Libertad

Publicado por garvidal en

Tenía la belleza de una ciudad en ruinas, el brillo decadente de Lisboa en su mirada, el caminar pausado de aquel que ya no tiene prisa por llegar a ningún sitio y la voz ronca como el eco de los pozos vacíos. Le gustaba caminar descalza, aunque siempre llevaba, colgadas de sus hombros, dos alpargatas desgastadas que calzaba si el camino era tortuoso. Se bañaba desnuda en cuanto río encontraba, como un rito de purificación necesario que le arrancaba el polvo del camino y el dolor de las costillas maltrechas de aguantar el peso de la soledad sobre ellas. Nunca dormía dos veces en el mismo lugar y, siempre que podía, lo hacía bajo las estrellas como único techo, vestida de noche y limo, cercana al fuego en invierno y frente a la brisa en verano. De todos los lugares que conoció se llevó una sonrisa, que guardaba con celo en su diario, las de los niños, aquellas de las abuelas que contaban historias, las de las madres pacientes, las de los hombres bondadosos, que también los hubo. También tomaba una piedra del camino, piedra que dejaba en el siguiente cruce como una ofrenda a Caronte en vida, para que todas las tierras fueran una. Evitaba los templos, no había encontrado a ningún Dios en su deambular, aunque sí a muchos demonios, y solo rezaba a su madre, a la que nunca dejó de recordar. Si alguien la añoró alguna vez ya la habían olvidado, si alguien la quiso algún día, en algún lugar, la perdió a la salida de la ciudad, justo en la frontera de los bosques y los campos. Algunos decían que ella era el rocío que se posaba sobre las flores de la mañana, pero en realidad no tenía más nombre que Libertad.

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