El nacimiento de Deldorf

Publicado por garvidal en

Hoy, enmohecidos mis recuerdos de antaño, me ha robado la tarde la semilla que planté para dar vida a una nueva historia. Yo os digo, tan cierto como que las hadas existen, que ocurrió, u ocurrirá qué importa, hace mucho pero que mucho tiempo, pudo ser ayer, antes de que yo mismo tuviera sentido, antes de que el mismo Milmusas plantara la primera secuoya de Deldorf, que de un guerrero tan grande como el universo cayó la primera lágrima del mundo cuando al terminar la batalla miró a su alrededor y comprobó que era el último de cuantos seres habían poblado aquel absurdo universo, en el que la guerra sin compasión había impregnado los únicos retazos de historia recordados desde el principio de los tiempos. Mujeres, niños, todos luchaban, todos habían guerreado unos contra otros, salvajemente hasta llegar al final, y él, Reberardo, era el último de cuantos habían poblado aquel universo de destrucción y masacre. Un lacerante dolor atravesó su pecho al comprobar que tan solo había luchado por sobrevivir en un universo que moría y ahora, al final, lo único que le restaba era dejarse llevar por la parca que a tantos otros había ayudado a portar. Pero antes, por un momento, un sentimiento lo llenó de un dolor como nunca había sentido, y una lágrima se escapó de sus párpados. Fue la última lágrima de aquel funesto universo, pero también fue la primera que nunca nadie dejó escapar. Todo terminó ahí, y todo comenzó ahí.

La primera lágrima del mundo fue a caer sobre una semilla, semilla que germinó a la salada calidez de aquella gota impregnada de sentimientos. Y una hermosa flor nació, la flor de la tristeza, acunada entre protectoras zarzas y hermosos rosales. El sol la vestía de colores verdosos, el rocío le regalaba collares de perlas y la amamantaba con fresca niebla la mañana, el viento secaba sus delicadas hojas entre suspiros y hálitos, y la vida, la gran señora, mimaba a su pequeña flor, puesto que la tristeza producía en ella una sensación de continua pérdida que nada conseguía llenar. Pero nuestra gran dama tenía muchos más seres de los que preocuparse, había muchas más semillas que germinaban aquí y allá, y su deber era cuidar de que todos aquellos seres surgidos del barro tuvieran un poco de su magia. Por ello decidió dejar a sus hadas al cuidado de aquella pequeña flor.

En aquel tiempo el mundo comenzaba a girar y eran pocas las hadas que, ociosas, no trabajaban revoloteando junto a sus duendes en el forjado de los inmensos cimientos del universo, bien llenando de gas las estrellas bien colgando los planetas del cielo para que el día del comienzo todo estuviera en su sitio, por lo que a la vida le fue difícil encontrar a una guardiana fiel de entre las laboriosas hadas. Finalmente dejó la tristeza, la dulce flor que tanto dolor le producía abandonar, al cuidado de Almalinda y de su duende, Embelesado, ya que la pobre niña tan solo tenía un ala y no era demasiado útil en las inmensas labores que ocupaban al pueblo de las hadas. Aquella era, a mi entender, la mas dulce de cuantas hadas hubieran existido hasta entonces. Tenía los ojos verde aceituna y una sonrisa fácil que brotaba de sus delgados labios y llenaba su enjuto y pálido rostro, tan solo coronado por una nariz graciosamente respingona y unos afilados mofletes. El cabello le caía en cascadas de rizos rojizos hasta cubrir, incluso, el hueco sobre el que debería flotar un ala, un ala robada por un malvado troll… pero eso es otra historia. Sus brazos, delgados y ágiles, terminaban en dos manecillas, casi de reloj, de amables falanges y suave piel. Vestía sus ajarradas formas con tules verdosos, como casi todas las hadas, y llevaba sempiternamente a su cuello una pequeña joya que contenía el aliento de la madreselva. En su cinturón de carrasca colgaba una pequeña hoz de oro con la que podaba las plantas, a las que dedicaba su vida, y sus piernas, mas musculosas de lo habitual, terminaban en dos pies de porcelana que siempre, siempre, estaban condenados a posarse sobre la tierra. Por ello, a nuestra preciosa hada, la llamaban Naturaleza, que en el idioma de las Hadas viene a decir ‘la que camina entre flores’.

Embelesado, en cambio, era un duende mas bien rechoncho, no demasiado alto, algo peludillo y regordete. Perdía su cuerpo en pequeñas ronchas que nunca estaban donde debían, de rostro encarnado en el que tan solo se dejaba adivinar una prominente nariz y dos ojillos juguetones, ya que su boca parecía una pincelada perdida en un lienzo abultado. Entre la mata de pelo castaño que brotaba rebelde en todas direcciones se afilaban sus orejas, capaces de percibir el sonido del tiempo al devorar al futuro. Tenía las manos llenas de dedos… sí, sí, de dedos, montones de ellos que hacía crecer y desaparecer a voluntad para poder tratar con los pistilos y estambres de cuantas flores caían, indefensas, en sus manos, para crear los mas increíbles aromas que nunca nadie ha podido olisquear. Esas mezclas que hoy, tan solo algunas veces, puedo intuir sobre la colina de plumas al recordar los ocasos vividos. Tenía en su jubón siempre guardados un millón de chismes y cotilleos sobre las otras hadas, que hacían reír a Almalinda de un modo estruendoso, y al él le encantaba hacerla reír, era el mejor de todos los pagos que pudiera haber recibido en sus mil años de vida (a él le gustaba decir que tenía mil años, pero era algo mayor, todo el mundo sabe de la coquetería de los duendes…), mas incluso que su pote de oro, lleno a rebosar y muy codiciado por el resto de los duendes, puesto a buen recaudo mas allá del final del arco iris, una puerta a la imaginación recién creada por un duende amigo suyo llamado Destilo, un buen chico, pero algo borrachín… creo que me estoy dejando llevar de nuevo, retornemos a nuestra hermosa flor.

Encuentro torpes las palabras para describiros la tristeza: tenía la belleza de un lirio, el misterio de una orquídea, la sencillez de una amapola y la pasión de una rosa; era amable como una margarita, olorosa como un geranio, a veces indiferente como un gladiolo, otras altiva, como un nardo, pero casi siempre era tranquila y sosegada como una flor de loto. Cuando Almalinda la acariciaba se mostraba tímida, como la flor del almendro, y brotaban en ella, con rubor, pequeñas hojas carmesí que la cubrían por completo mientras sus punzantes espinas se mostraban romas y blandas a la piel de nuestra hermosa hada. A veces se disfrazaba de clavel para jugar con la pequeña, otras se desvestía impúdicamente arrojando sus hojas al suelo para congoja de Almalinda, que la cubría de inmediato con una pequeña capa para que nadie pudiera ver así, tan desnuda, a la tristeza. Y pasaban horas y horas, días y días jugando, hablando, sintiendo. Algunas noches, la amable niña soñaba con ser una flor y poder hacer crecer su tullida ala como si de una hoja de petunia se tratara, y volar hasta las copas de los abetos, posarse sobre ellos y contemplar como el joven sol parpadeaba cada mañana cuando Polvorilla, el hada que estaba encargada de cuidar de la nueva estrella, lo encendía con una chispa de sus ojos. Después planear sobre los bosques y los valles, ayudar a llenar los mares de aguas, coronar de nieve las montañas, de frutas los cultivos, de risas, risas… Almalinda deseaba volver a reír con sus otras hermanas, con Esmeralda, la encargada de los cristales y las rocas, con Cierzana, la amable señora de los vientos, y con tantas otras… Pero su destino no era el de volver a volar y, cada mañana, ella se levantaba un poco mas triste y su flor un poco mas hermosa; y esa belleza hacía que Almalinda se sintiera todavía más pobre, todavía más desgraciada.

Embelesado, el pequeño duendecillo, veía como poco a poco su amiga se disipaba, como perdía el brío que antaño tuvo, ese despertar rutilante que Naturaleza transmitía a sus plantas quedaba ahora casi marchito cada amanecer, y no encontraba modo alguno de ayudarla. Todo a su alrededor era mustio, todo moría con aquella pequeña hada, todo salvo la flor de la tristeza, que cada amanecer brillaba con mayor intensidad, con colores mas dispares, con aromas mas poderosos. Y su tamaño era, brutal, alcanzaba ya a los pequeños abedules con facilidad y pronto los cubriría. Con cada lágrima derramada por Almalinda la tristeza crecía y crecía sin control, y aquel Troll, aquel ser infame que un día devoró su pequeña ala, estaba cada vez mas en su mente, cercano, casi podía sentir su aliento pútrido en su nuca, casi podía, de nuevo, escuchar como, gutural, babeaba su nombre…

En aquel tiempo de tránsito todos los seres se encontraban muy ocupados, todo era importante, cualquier detalle era vital y todo lo que se dejaba a Azar (era un duende al que le encantaba jugar, nos metió en mas de un aprieto… bueno, esta será otra historia) tenía que quedar perfectamente definido. De entre todos aquellos seres había un joven elfo llamado Milmusas, que tenía como importante cometido el coordinar a todos y cada uno de los trabajadores, a todas las hadas, duendes, elfos, enanos, y toda aquella amalgama de magia que se movía de un lado a otro y que debía tener clara su labor. De ello se ocupaba Milmusas. Dirigía con mano de hierro cualquier proyecto que surgiera, cualquier tema, en cualquier momento, por algo podía estar en varios sitios al tiempo. Él era el tiempo.

Un día, cuando Milmusas caminaba para comprobar el cauce de los ríos, pudo ver, a lo lejos, una enorme flor que robaba la luz a un gran jardín de flores mustias. A su alrededor pudo ver como los árboles perdían su color, como sus ramas se abandonaban hacia el suelo, como los arbustos se secaban y las flores se mantenían erguidas a duras penas sobre sus tallos. Entonces recordó a Naturaleza y la buscó. Allí estaba, bajo aquella enorme flor, pálida, asustada, temblaba de frío con la mirada perdida en otro lugar y otro tiempo. Y junto a ella aquel pequeño duende que también lloraba sin poder dejar de mirar a su dama. Su pelo, otrora rojo como el fuego, era ahora casi broncíneo, sus ojos verdes estaban, como todo a su alrededor, secos, y sus manos, abrazadas a su escaso cuerpo. La cogió con cariño y la apartó de allí. La llevó hasta un páramo que todavía no había sido germinado y dejó caer en él una semilla. La semilla creció hasta convertirse en una enorme secuoya al amparo de la cual dejó descansar a Almalinda. Y llamó a aquella secuoya Deldorf, que en el lenguaje de las Hadas quiere decir ‘El Protector’. Después caminó hasta la flor y la taló con un golpe seco de la hoz que la pequeña hada llevaba en su cinturón.

La vida decidió entonces que, para las hadas, la tristeza era demasiado fuerte. Ellas eran pequeños seres alegres que vivían eternamente junto a sus duendes, seres de luz que ante la oscuridad se encontraban desprotegidas, por lo que si una tristeza era capaz de germinar en el corazón de un Hada, esta tan solo viviría hasta derramar la tercera lágrima. No era justo que las hadas estuvieran tristes. La flor de la tristeza es hermosa, dulce, es demasiado bonita para abandonarla, pero los hombres y las mujeres tienen la memoria débil cuando se trata de sentimientos, y el alma inquieta, y son capaces de abandonar a las más hermosas flores. En cambio las hadas son seres eternos con sentimientos eternos y ,una tristeza tan grande, no debe existir jamás en este nuevo mundo creado para la alegría.

Cuando Almalinda despertó de su pesadilla tan solo recordaba retazos: recordaba a un hermoso elfo, recordaba a un Troll que la perseguía, recordaba a una flor hermosa, una flor a la que sabía que no volvería a ver. Miró sobre ella y vio Deldorf, una secuoya protectora, y a su alrededor hizo germinar otras, miles y miles, y creo un santuario de paz para dar cobijo a la alegría, a la belleza. A partir de entonces, cualquiera que se sintiera triste iría allí, se sentaría sobre una piedra, sobre una colina, y su alma se apaciguaría.

De la historia de amor que surgió entre Almalinda y Milmusas hay mucho que decir, pero ya el ocaso se aproxima con ímpetu a mi ventana y debo retirar mi rasgada alma a su cubil antes de que mi propia flor, mi hermosa tristeza devore lo poco que queda de mi ser. Deldorf, el protector. He buscado durante cientos de años aquel mágico lugar pero, al final, después de todo he descubierto que cada uno lleva dentro su propio bosque de secuoyas, cada uno posee su santuario de alegría, pero pocos son los que lo encuentran. Permitid ahora que me abandone en el recuerdo de aromas que no volveré a sentir, en el recuerdo de los primeros días, cuando todo era mucho más hermoso.


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