El guerrero y la nereida

Publicado por garvidal en

Hoy niños, tengo un cuento nuevo que narraros, es una historia que sucedió hace ya muchos, pero que muchos años, pudo ser ayer, entre las noches sin fin del pasado y los amaneceres gloriosos de una época en la que existió un guerrero llamado Afilado.

Era el mas grande de los guerreros, el mas fiero, dotado de una descomunal fuerza y habilidad, pertrechado con las armas mas temibles y los escudos mas sólidos que la historia hubiese conocido. Su espada era, según contaban, como un escuálido dedo de la muerte: tan solo con tocar la piel de su adversario lo dejaba inerme sobre el suelo, pálido, muerto… Algunos decían que Afilado no tenía alma, que era alguien cuyo espíritu había volado al nacer, otros que era hijo de la Parca al que Caronte había amamantado del lobo Fenrir. No tenía piedad, no tenía amigos. Era Afilado, era el guerrero.

Pero la verdadera historia de nuestro amigo tenía otros tintes bastante mas humildes de los que la tradición popular nos haría creer. Había nacido en las estribaciones del bosque mas fantástico que la naturaleza hubiese podido crear, Deldorf “el enorme”, en un poblado de armadores llamado Luxenria. Su madre, Sahora, era la mas bella flor de un hermoso ramillete, formado por sus hermanas, Erethis y Roha, y él era el único varón de la familia desde que su padre los abandonó una noche de otoño, tras la famosa “Batalla de las Máscaras”. Eran todas ellas tejedoras de sueños. Confeccionaban las mas maravillosas telas que el mundo hubiera conocido con los hilos de los títeres pescadores. Cuando las amables marionetas morían sus cuerpos eran depositados en el bosque y allí, en cada pequeña fosa, nacía un hermoso árbol, una secuoya, en cuyas ramas brotaban flores de hilo de la mas pura seda. Con ellos, y en sus telares, confeccionaban telas para soñar, que trasladaban el alma a lugares lejanos. Eran, en verdad, la magia de los sueños. Mientras las mujeres tejían, los hombres talaban los inmensos árboles y, con la madera, construían barcos que viajarían mas allá del horizonte para recolectar maíz y trigo salvaje en las inmensas plantaciones de los mares del sur, impulsados por las velas tejidas de sueños y capitaneados por hermosos mascarones de proa. Eran las más bellas embarcaciones que nunca los tiempos verían. Pero Afilado, que en aquellos tiempos se llamaba Jirón, sabía que su destino no estaba entre los de su gremio.

Jirón había nacido en un verano caluroso, dos meses antes de la ancestral ceremonia de la botadura, y fue acunado desde su primer día entre las más dulces telas que su madre pudo tejerle. Y en ellas, en sueños tan dulces como el aguamiel, viajaba Jirón a lugares lejanos, combatía contra seres inimaginables con armas, dientes, piedras, bebía de los cálices mas exquisitos y devoraba con avidez los manjares mas deliciosos. Y cuanto mas crecía, mas pequeño se hacía para él aquel mundo de maderas y telares, y mas tiempo se abandonaba a soñar con futuros venturosos y batallas épicas. A escondidas, con una espada de madera y un escudo de abollado latón, pasaba las noches repiqueteando en los establos, transformando a las bestias en seres mágicos cuyos poderes imaginaba y, como no, venciéndolos en desigual lid gracias a las artimañas aprendidas de sus, también irreales, maestros de armas. Y entre sueños y fantasías Jirón se transformó en un fornido muchacho más hecho a las armas que a la mar.

Una tarde, mientras Jirón bebía del manantial de Fresas de Deldorf, notó una mirada, como una aguja de telar, que hendía en su nuca chispeando calor. Poco a poco giró la cabeza y allí, sobre una roca, descubrió a Teodora. Era una Nereida, del gremio de las Nereidas Azuladas, hermosa como el amanecer. Cubría sus curvas insinuantes con tules de cyan, trasparentes telas que dibujaban las formas a las que Jirón no podía dejar de mirar, y su cabello caía como una cascada… bueno, de hecho su cabello era una preciosa cascada de agua azulada que enfriaba el calor que Jirón notaba cada vez con mas intensidad y brío. Él sabía que las Nereidas, y mas concretamente las Azuladas, no eran seres en los que había que confiar, ya que tenían la fea costumbre de devorar las almas de sus víctimas, ¡pero él era Jirón! ¡El guerrero de Deldorf! Así que con torpe soltura dirigió una mas bien curiosa reverencia a su bella interlocutora. Ella lo miró, desconfiada ¿quién era aquel niño que no la temía? No era normal, cualquier otro miembro del clan de los tejedores habría salido huyendo nada mas sentir su mirada, pero aquel niño… La curiosidad la recomía. Teodora, pese a ser una Nereida joven, contaba ya con mas de ciento treinta años, y en todo aquel tiempo nunca se había detenido tanto tiempo a mirar a un tejedor. Era fornido, sí, quizá demasiado para la edad que tenía, lo cual estaba bien, tendría un fuerte corazón y un alma sabrosa, dulzona. Aquel irritante joven sería su mas preciado manjar.

Pero Jirón no tenía la mas mínima intención de dejarse devorar, ni tampoco deseaba dejar escapar a su primer contrincante real. Armado tan solo de valor y algo de ingenuidad, con la voz entrecortada mas por la emoción que por el miedo, Jirón se dirigió a Teodora:

– Permitidme que me presente, soy Jirón, guerrero de Deldorf, protector de Luxenria.

– Muy joven para ser un guerrero ¿no crees Jirón? Bien, me gusta tu insolente actitud, pequeño tejedor…

– Os equivocáis señora. ¿Un tejedor? Yo no he nacido para talar árboles, sino para segar vidas. yo no nací para doblegar vigas de madera, sino almas de guerreros. Ante vos, hermosa dama, tenéis al que será el mas fiero guerrero que jamás exista…

El valor y la imprudencia de Jirón sobresaltó a Teodora, que pensó: “dejemos vivir hoy a este pobre niño, mañana lo devoraré”. Al día siguiente todo se produjo del mismo modo, pero con una extraña complicidad, un deseo mutuo por verse, un desafío entre la víctima y el verdugo que daba a ambos alas para enfrentarse en miradas, gestos, en palabras. Cada día, durante años todo fue igual. Jirón visitaba el manantial para hablar con Teodora, contaba historias a su amor secreto sobre su vida en el pueblo, sobre sus entrenamientos a la luz de una pera luminosa, sus sueños, sus deseos, todo cambiaba de labios cada día, de los suyos a los de Teodora, y ella, cautivada por el valor y la fortaleza de aquel precioso joven, se dejaba llevar cada día mas a estar a su lado, cada vez mas horas, cada vez mas noches. Y ella pensaba: “dejemos vivir hoy a este pobre joven, mañana lo devoraré”. Pero el hambre la socavaba. Ella necesitaba devorar almas y no podía destruir a lo que mas amaba.

– Jirón – decía – algún día no podré soportar mas mi apetito y te atacaré. Deberás destruirme, deberás terminar conmigo para que no perezcamos ambos. Yo no podré vivir sin ti, no podré vivir si te destruyo, Jirón. Debes aprender a luchar contra tus sentimientos -y luego pensaba: “dejemos vivir hoy a este fornido muchacho, mañana lo devoraré”.

Pasaron los años. Tan pronto las nieves cubrían con níveo manto las afiladas cumbres que bordeaban Deldorf como las hojas de sus hermosos árboles se reverdecían explosionando en matices menta. Mientras tanto el azul de Teodora perdía brillo, se mostraba pálido, sin vida, y ella, cada noche, mientras pensaba: “dejemos vivir hoy a este hermoso hombre, mañana lo devoraré”, derramaba lágrimas en un manantial de fresas que se agriaban en cada gota a sabiendas de que sería incapaz de resistir un día mas, un día que llagaba sus carnes y hendía con afiladas saetas su alma y su corazón al ver como Jirón se alimentaba de la vida que ella perdía. Perecía de amor, ahíta de pasión, ya incapaz de tan siquiera desplazarse a páramos mas propicios. No alcanzaba ya ni tan siquiera a devorar almas de pequeños seres que circundaban el manantial. Tanto había reducido su cerco que tan solo estaba rodeada de muerte, una muerte que la sobreviviría si ella no hacía nada por remediarlo.

Una de esas tardes Jirón la miró a los azulados ojos y ya no la vio allí. Su pupila se hallaba perdida en otro lugar y en otro tiempo, cuando la poderosa Teodora, la Aurora Azulada como la llamaban sus cazadores, la mas bella de las ninfas, la Nereida, era temida y respetada en todo el bosque. Cuando Milmusas le componía las mas hermosas canciones, cuando los trazadores del bosque pasaban a su lado solo para sentir su roce. Hacía ya siglos de aquello. Tan solo algo la podría atraer hacia la vida, un alma fuerte, joven, sabrosa, y la tenía allí, a mano, pero no podía destrozar lo que tanto había ansiado construir. Jirón la miraba a sabiendas de que su salvación sería su muerte y su muerte su salvación, y el niño que fue, el joven que maduró para convertirse en un fornido guerrero pensó: “dejemos vivir hoy a esta hermosa Nereida, mañana la mataré”, y unió sus labios a los de Teodora notando como la vida se filtraba por ellos, al tiempo que las ahora fuertes manos de la preciosa ninfa lo abrazaban liberándolo de un peso que nunca creía haber llevado sobre sus hombros. Cuando Teodora se percató de lo que estaba haciendo, separó sus labios de los de Jirón, y se arrancó con un grito la pequeña fuente de la que manaba su corazón.

Ella murió allí, sobre el manantial de fresas, y él, bueno, Jirón dejó de existir. Ya no era la misma persona que un día luchaba contra fantásticos enemigos. Había muerto todo lo que hubo en él. Una mirada fría, un gesto austero, y la muerte en sus ojos, una muerte dulce que cada noche, cuando él afilaba su mortal aguijón sobre el pedernal, ensangrentado y molido, pero con el único deseo de recuperar con la muerte de los demás lo que él había perdido, la muerte pensaba: “dejemos vivir hoy a este fiel guerrero, mañana lo besaré”. Y fue Afilado, el mas grande de cuantos guerreros hubo en nuestra tierra, un alma que un día encontró una mirada capaz de calentar su escarchada alma. Pero eso es otra historia y no me queda suficiente luz en esta vela amarilla para narrarla.

Permitidme, niños, que ahora me abandone en el recuerdo, casi oloroso, casi doloroso, de la madera vencida, forjada en barcos, con velas tejidas de sueños, que narran la historia del mayor de los guerreros, la historia del hijo de la muerte, del amante de la parca. Hoy, niños, tan solo deseo, como Afilado, morir para vivir, vivir para morir.


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