Ceguera

Un día decidió mirar el mundo desde el otro lado del espejo y se vio tal como era. Hasta ese momento tan sólo había visto su reflejo en contadas ocasiones, o se había mirado desde arriba como el titiritero que maneja una marioneta desvencijada, pero ese día se descubrió a sí mismo. También pudo ver como los demás se sentían al mirarse, y encontró miedos comunes, soledades insospechadas y tristezas perennes en almas que a sus ojos brillaban. Pensó que, desde fuera, siempre vemos lo que la luz dibuja y nuestro ojos modelan, pero somos, en muchos casos, incapaces de esculpir una sintonía que nos permita sentir lo que otros sienten, la empatía sorda y ciega nos arrastra a hacer bocetos imperfectos, imposible jugar la partida con las cartas de otro, sentarse en sus rodillas y decirle “yo también”. Se miró a sí mismo como lo miraban otros y se descubrió imperfecto, que no innecesario, se advirtió melancólico, que no solitario, y vio que, a su pesar, también era ciego a la lucha constante entre la autocompasión y la autoestima. Para dejar de estar ciego habría que verse con los ojos de los demás.

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Lugares Pequeños.

Los lugares pequeños eran sus preferidos. Las buhardillas, los huecos bajo las escaleras, los coches de dos puertas y los ascensores. Se sentía protegida cuando tenía la espalda pegada a una pared y el resto del mundo frente a ella, cuando nada podía rodearla. Dormía boca arriba y se bañaba en lugar de ducharse, nunca bailaba, ni corría, y si tenía que caminar lo hacía cerca de la pared para poder apoyarse en ella en caso de necesidad. Su madre siempre le decía que era como un oso grizzli, rascándose la espalda contra los árboles, su madre debería ver menos la televisión, sobre todo los documentales sobre osos. Nunca se había bañado en el mar, no podría, ni había estado en la playa, los lugares abiertos le estaban vedados, no iba al cine si no podía estar en la última fila de asientos y se sentaba siempre en la parte de atrás de los taxis. Ascensión hacía todo esto y mucho más por qué tenía un agujero enorme, un túnel que le llegaba desde la espalda hasta el pecho y por el que, una vez, hacía ya mucho tiempo, habían intentado arrancarle el corazón, dejando sólo un pedazo dentro, un trozo minúsculo que temía le robaran de nuevo por la espalda.

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Desde el café.

Terminaba a las siete. Recogía con premura sus llaves, su teléfono y sus gafas y se marchaba saludado a los compañeros que, remoloneando para no ser los primeros en marcharse, todavía estaban sentados en sus puestos. Bajaba los tres pisos por la escalera, con el estómago encogido y el corazón acelerado, hasta la salida, donde pasaba su tarjeta identificativa por el escáner y, tras atravesar el torno, llegaba hasta el hall del edificio. Las manadas de lobos se transformaban en corderos para pasar las puertas del umbral hasta la calle, donde comenzaba a atardecer. Alguna ráfaga de viento frío barría las calles de hojas tempranas, y él se resguardaba entre las solapas de su chaqueta pensando que pronto llegaría el invierno y tendría que sacar los abrigos largos de los armarios. Zigzagueando entre la gente llegó hasta el café, y se sentó en la mesa más cercana a la cristalera que pudo encontrar. Tras unos inquietantes minutos al fin la divisó, entre la gente, con aquel andar felino, como si lo hiciese un metro por encima del pavimento, poderosa, hablaba por teléfono y gesticulaba como si la otra persona pudiera ver sus expresiones, sorpresa, enfado, simpatía, enfatizaba los gestos con la mano que tenía libre y en la que llevaba un par de guantes de piel, que se devanaban de un lado para otro al compás inverso de los movimientos de la mano, como un muñeco de trapo arrastrado por un niño. Penetraba entre la multitud como un cuchillo afilado, hasta la entrada de metro que había frente a la cafetería donde se sumergió como un submarino. Cuando desapareció él todavía tenía su imagen en la retina, donde la retuvo unos minutos junto a una sonrisa bobalicona y una mirada soñadora. Pagó su café y salió de nuevo a la calle, silbando, con el gozo de haberla visto una tarde más.

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Su lucha.

Apretó fuertemente el puño pese a tener la mano llena de cristales rotos, lo que provocó un dolor lacerante y un goteo de perlas rojas que repiqueteaban sobre el suelo. Los dientes sellados, la respiración agitada, los ojos entrecerrados y los hombros cargados como escopetas, la vista fija en un punto, las rodillas flexionadas y la respiración agitada. Todo alrededor se iba difuminando dejando tan sólo un punto enfocado,  los opresores, parapetados tras sus escudos de plexiglás, escondidos bajo sus cascos y sus trajes uniformados y blindados. Pero él tenía la razón, y esa razón le daba su fuerza y su furia. Las consignas que le habían sembrado en la cabeza desde pequeño habían germinado gracias a un abono constante de mentiras y falaces desviaciones de la historia, y ahora era un luchador de la libertad convencido y fuertemente motivado, de esa libertad que su pueblo anhelaba para sí mismo, pasara por encima de la libertad de quien pasara, los demás, todos, son opresores. Sus padres eran de otra comunidad, vinieron en los setenta atraídos por el trabajo bien remunerado, gente humilde, emigrante, trabajadora, pero él no era así, él tenía los derechos de sangre de una nación que no existía, de una historia inventada o manipulada en lo concreto, él era el resultado de un trabajo constante por crear luchadores por la libertad, que se partieran la cara, que terminaran en prisión para que otros, los de arriba, los de siempre, pudieran aumentar su porcentaje del simbólico 3% a algo más sabroso y generoso. Los ríos de clones lo arrastraron hasta yacer bajo las porras de sus enemigos, y aunque perdió dientes, quedó magullado y herido, no dejó de pensar ni por un momento con orgullo que aquella era su lucha.

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Pendientes de un hilo.

Se giró cuando notó su presencia. Despuntaba la tarde sobre los tejados de pizarra y el frío llenaba los huecos que el sol dejaba. El aroma a leña quemada empezaba a fluir en volutas por las chimeneas, al tiempo que las luces ambarinas de las farolas pintaba de amarillo las calles y las plazas, que se vaciaban al toque de queda del atardecer, con el ritmo de los cierres que sonaban como avalanchas y el tildar de los carteles de los comercios. Se saludaron con un leve gesto, sin demasiado entusiasmo, con el alma cansada y el cuerpo agotado, y se sentaron uno frente a otro con la mesa como única frontera. Una mirada al camarero bastó para solicitar las bebidas habituales, que humearon prontas frente a ellos mientras abrazaban con sus manos las tazas para recibir su calor. La deriva de la conversación pronto los llevó al silencio, el tiempo pasado había causado una mella irreparable y perdían la vista el uno del otro con gesto pensativo. El hilo delgado que los unía perdía hebra y adelgazaba sin cesar, volviéndose quebradizo a cada paso, hasta que, sin esfuerzo alguno, se partió y ambos volvieron a cruzar miradas sin verse. Tan sólo quedaba la despedida, y así fue.

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Laura y Tinder

Laura buscaba a los hombres igual que compraba bolsos. Siempre valoraba que le quedaran bien, que combinaran con su ropa y fuesen atractivos, al menos para los demás que eran al fin y al cabo los que miraban a la pareja. Su anuncio en Tinder era claro, quería a alguien que sumara (al parecer la mayoría de los hombres tenía serios problemas con la aritmética elemental y encontrar a un hombre que sumara ya tenía su mérito), más alto que ella con tacones (nunca entendí si el hombre tenía que ser más alto que ella llevando tacones o más alto que ella, llevando tacones), sin mochilas emocionales (pero igual con bolso si valía, aunque en lugar de emociones llevaría las llaves, el móvil y las gafas de sol, imagino), que se cuidara por dentro y por fuera (esto venía a ser que tomara bifidus y que fuera al gimnasio aunque se cagara por la pata abajo). Ella se describía como sencilla, amiga de sus amigos, femenina, y que se encontraba en un momento de su vida en el que sabía lo que quería y lo que no quería, así que su match, si lo había, debería cumplir los requisitos anteriormente mencionados y, además, ser lo que quería ella, aunque él no lo supiera. Más de tarde que de noche y, por supuesto, no buscaba sexo, eso podía encontrarlo cuando quisiera y con quien quisiera, Tinder era para otra cosa, algo más elevado, encontrar a tu media naranja digital en una cesta de manzanas con gusanos como vagones de metro.

Para demostrar su sencillez Laura había publicado varias fotos. La primera de ellas en biquini en una playa de Ibiza, que se tomó cuando fue a la despedida de soltera de su amiga Begoña. Muy natural ella, con un contraluz precioso que ocultaba su rostro y tan sólo dejaba ver su silueta de reloj de arena. La segunda haciendo marcha nórdica, aquel día que se había apuntado a una excursión con los compañeros de trabajo y había estado un mes con agujetas, pero aquella foto con aquellas mallas le encantaba. Eso sí, tomada a cierta distancia para que las cuatro arruguitas mal contadas de la cara no se vieran tras las gafas de sol de tamaño ojos de mosca que solía llevar. La tercera era la que más fe daba de la sencillez de Laura, con un vestido muy escotado, zapatos de tacón, pintada como una puerta en un photocall con marcas tipo Gucci que había puesto cuando abrieron el centro comercial de su ciudad. Luego había más fotos, con sus amigas, indistinguibles todas, menos con Charo, que era demasiado mona y procuraba no salir en fotos con ella.

Con esos mimbres Laura tenía del orden de los cinco match diarios sin esfuerzo, de los que al menos dos abandonaba nada más tenerlos sin dar más explicación, y de los otros tres siempre daba un par de días al más guapo para que le escribiera, eso sí, algo original y romántico, no el típico hola que haces. Luego entablaba una larga conversación con él, a que gimnasio vas, donde te compras la ropa, y al final, si todo parecía ir bien, quedaban a tomar una copa para ver si las fotos coincidían con la realidad.

Cuando Laura salía con algún chico siempre procuraba que alguna de sus amigas los viera juntos. Al día siguiente le preguntaba, ¿qué opinas?, ¿qué tal me queda?. Nunca entendió por qué ninguno repetía cita, tampoco le importaba, tenía una larga lista de bolsos y chicos que probarse todavía.

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45 años no cumplidos

Hoy habría cumplido 45 años. Justo a las doce y un minuto le habría dicho felicidades, chiqui, y ella, con estrellas en los ojos, apretando los dientes y con una sonrisa nerviosa me habría abrazado y me habría preguntado ¿qué me vas a regalar?, mañana lo verás, ¿ni una pista?. Le habría costado dormirse, pero habría caído agotada finalmente. Al despertar, de nuevo, la habría felicitado con un beso, y como hoy sería viernes, habríamos ido a trabajar. La habría visto salir a desayunar con sus compañeras, seguro que hoy tomaría pincho de tortilla como hacía todos los viernes, e invitaría a sus amigas al desayuno. A las tres tendría que esperarla en la puerta, como cada día, la tomaría de la mano y la felicitaría de nuevo, felicidades, chiqui, y ella sonreiría otra vez como sólo ella sabía sonreír. Habríamos comido fuera, un día es un día, quien sabe donde, y después ella habría ido a su clase de costura, donde sus más que compañeras amigas la habrían agasajado de besos y abrazos por doquier. Al volver a casa su familia habría venido a felicitarla. Sus sobrinas, las dos estrellas de su cielo, le harían reír hasta la lágrima, y su hermana y su cuñado le contarían mil historias del trabajo, de las niñas, del día a día que nos arrebata el tiempo. Luego cenaríamos, y allí reparto de regalos. Le habría comprado un par de libros, eso no faltaba, algo para su pasión, la costura, y probablemente algún viaje como regalo para los dos. Quizá algún capricho de esos que ella no se permitía, algo que alguna vez había mirado con ojos de deseo, o aquel vestido que no se atrevía a comprar. Ella habría abierto, con ayuda de las pequeñas, los paquetes nerviosa, se habría sorprendido y, como siempre, me habría dicho te has pasado. Nunca era suficiente, nada podría haberle regalado que compensara lo que ella me daba a mí. Este es el cuarto cumpleaños en el que nada puedo regalarle que no sea recordarla y seguir queriéndola como el primer día. Tres años y dieciocho días después de que su luz se apagara una triste, la más triste, noche de septiembre ella sigue siendo mi mejor regalo.

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Sobre el banco.

En la bocana del puerto tan sólo había un banco. En verano era imposible encontrarlo vacío, pero una vez que los turistas abandonaban el pueblo aquel banco volvía a ser propiedad nuestra. Sentarte a mirar el mar, ese mar que nunca es igual, transmitía sosiego y solicitaba silencio. Si alguna vez hablábamos lo hacíamos bajito, como si el susurro del agua que lamía el rompeolas reclamara atención, pero las más de las veces tan sólo nos sentábamos el uno junto al otro, tomados de la mano, y mirábamos el mar infinito para nosotros. Los restaurantes, ahora a media asta, seguían llenando de aromas deliciosos toda la calle, el estómago rugía impertinente al aroma de las planchas repletas de pescado y marisco, y el bullir de los calderos repletos de pescado de roca nos alimentaba a traición mientras seguíamos absortos en la contemplación del Mediterráneo, como antes lo hicieran civilizaciones enteras atraídas y aterradas por el poderoso reino de Neptuno. Como perros de Pavlov no pudimos contener la saliva, y nos levantamos perezosos implorando a nuestra voluntad llegar hasta casa a comer. Caímos en la primera trampa que encontramos, una mesa vacía y un solícito camarero que nos ofreció, sin mediar más que una sonrisa, un almuerzo frente al mar. El banco continuó vacío un rato más, como si esperase a sus próximas víctimas.

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Otoño.

El otoño nos pilló desprevenidos. Tuvimos que recolectar colores ocres, mangas largas y mantas para el sofá. Sin esperarlo nos vimos como las demás hojas arrojados al suelo y, arrastrados por el viento, llegamos a casa justo a tiempo para besarnos. Las tardes se nos fueron apagando, nos cambiaron una hora y salimos perdiendo, los zapatos crecieron y se nos hicieron botas, ya no había pies, tan solo fuimos, de nuevo, piratas con patas de palo. La cebolla nos rodeó de capas, cada día una más, hasta ser seres de lana, de cortavientos y polares. Los pies fríos de madrugada se colaron en nuestra cama y los abrazos volvieron a ser largos, ven a dormir conmigo, las noches comienzan a ser frías, y fui. Las terrazas se escondieron dentro de los bares, tan sólo los fumadores perpetuos pagaban el peaje. En los escaparates ya era invierno, pero nosotros seguíamos persiguiendo a los castañeros por las calles. Y cuando estábamos en estas, llegó el invierno, y nos pilló desprevenidos.

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Gachas

Corrían tiempos de nubes y de almendros. Alfredo Viento se resguardaba en su viejo gabán mientras caminaba distraído entre las interminables viñas, de las que todavía colgaba algún racimo astuto que había evitado la vendimia, dejándose acariciar por las pámpanas de las cepas despojadas. El suelo, reseco, llenaba de polvo sus botas y se dejaba querer por un sol de otoño que sabía a miel y romero. Tan sólo el ruido de los pájaros rebuscando frutos olvidados y el crujir de los pasos de Alfredo rompían la calma. Un olor familiar le llegó desde una caseta cercana, y un chisporroteo nervioso dio fe de que comenzaban a cocinar, los ajos, la panceta, el pimentón jugaban ya sobre el aceite caliente. Ya saltaba la bota de mano en mano, ya los perros se acercaban a la lumbre a rescatar algún pedazo de carne huérfana, y la conversación se animaba pese al frío relente de la mañana. Palpó su bolsillo para verificar que aquél bulto era su navaja, y se dio la vuelta dirigiéndose hacia el bullicio mientras decía “¡a ver esas gachas!”.

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