La liturgia de Nora

Cada mañana Nora cumplía con una liturgia propia, disponía su vestido sobre la cama recién hecha, se lavaba en el aguamanil de su habitación con el agua jabonosa que su abuela había dispuesto esa misma mañana tras calentarla en la cocinilla, peinaba su cabello con ímpetu para intentar domar aquella melena negra, luego se miraba en el espejo que colgaba detrás de la puerta y veía su piel aceituna, se sonreía y en su sonrisa creía ver el reflejo de su madre a la que tanto añoraba, cerraba los ojos, besaba el espejo, te quiero mamá, y terminaba de vestirse. Las sandalias que calzaba gran parte de año la esperaban al pie de la cama, sandalias que su abuela se encargaba de limpiar cada noche cuando Nora caía rendida en la cama y que solían venir llenas de arena y polvo. Tras alisar el vestido sobre su delgado cuerpo giraba sus caderas a izquierda y derecha y la cabeza a derecha e izquierda para notar como el vestido volaba a su alrededor, luego salía a la sala donde sus abuelos ya llevaban un buen rato despiertos y, al verla, cada mañana, sin faltar una, se les iluminaba la mirada con ese brillo que decía “por ella merece la pena seguir vivos”. Sobre la mesa un tazón de leche, al lado un trozo de pan duro que terminaba desmigado flotando en la leche hasta que hábilmente Nora pescaba cada tropezón para engullirlo con prisa, con la misma ansia que demostraba por la engullir la vida. Luego de un salto tomaba su cabás, y salía como una exhalación por la puerta no sin antes besar a sus dos abuelos que sentían como la vida se les iba por la puerta tras aquella niña a la que adoraban.

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