Jonás (extracto de Patio 42)

Jonás tenía una elegancia innata a la hora de perder, al fin y al cabo había nacido para ello. Su facilidad para caer derrotado en las lides más livianas le permitía afrontar cada reto con la seguridad de sucumbir luchando, pero en definitiva perder. Siempre pensó que era necesario que alguien pierda para que alguien gane, alguien debería ser el último, el más lento, el peor, y era preferible que ese alguien fuese él, él que tenía la capacidad de seguir adelante pese a todo y pese a todos. Ser el último le permitía verlos delante, valorar su esfuerzos, levantar al que caía y mirar desde abajo a los vencedores en el podio, tan sólo era una cuestión de perspectiva. También perdía gente y aceptar que no podía salvar a nadie había sido su último gran reto en tanto todavía no acertaba a entender por qué perdía a otros cuando él era el perdedor absoluto, pero quizá este era su rol, perder a los demás, perder al fin y al cabo, pese a todo, pese a todos. De cada una de sus derrotas aprendía algo, de cada caída de la que se levantaba, de cada cicatriz, así era Jonás, el eterno impar, el resto de la división, el último trago de un vaso de sidra que se arroja al suelo, la elección que nunca se tomaba. Su vida era como un eterno navegar contra el viento, volviendo una y otra vez a puerto, era como una escopeta de feria trucada para nunca acertar, como jugar contra alguien con las cartas marcadas, como intentar escalar una montaña de barro, nadar y guardar la ropa que dirían algunos, o al menos así había sido hasta aquella noche.

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