La luz de la tarde se marcha cuando llega septiembre. Emigra al sur durante seis meses, al círculo polar antártico, en una sucesión de días sin noche que la adormece sin llegar al sueño. Y allí se queda todo ese tiempo, una luz ambarina, suave, de cielos aterciopelados y fríos, con tardes de seda y mañanas que son, al cabo, una misma cosa. Y esa luz que se marcha dejaba cada año a Cabo de Palos huérfano de verano y de brumas, llenando el mar de agua fría, frío que comenzaba también a condensarse sobre las pieles tostadas de los niños, bajo sus pantalones cortos, en los tirantes de los vestidos, una vez blancos, de las niñas y en las miradas de los ancianos que sabían, quizá, que este había sido su último verano. Y ahora el otoño, con la mustia presencia de septiembre, anunciaba que la luz de la tarde, la luz de Cabo de Palos, se marchaba al sur.

Las puertas del pueblo, abiertas todo el verano para poder cazar cualquier corriente de aire que se dejara llevar entre las cortinas, comenzaban a cerrarse antes de que el frío se hiciera huésped y no hubiera hogar capaz de hacerlo salir de casa hasta la primavera. La leña y el carbón comenzaban a llegar los domingos de mercadillo junto a escondidas lanas que, tímidas, no se habían dejado desear hasta bien entrado septiembre. Aquel mes caminaba por las calles de Cabo de Palos llenándolas de ecos solitarios, de tañidos lejanos de campanas huérfanas de iglesias, de sirenas de metal que oscilaban en boyas a cientos de metros mar adentro. Apagaba nuestras miradas y suavizaba nuestras risas, mitigaba las pasiones y nos despedía del país del verano una vez más. Llegaba el mes de escuchar a las gaviotas reír desde sus islotes, como si supieran el modo en el que la vida se serenaba, se adormecía entre los poco gélidos inviernos del litoral al ritmo de un mar sin olas. Y llegaba, como todos los años, un milagro: el milagro que se producía cuando, el primer día de colegio, Nora llegaba con su vestido y éste había crecido.

Ese año, el vestido de Nora había crecido en azul celeste, un retal que mi propia madre le regaló por el día del Carmen cuando Nora le ayudó a guisar unas lechas que había comprado en el puerto. La habilidad de la abuela de Nora para hacer que su vestido creciera año tras año, en decoloradas capas, era parte del ritual de septiembre. Ver de qué color crecería este año el vestido era parte de la religión ala que el verano nos empujaba sin freno, a septiembre. Ella lucía, incluso con un ligero orgullo, aquella sucesión de colores que era su ropa de escuela… y de calle, y de domingo, que eran aquellos tiempos en los que poca era la ropa y menos los sitios dónde lucirla. Y este año, aquel retal escaso de azul que bordeaba el bajo de aquel vestido perenne, la hacía estar más hermosa que nunca.

Habían pasado ya cuatro años desde nuestra llegada al cabo, y la vida continuaba creciendo a nuestro alrededor sin que nos percatáramos de ello. En esos años el verano se desgajaba entre las calas, entre las tardes a la sombra del faro y las noches sobre el rompeolas, jugando a piratas, a vaqueros y a otras mil aventuras que extraíamos de los libros de mi padre. Cuando caminábamos junto al mar, Nora nos cogía de la mano con fuerza, con aquella poderosa tenaza que le daba su miedo al mar, ladrón que se había llevado a su padre y el alma de su madre junto a él. Pero aquella niña asustadiza junto al agua, hoy vestía glamurosa su vestido, crecido en azul. Los nueve años de Nora comenzaban ya a dar fe de la belleza que, aquella niña de rasgos mestizos, apuntaba: la profundidad de sus ojos y la tersura de su boca eran la miniatura de una preciosa jovencita en la que, en pocos años, trocaría la crisálida.

Pedro, en su sueño de pescador, no paraba más que por el puerto, a expensas de los estibadores y demás holgazanes que lo acogían una y otra vez como grumete de tierra, para comprarles frascas de vino y hogazas de pan tierno. A cambio, en ocasiones, lo llevaban sobre cubierta al amparo de alguna pesca cercana, para calmar su hambre de mar. A su padre, Pimentel, nunca le gustó la afición de Pedro por la pesca. Decía que el mar se robaba a los niños de los fareros para que lo dejaran dormir, como venganza por evitar los naufragios de los que alimentaba su oscura leyenda. Pero Pedro hacía oídos sordos al miedo de su padre y alimentaba sus sueños de niño con las fábulas que los exagerados pescadores le narraban sobre sus viajes a alta mar, sobre las sirenas que habían escuchado una y mil veces, varadas sobre acantilados malditos, que los llevaban una y otra vez a naufragios y pesares. Todas aquellas historias embaucaban el alma de Pedro, ya de por sí marinera, con espumas de olas a navegar, con vientos favorables y abundante pesca.

Eran sus sueños, su destino, su futuro. Pedro tenía al alcance de su mano todo aquello que deseaba: a Nora, el puerto, la pesca… Lo tenía todo tan cerca que no veía más allá. Poco le importaba que hubiera tierras sin mar plagadas de castillos y murallas, que otros niños tuvieran otras historias. La suya era el mar, y era la única que le gustaba escuchar. Por eso era tan feliz cuando yo leía las cartas del padre de Nora. Todo aquel juego había comenzado algunos años antes, cuando yo comencé a poder unir letras para formar palabras y darles sentido a las frases de todo aquello que estuviera escrito. Bien se había ocupado mi padre de que leyera a la perfección: «el mar no es tu destino, Roberto, tú debes aspirar a algo más», como si el sueño del pescador no fuera ya de por sí una maravilla inalcanzable a los ojos de un niño.


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