El bosque de las Cinco Hadas

Publicado por garvidal en

Hace mucho tiempo, pudo ser ayer, caminaba por un bosque entre zarzales y espinares, más allá del último lugar donde el sol se esconde, llamado el Bosque de las Cinco Hadas. Nunca creí demasiado en las leyendas, no tienen sentido en un mundo como el nuestro en el que derribamos torres para construir otras más altas y murallas alrededor de murallas, un mundo que abandona su historia en páginas que marchitan en bibliotecas olvidadas por el tiempo. Mis pasos, en realidad mi deambular, me llevaron hasta allí sin saber muy bien cómo. Frente a mí, un camino serpenteaba ascendiendo una colina poblada de sauces, y sobre su alta loma se divisaba un viejo castillo cuyo lienzo poblaba tanta yedra que a primera vista era difícil distinguirlo del propio bosque. Un riachuelo fluía plácido en el valle en el que moría la colina, creando pozas en las que las libélulas, que brillaban con los todos los colores del arcoíris, bajaban a beber formando pequeñas hondas sobre el agua. Cada vez que céfiro silbaba las largas ramas de los sauces parecían moverse al unísono como los brazos de las bailarinas, y la tarde, que comenzaba a apagarse, se llenaba de humedad que se condensaba sobre la hierba.

Tomé el camino sin tener muy claro dónde quería llegar, aunque parecía que el viejo castillo me atraía hacia él como una casa encantada. Y a cada paso, cada vez que uno de mis pies seguía al otro, un recuerdo regresaba a mi mente, un cuento, una historia. Y la voz de mi abuela, a la que tanto quise, volvió a mí a narrarme aquellos viejos cuentos de sirenas, hadas y ninfas con los que edulcoraba las noches en las que no podía o no quería dormir. El primer recuerdo, sin duda, fue el de Marta, el hada de las plantas y las flores.

Marta había nacido tan solo con un ala. Eso era extraño en las hadas, pero así fue. Como no podía volar el dios de aquella tierra le otorgó el cometido de cuidar de todos los seres vivos que caminaban o vivían sobre el suelo: los animales, las plantas y las flores. Con su pequeña hoz de oro Marta quitaba las malas hierbas, podaba los arbustos y talaba los árboles que enfermaban. Sus pies, siempre descalzos y llenos de baro, eran grandes y menos delicados que los del resto de sus hermanas, ya que Marta caminaba todo el día sobre el suelo. Pese a que sus compañeras sentían pena por ella en realidad era las más feliz de las hadas y nunca dejó de tener un sonrisa en su rostro. Cuentan que, cada vez que Marta sonríe, nace un fresa.

El segundo recuerdo fue el de Sofía. Sofía era un hada tímida, muy tímida. A ella le encargaron que cuidara de las palabras. Primero creó las letras, luego las unió y, finalmente, creó la poesía. En realidad ella era poesía. Podían leerse versos en el brillo que sus alas dejaban cuando volaba, su voz era la de un narrador de cuentos, sus manos escribían caricias allí donde tocaban, y sus ojos contaban historias, las pasadas y las futuras, en idiomas antiguos y en aquellos que todavía estaban por crear. Todas las novelas, todas las palabras, todos los poemas son Sofía.

El tercer recuerdo es el de Sara. Sara nació con un pequeño cascabel al cuello. Ella fue la encargada de la música. Su alas eran como dos pequeñas arpas que sonaban mientras volaba. Su voz eran todas las canciones del mundo, y sus hermanas se paraban a escucharla cuando la tenían cerca. Sara y Sofía crearon los pentagramas y las notas para poder conservar la música, Sofía les puso la letra para poder cantarla, recordarla y para poder alegrar a las demás hadas cuando les rondaba la tristeza. El viento solo sopla si Sara está cerca para poder tocar las cuerdas de sus alas.

La cuarta de las hadas era Sonia. A Sonia le encargaron el tiempo. Ella hace que los segundos se agrupen en minutos, los minutos en horas y las horas en días. Crea el día y la noche y es la encargada de las estaciones. Para ello siempre tiene la ayuda de Marta, que se encarga de marchitar en otoño y revivir en primavera a todas las plantas. Sonia posee un reloj de cuco a través del cual hace fluir el tiempo y debe darle cuerda cada mañana para que todo vaya bien. Dicen que, a veces, se queda dormida y sueña, y que durante esos momentos el tiempo se para como lo hace en la mirada de los amantes.

Y la quinta de ellas, cuyo recuerdo es el último en llegar, es Silvia. A Silvia le dieron el trabajo más difícil de todos. Silvia debía contener la tristeza. Las hadas nacen con una maldición. Son seres de luz, creadas para la alegría y la belleza, y su vida se reduce a dos únicas lágrimas. Cuando un hada derrama la primera lágrima Silvia es la encargada de guardarla en uno de los pequeños tarros de cristal que cuelgan de su cinto. Ahí es dónde ella guarda todas las tristezas del mundo y que nunca debe dejar escapar. Si alguna de sus hermanas llegara a derramar la segunda, Silvia deberá guardar la lágrima en un tarrito y el alma del hada en una caja de plomo con dos zafiros para que no escape y se convierta en un troll, ya que los trolls nacen con el único destino de matar a las hadas. Al fin y al cabo son su tristeza.

Distraído como estaba con los recuerdos llegué al castillo. La pequeña puerta estaba abierta y tuve que agacharme para poder mirar a través de ella. Quizá lo soñé, pero podría asegurar que en el patio cuatro pequeñas hadas bailaban alrededor de otra de ellas que no paraba de agitar sus pequeñas alas. Se hacía tarde, así que volví a casa tarareando una canción de la que ya jamás he podido olvidarme.

Categorías: Cuento

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