La Culpa

A Sara le pesaban las mañanas como pesan las penas en el alma, como se lastran las anclas de la culpa al fondo del mar del abandono, se sentía como una goleta de rajadas velas que no podía salir del puerto más oscuro, de la noche eterna de sus penas, regalos de culpas que no eran suyas, pero que se le enganchaban al corazón y no le dejaban respirar ni soñar, a veces ni dormir. Las mañanas para Sara eran, tan solo, el despertar a un mundo que le era extraño, levantarse de un lecho que no la acogía para deslizarse entre las sombras a las que el sol no daba cobijo, incapaz de deshacer el hielo con el que la vida cubría sus caricias olvidadas entre nubes y tempestades de pasados que no le dejaban olvidar ni abandonar. Sara tenía que mirar con cuidado al amanecer para no romper en lágrimas, para soportar el peso de una culpa, culpable de querer vivir, de soñar, de tener en las manos un millón de caricias para regalar, culpable de amar, de respirar henchida de pasión, de tener, de nuevo, deseos que creyó muertos al pie de la escalera, Sara era culpable de querer salir, cada mañana, al mundo con una sonrisa nueva en los labios, con la delicada sensación de un beso en su rostro y un suspiro lejano que le llevara aire fresco hasta sus labios, alcancía de susurros donde dejaba la noche roces amables de otros besos, pero Sara era culpable, de tener sed de vida, de desear amparo en las tardes de tormenta, de mirar de cerca, muy de cerca, y por eso había sido castigada.

                Sara debía llevar en el alma, para siempre, una pena, una piedra mustia recubierta de fango y lodo, que ensuciaba su mirada con arenosas tristezas y sombras, el juicio había sido rápido, sin defensa, sin cargos, solo había culpa, y la culpa era de Sara, así que ella, silenciosa, la acogió en su pecho y comenzó a caminar despacito para no romper en lágrimas, para no romper en penas, pero, las mañanas, le pesaban como las penas en el alma. Guardó en una caja bajo su cama todos sus deseos, envueltos todos ellos con los paños que un día arroparon su alma, dejó tras los cuadros de su cuarto las imágenes de las pasiones que vivió, ocultas de sus ojos, ahora tristes, y dejó en la cocina, el tiempo de nubes y de almendros que habitó en alma compartida con sueños que no tuvo dormida. Sara escondía cada resquicio de esperanza para que su caminar no la llevara a desear, evitando las puertas que daban salida al mundo, paseando entre las fronteras de la tristeza y la pena calma, el dolor y la soledad, y, sobre todo, la culpa, el lastre de su vida que la arrastraba siempre al fondo de noches de insomnio y tardes de lágrimas e impotencias, se sentía incapaz de soportar tanto peso, se decía a si misma que no podría soportar, de nuevo, tanto dolor, dolor ajeno que le regalaban los demonios de sus pasados.

                En un mundo sin paladines, las princesas como Sara se encontraban indefensas ante los juicios sumarios de la culpa.

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