Sonriendo

Verónica camina despacio. Siempre lo hace. Le gusta ver como el suelo pasa bajo sus pies, como si el mundo entero girara bajo ella. A Verónica le gusta pensar que el mundo participa de todos los pasos de la gente que camina sobre él, y que, finalmente, gira empujado por miles de personas que, como ella, caminan despacio. A Verónica le gusta caminar. Le horroriza viajar amontonada en autobuses sudorosos, prefiere poder oler el jazmín que se le presenta en primavera, el azahar que la rodea al pasar por los jardines cargados de naranjos, le gusta caminar despacio para no dañar con su tic tac el ritmo al que el mundo gira bajo sus pies, Verónica no sabe que alguien la observa cada mañana, mientras ella camina despacio atravesando la plaza del Salvador, no siente los ojos de piedra que, día tras día, se cruzan con ella, al caminar, al mover el mundo, despacio, tic, tac, bajo sus tacones, bajo sus pies. Ella no cree que nadie detenga su vida ni un momento para mirarla, se piensa a si misma como un ser transparente de miradas, que camina despacio, cada mañana, hasta llegar a su pequeña herboristería junto a la Catedral. Se piensa invisible, etérea, a veces, incluso, tienen miedo a evaporarse del mundo y que nadie note su ausencia, por eso Verónica camina despacio, para evitar que un tropiezo la transforme en humo y desaparezca sin un recuerdo. Siempre sonríe mientras camina, por si alguien la mirara algún día la viera sonreír, piensa que la gente que sonríe es más hermosa, otros pueden parecer misteriosos, serios, aburridos, pero si sonríes eres hermoso, le gusta la gente que sonríe cuando camina, los que llevan la mirada entre recuerdos, los que sonríen al azar cuando ven algo hermoso, pero, sobre todo, la sonrisa de la gente que camina despacio para mover el mundo bajo sus pies y sonríe. A Verónica le gustan las sonrisas.

A Sergio le gusta escuchar los pasos de la gente por la mañana, cuando caminan cerca de su puesto de Flores, en la plaza del Salvador. Le gusta el ritmo que marcan sobre el empedrado, los diferentes tonos según la suela del calzado, el rebote sobre las plantas de los pies de las chicas que calzan sandalias, el andar sigiloso de los tímidos, y el ruidoso de los necios, el fuerte chirrido de los tacones de aguja que arañan la tierra, y el amable martilleo de los tacones de Verónica. Sergio no sabe como se llama, no se atrevería a preguntárselo ni en un millón de años, de hecho, para él, solo existe mientras, cada mañana, sonriendo, ella atraviesa la plaza del salvador, siempre con el mismo ritmo, caminando despacio, hasta que la pierde de vista más allá de la calle platerías. Él también le sonríe, pero para ella es como si no existiera, como si solo mirase a los que caminan, como si, aquel rostro inserto dentro del puesto de flores no fuera más que una estatua, con la mirada fija sobre ella, una mirada fría, de piedra, que se pierde tras su caminar tranquilo, cada mañana, hasta la calle platería. A Sergio le gusta escuchar los pasos de la gente, cada mañana, hasta que la vida se hace brusca y el ruido del día tapa y oculta los de los pasos, de la gente, que, tranquila, camina sonriendo y moviendo el mundo bajo sus pies.

Esta entrada fue publicada en Microrelato. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.