Alejandra

Publicado por garvidal en

Si hubiera llegado a saber la cantidad de veces que llamaría a su puerta quizá nunca habría contestado a su llamada. Pero así era Alejandra, una puerta que siempre se abría cuando llamaban, una voz calma al otro lado del teléfono, un remanso de paz en el que muchos descansaban sus tempestades, siempre atenta, siempre escuchando, siempre dispuesta. Era un túnel de un solo sentido, un almacén de las tristezas de los otros y el cojín que guardaba sus almas para que no se hicieran daño al caer. Y nunca, hasta entonces, le había importado. Ella se sabía agua mansa, meandro del río en el que otros lavaban sus trapos sucios, paño de lágrimas y arcana de silencios, pero cuando él llegó todo cambió. Fue como si las ventanas se abrieran para ventilar las mañanas de estío, como una brisa que arrastraba la arena acumulada durante décadas en su orilla, él fue su principio y su final. Alejandra se abrió, como siempre, de par en par a él, dejándole tocar su corazón con sus fuertes manos, pensando que nunca le haría daño. Pero el amor es caprichoso y mezquino y, cuando él sanó sus heridas, se marchó dejando todos los muebles desordenados y la cama vacía de sábanas y caricias. Alejandra buscó entonces a todos aquellos que un día se posaron en sus ramas, y se encontró vacía de otros, desnuda de oídos amables y de miradas dulces, se vio rodeada de incomprensión y prisa y marchitó, como las uvas que quedan olvidadas después de la vendimia. Aun así muchas otras veces, tantas como él llamó de nuevo a su puerta, Alejandra estuvo allí.

Categorías: Microrelato

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