Santos (extracto, comienzo de «Exlibris»)

Santos Dalia había nacido el 20 de enero del 54, una mañana fría en la que su madre, no pudiendo resistirlo más, se había envuelto en un viejo y roído gabán y había caminado torpemente hasta la calle Sierpes, donde Juana Villagobardo, “La Bruja”, le asistiría en un parto largo y doloroso que terminaría con su vida. Un instante antes de apagarse, María, que así se llamaba la madre de Santos, miró a su hijo y suspiró: “Vaya, al final ha sido un niño, pues la lleva clara el crío”; y diciendo esto murió, sin más dramatismos ni más gestos, se quedó con la mirada enganchada en el techo y dejó de respirar. La bruja cubrió al niño con el gabán de la madre, para que al menos tuviera su olor, y dejándolo cerca de un sagato escaso sobre el que unas trébedes puchereaban un viejo hueso roído y unas fabes, salió de casa para que la autoridad, si es que aquella gélida mañana la había, tomara posesión tanto del cuerpo de la difunta como del niño. 

La mujer de Manuel Samper, Inmaculada, se encaprichó del niño nada más verlo, “Manuel, este niño necesita una familia, no se te ocurra dejarlo en un hospicio que le vas a dar una vida desgraciada”. Manuel, que conocía a su mujer más que de sobra, tan solo podía pensar en las largas horas del turno de noche que tenía que doblar una y otra vez para saciar las bocas de sus cuatro hijos, y, a sabiendas de que uno más terminaría con su ya delicada salud, insistió, “mira Inma, esto es solo por un par de días, hasta que terminen de tapiar el muro que se ha caído del hospicio de San Rafael, una vez que esté reparado y la nieve no entre hasta las habitaciones de los niños, el crío irá al hospicio, donde seguro que los curas le dan buena vida, que esa gente está ya acostumbrada al trato con náufragos”, y diciendo esto miró al niño y pensó que más le hubiera valido al pobre no haber siquiera nacido. Y así fue como Santos Dalia fue a dar con sus más huesos que carnes al hospicio de San Rafael. Manuel Samper y su mujer lo llevaron un jueves por la mañana, acurrucado en el viejo gabán de su madre, y reprimiendo las lágrimas. Al salir del coche que los llevó a la nevada puerta, el vaho empañó las delicadas lentes de Manuel, “pues mira, mejor no ver” pensó,”Inmaculada, dame al niño que no podemos estar aquí todo el día ”, la llamó Inmaculada, como hacía delante de la gente, Inma era solo para él.

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