Cambios

El próximo cambio será el último. Esa era la mentira más repetida por Juanjo respecto a su vida. Cada vez que cambiaba de trabajo, de pareja, de casa, Juanjo se repetía a sí mismo “este será el último cambio de…” y ciertamente lo creía. Juanjo era una persona crédula, sobre todo en lo concerniente a las mentiras propias, las que uno se dedica a cultivar y a adornar para que parezcan verdades a ojos de los demás. Porque cuando uno se miente sabe que lo hace, pero creer en dicha mentira la transforma, o al menos lo intenta, en una verdad a ojos de los otros. Antes se pilla a un mentiroso que a un cojo, le decía siempre su madre, pero él no era  un mentiroso, tan sólo era una persona crédula, y cuando alguien cree sus propias mentiras las transforma en verdades. Así que Juanjo se prometió a sí mismo que ese sería el último cambio de casa que haría en su vida.

            Había tenido que abandonar su anterior residencia por inhabitabilidad de la misma. A todo el que ponía oídos a su historia contaba que la vieja casa se había llenada de insectos y roedores de modo espontáneo, posiblemente atraídos por la acumulación de basura de un vecino con síndrome de Diógenes. Tras varios avisos al propietario y a la policía, finalmente Juanjo había decidido marcharse. Olvidaba contar, quizá por ser un detalle menor, que había dejado de pagar el alquiler meses antes. Y es que, a Juanjo, no le llegaba el dinero. Sobre todo desde que aquel amable presentador de los magacines matutinos de la tele le había mostrado que, a través de su teléfono móvil, podía jugar al bingo tanto como quisiera y, a buen seguro, ganar una buena suma de dinero para sus otros gastos, para los superfluos, el alquiler, la comida, la pensión de los hijos que nunca debió tener…

            Puedo dejarlo cuando quiera. Esa era otra de sus mentiras. Quizá la mayor de ellas. Siempre había sido una persona de carácter fuerte, de convicciones férreas, de decisiones inapelables, pero el bingo era el bingo. Una inagotable fuente de placer absurdo, la tensión de la espera, la emoción del juego, el placer de cantar bingo o línea y recuperar a veces, muy pocas veces, una ínfima parte de lo perdido. Era como si aquel juego diera color a su vida, una vida gris poblada de vacíos que él mismo se había encargado de agrandar. Era fácil, era sencillo imaginarse ganando uno de aquellos increíbles grandes premios que cambiarían su vida. Seguro que todos los días el bingo cambiaba la vida de alguien, tan solo debía esperar su turno pacientemente, jugando, cada día.

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