Alicia

Publicado por garvidal en

Al salir del metro se vio arrastrada por el torrente humano que subía, como salmones contra corriente, hacia la salida. Gente que solo mira la espalda de otra gente, que caminan junto a ellos por un instante, ese momento minúsculo en el que son tangentes y que, un segundo después, divergen, quizá para siempre. Todos los rostros eran distintos cada mañana, todos los bostezos estaban en distintas escalas, en distintos tonos. La señora bajita que calzaba zapatillas deportivas con plataforma había bostezado, nada más sentarse en el vagón, en un Sol sostenido clarísimo, al que un coro de Si bemoles había contestado desde distintos ángulos del tren. Luego, un terceto de toses secas, como palmeros, había marcado ritmo junto a la puerta de salida que, al silbido de aviso de la estación, se había cerrado con un soplo potente como un do en un trombón. Ella imaginaba, cada mañana, que aquella orquesta humana que la rodeaba, interpretaban una sinfonía desordenada, la balada del despertar, algo así como la carga de las valkirias somnolientas, y ella era su directora de orquesta, el único elemento contra dirección, aquella que atraía todas las miradas sobre sí para, con su batuta, dirigirlos a todos hacia el estruendoso final, hacia el momento en el que, como una explosión, las puertas se abrían y todo el mundo salía en tropel inundando el andén con caminar apresurado y miradas nerviosas al reloj, como un millón de conejos blancos que, sin duda, llegaban tarde cada mañana y ella, su Alicia, se dejaba arrastrar una y otra vez haciéndose cada mañana más pequeña en un mundo lleno de prisas por llegar a ningún lado.

Categorías: Microrelato

0 comentarios

Deja una respuesta

Marcador de posición del avatar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.