Lola

Publicado por garvidal en

Le gustaba observarlo de reojo mientras leía. Luciano se convertía en un mueble más de la habitación en esos momentos, capaz de difuminar todo a su alrededor como si la realidad tan solo fuera la vida que quedaba fuera del libro. Lola lo admiraba. Lo admiraba y lo quería, con un amor de los que duelen, de los que se enraízan en el pecho y uno puede sentir como crecen cada día agarrándose al corazón, a los pulmones. Y temía por él. Eso era algo innato en Lola, en la Lola, temer por los demás. Necesitaba cuidarlos, protegerlos, mimarlos, tenerlos cerca, muy cerca, poder escarbar en ellos como se hace en la tierra fértil para sembrarlos de besos. Y alimentarlos, como si fueran pajarillos en un nido.

Lola zascandileaba por su cocina canturreando, siempre con su mandil de tela, entre fogones, despensas y cazuelas. Después recorría las tiendas buscando los pequeños caprichos que gustaba dar a los suyos: “Sardinas saladas de barril para Luciano, y luego le frío un huevo en el mismo aceite que bien le gusta mojar pan hasta hartarse. Unos calamares para Roberto, que rebozados le encantan. Un poco de chocolate puro para mí, que después del café siempre me gusta una onza. Y calabacines y huevo para hacer un zarangollo para Nora…”. Para Nora lo que hiciera falta.

Se había rendido a los pies de la niña el primer día que la vio. Delgada, casi un saco de huesos, con la mirada triste y perdida en un mundo que no perdonaba a nadie. Y la adoptó, como adoptaba a todos, como si no hubiera nadie que no cupiera en su pecho. La hija que no tuvo, la hija que fue, el espejo en el que le habría gustado mirarse de joven si no fuera porque a Lola, a la Lola, no le gustaban los espejos. Ella había dedicado tanto tiempo a mirar a los demás que al final se olvidó de sí misma.

Le gustaba observarlo de reojo mientras leía y, aunque pensaba que no se daba cuenta, Luciano la miraba con un amor que se desbordaba cuando Lola volvía, de nuevo, toda su atención a la ropa que estaba remendando.


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