitiva, se explicaba constantemente. Me compré unos pantalones en el mercadillo y, claro, lo que tienen no probárselos, me vienen pequeños. Es que he engordado un poco, con las fiestas, ya se sabe. Para los sobrinos, y para los padres de los sobrinos, que el dinero sí que lo quieren, pero a uno…, claro, yo soltero, que se le va a hacer. Dame la paga, que creo yo tenga bastante con eso. Se atropellaba al hablar, nervioso, con esa absurda distancia que da un mostrador de banco a la gente de determinada edad, disculpándose por todo, explicando lo que no tiene por qué, pero con la amabilidad de la gente de bien con vidas menudas que han sobrevivido a todo y ahora subsisten entre soledades en aldeas en las que hay más gente en los cementerios que en las calles. Se marchó como entró, atropelladamente, es que nos traen en el camión del ayuntamiento y sólo tenemos una hora para hacer los mandaos, y entre comprar, la farmacia y el banco se va el tiempo en un plis, rezongaba mientras se dirigía hacia la puerta. Probablemente los jueves son los únicos días en los que sale de su aldea, los únicos días en los que ve a gente distinta a la del resto de su semana, una semana llena de domingos en la que el único día de fiesta es una hora del jueves.

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