Petra

La niña no volvió a su casa hasta bien entrada la noche. La familia, desesperada, la había buscado por todos los sitios imaginables, pensando que, aquellos que habían asesinado a su padre un año y cuatro meses antes del nacimiento de la pequeña, habían vuelto a tomarse venganza en aquel angelical ser. Cuando entró por la puerta encontró a su madre y a sus cinco hermanos sumidos en la tristeza y con lágrimas irreductibles en sus miradas, y tras un primer grito de júbilo, todos se abalanzaron sobre ella con gesto serio y enfadado para pedir explicaciones. La pequeña, con sus cinco años a cuestas, veinte parecían de lo que había tenido que vivir en tan poca vida, con su lengua de trapo y mirada asustada les contó. Venía de casa del tío “pompa”, que hacía “tabique” con la casa del párroco. La niña se había percatado que el tío pompa, con pocos dientes y menos fuerzas, tan sólo comía las migas de los panes que su mujer cocía,  y que el resto, las partes duras y la corteza, las dejaba aparte, probablemente para dar de comer a las gallinas. Petra, que entre muchas otras necesidades no cataba pan más que los domingos después de misa, se sentaba al lado del tío Pompa, y mientras que lo veía cenar sisaba en lo posible los trozos de pan que este descartaba, y los iba royendo de camino a casa con una felicidad tan plena que a veces caminaba hasta con los ojos cerrados. Aquella noche todos sus hermanos soñaron con aquel pan, pero tan sólo ella durmió con una sonrisa en el rostro.

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