Damian

Publicado por garvidal en

La mano temblorosa sobre el puño del bastón era la única cesión que se permitía ante la vejez que lo acosaba. Altivo, orgulloso de lo vivido y en paz, así Damián recorría cada mañana el escaso trayecto entre su casa y el despacho de pan de Brígida, aunque ya no era ella quien lo regentaba. Damián recordaba a aquella mujer, briosa y lozana, que se fue otoñando conforme pasaron años, maridos e hijos, y que finalmente perdió una memoria que, quizá, nunca debió ser recordada. Cuando Marta, su mujer, su faro, le ponía el plato de guiso sobre la mesa, muchas veces le decía: “Hoy Brigi fatal, cojeaba un poco y el ojo amoratado lo tenía. ¡Qué mala vida le está dando Pascual!” y Damián, que nunca levantó tan siquiera la voz a su Marta, solo asentía triste y olvidaba. Luego, a la tarde, en el casino, veía a Pascual en la barra, trasegando anís y orgullo, pero nunca le dijo nada, como todos. Y Marta, algunas noches, al acostarse junto a él y darle aquel beso que Damián tanto añoraba, le contaba: “Hoy Brigi se me ha puesto a llorar cuando me ha visto, de la vergüenza que le ha dado llevar el brazo enyesado. No sé, no sé, al final va a terminar mal esta pobre mujer”, y él se giraba para dormir y olvidaba.

Damián entra al despacho de pan y el intenso olor lo transporta en el tiempo de nuevo, Pascual está propinando una fuerte bofetada a Brígida para apartarla del cajón del dinero, del que toma un puñado de billetes y se marcha pasando por su lado. Lo ve marchar, lo vio marchar, y lo olvidó, pero lo que nunca podrá perderse en su memoria es la mirada de aquella pobre mujer, con el labio sangrando, con las lágrimas derramadas sobre la harina de su rostro, derrotada en el suelo tras el mostrador desordenado en el que panes y dulces parecían querer agolparse para mirarla. “¿Quería algo?” le preguntan desde el presente, y Damián vuelve, avergonzado, pensando que, tal vez, de algún modo, él también fue uno de aquellos panes, inerte, incapaz.

Vuelve Damián a casa. La mano le tiembla más sobre el puño del bastón, lleva un peso sobre sus hombros cargados de recuerdos. En la otra mano una barra de pan de cuarto, pequeña, para él solo. Le sobrará un trozo que mañana tomará con aceite en el desayuno. En el pecho, en ese corazón que ya se ha parado dos veces, lleva el recuerdo de Marta, de su Marta, y también un pesar que duele. Los recuerdos son los únicos naipes con los que Damián juega y pierde, las únicas bazas que ya no puede jugar por ser demasiado tarde.

Categorías: Microrelato

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