Desde mi ventana.

Desde el lugar donde vivo puede verse una iglesia, con su blanco campanario y su cúpula discreta. Un poco más atrás se adivina un hospital, antigua residencia, que hoy estará saturado. Justo bajo mi casa hay un pequeño jardín, en el que los niños ya no juegan, donde las palomas desconcertadas caminan de un lugar a otro sin entender donde están todos aquellos que las alimentaban días atrás. Pocos perros husmean entre los árboles acompañados por los dueños insensatos que no supieron estar en casa. El agua, hoy, cubre todo eso, con una pátina de tristeza muy adecuada a los lamentables tiempos que nos invaden y nos sobrepasan. Miro por la ventana como el día se agota, y la primavera, que no llega, sigue desplegando un manto de soledad en las calles frente a la noche, que se adivina. La soledad hoy nos acompaña un poco a todos, soledades divididas por tabiques delgados que no filtran besos, que no filtran pieles. El miedo vive fuera, la muerte acecha en forma diminuta, en otros labios, en otras manos, la enfermedad que mata las caricias y que ha congelado las sonrisas tras mascarillas y que ahoga el futuro. Sigo mirando por mi ventana y veo como el sol también se esconde, asustado, quemando el cielo tras las nubes, que como las campanas tañen colores ocres de un falso otoño pasado donde todavía respirábamos bajo el cielo. Las oscuridad va cubriendo la tarde, devorando los colores ya malvas que derrotados bajan los brazos y se apagan. La iglesia sigue ahí, impasible contemplando el paso del este tiempo extraño, y justo detrás se adivina un hospital en el que alguien muere. Justo bajo mi casa, en el jardín, ningún niño juega.

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