Trenes

Los trenes ya no paran en las estaciones, nadie baja ya a estirar las piernas, fumar un cigarrillo, comprar una revista o una chocolatina, nadie se queda en la puerta del vagón viendo como aquellos que esperan reciben con abrazos ilusionados a los que llegan, nadie se detiene en el andén a contemplar la estación de la que marcha o a la que arriba, y los niños ya no van a ver partir los trenes. Ahora todos nos levantamos antes de que el tren llegue a la estación y nos amontonamos en la puerta de salida esperando que el tren se detenga un breve lapso, tan sólo unos instantes, para arrojarnos pertrechados hasta el andén que recorremos rápidamente, con la mirada fija en las escaleras mecánica sobre las que tampoco nos detenemos. Así es nuestra vida, estamos tan impacientes por llegar, tenemos tan poco tiempo para bajar del tren que nos va llevando que hemos olvidado a disfrutar del viaje. Ya no miramos hacia arriba cuando caminamos para ver la belleza de los edificios, hemos olvidado sonreír, hemos olvidado respirar. Somos relojes, horarios, obligaciones, cargamos con preocupaciones, reproches, mochilas llenas de cosas por hacer y deseos incumplidos, comemos comida rápida, cocinamos en olla express, conducimos por el carril de la izquierda y dormimos con los dientes apretados por que el despertador, que no la mañana, nos levantará temprano. Nos hemos olvidado del tiempo, de recordar a los que se fueron, de disfrutar de los que tenemos, hemos perdido la sobremesa, el vermut, los atardeceres, las paradas en los viajes, las tardes en los cafés, la lectura tranquila, buscar un disco, abrir el tocadiscos, verlo girar y dejar la aguja sobre él, el sonido del agua, respirar con los ojos cerrados, la siesta clandestina, el aplauso de las hojas en los árboles. Lo queremos todo y lo queremos ahora, libros que no leeremos, ropa que no usaremos, almacenamos cosas en lugar de momentos, guardamos objetos en lugar de recuerdos, y, al final, todo se quedará, cubierto de polvo. Hay que volver a caminar, que no a andar, a pasear sin prisa, a admirar lo pequeño y a disfrutar de lo mundano. Y en todo ello encontraremos la vida que de verdad buscamos.

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