Aitziber

Llevaba un cascabel prendido de una de las cremalleras de ese extraño híbrido entre bolso y mochila que portaba, y lo hacía sonar al caminar mientras se balanceaba de un lado a otro. Pese a que el frío era intenso y que tenía la punta de la nariz algo enrojecida ella no parecía notarlo. Calzaba botas de media caña, de esas que dejan ver un poco de lana, o borreguillo como le decíamos en casa, en la parte de arriba, unas mallas gruesas y un abrigo verde, casi una parka de tres cuartos. Las manos enguantadas quedaron a la vista, unas manos pequeñas y delicadas, cuando me entregó el dinero que quería ingresar en la cuenta del ayuntamiento para pagar el gimnasio. Lo primero que me llamó la atención fue su hablar, pausado, con un fuerte acento del norte, casi me recordaba a Luz Casal en la cadencia de su habla, el aro del piercing de la aleta de la nariz, que tanto me llama la atención en algunas mujeres, y sus ojos oscuros. Le pregunté a nombre de quien debía hacer el ingreso y me deletreó un nombre que me era tan extraño como su acento, Aitziber. Mientras tecleaba los datos en el terminal me moría de ganas de preguntarle de donde era ese extraño nombre, que ahora se es el nombre de la ermita de Nuestra Señora situada en el bosque de Sarabe, en Urdiain, Navarra, pero una timidez absurda me impidió preguntárselo, más que nada ante la seriedad que transmitía. Le entregué el justificante, el dinero que sobraba y se marchó haciendo sonar de nuevo su cascabel hasta perderse por la puerta que da a la plaza. Cuando se fue me quedé pensando en cuantas vidas no seré más que un borrón y cuantos otros no lo serán en la mía, pero al menos algo de Aitziber se me quedó prendado, por un momento, el sonido de su cascabel.

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