Román, el gitano chico

Un par de mástiles de hierro, un toldo raído por el sol y la lluvia, dos mesas plegables y unas docenas de cajas cargadas hasta los topes eran todo cuanto precisaba su negocio. Recorría un puñado de pueblos cada semana, y en todos ellos era conocido como Román, el Gitano chico. Su padre, Juan el Gitano había hecho ese mismo recorrido durante años, granjeándose la confianza de clientas que ahora volvían al puesto a comprar a Román. Todavía le recordaban como su padre, de negro riguroso, con el sombrero bien calado y un cigarrillo eternamente colgando del labio, atendía el puesto sin mediar más que las palabras justas con cada clienta, pausado, poniendo precios según demanda y con el orgullo de quien sabe vender con justicia y algo de picardía. Román lo añoraba, el padre severo, el patriarca orgulloso, al que tan sólo pudo doblegar un corazón maltrecho que lo traicionó un día frío de marzo, añoraba su presencia tranquilizadora, aquella voz profunda agravada por el tabaco, el bulto que marcaba la navaja protectora en su cintura, el chaleco con aquel reloj de bolsillo que todavía conservaba, y, sobre todo, añoraba el momento en el que, tras una mañana ajetreada, su padre le daba un pescozón y le decía “esto ya está hecho, termina tú que voy a un sitio”, y con aquel andar bamboleante se marchaba a tomar vino de pitarra y algo de queso, mientras envolvía el fajo de billetes del día con una goma elástica y los guardaba en algún lugar de su chaqueta.

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