Imagínate

Imagínate,
imagínate a la orilla de la playa
caminando,
imagínate en un cine,
en un teatro,
en un concierto,
imagínate durmiendo bajo las estrellas,
en la barra de un bar,
sueña despierto
con navegar en un barco,
con gritar en un desierto.
Imagínate de la mano,
de la boca,
de los besos,
imagínate vivo,
imagínate lleno.
Imagínate caminando el sendero
que te lleva
a la vida sin paredes
el despertar sin techo,
imagina un abrazo,
una mejilla que roza,
unos ojos que se cierran,
el respirar de otro aliento.
Imagínate un mundo
un mundo abierto
sin fronteras
sin enfermos.
Ahora imagina
que tuvimos todo eso
y piensa
piensa
piensa
si merecieron la pena
los desvelos
las tristezas
las derrotas
y los miedos.
Imagínate
imagínate libre
libre del miedo
respirar sin mascarillas
tocar sin guantes
sentir el viento,
imagínate luego
pero no olvides.

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Caminar sin piel

El pasado es el vacío que enamora a la nostalgia, el eco de gritos que no dimos, la envoltura de un corazón que dejó de latir. Y en ese pasado habitan fantasmas que se repiten una y otra vez en los silencios que pintan la soledad, vientos que arañan cuerpos que caminan sin piel. El caer una y otra vez en las mismas pozas de brea te ennegrece el alma y ciega los ojos con los que te miras, ahoga las voces que te amarraban a puerto y, de nuevo a la deriva, hasta el mar de los sargazos. Y se quiebran los palos, derrotando las velas, perdiendo ancla y al amparo de la corriente te dejas de nuevo llevar hacia el ocaso que no cesa, hacia la noche que no acoge. No hay verdad que quite el frío ni sueños que acaricien al despertar a media noche acompañado de vacíos.

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A few days.

Algunos días es tan sólo un eco lejano, tal que un rumor quedo y ya amortiguado por el tiempo que endulza suavemente las largas tardes de primavera. En cambio otros es un atronador y doloroso recuerdo que se filtra por cada rendija y tapona los respiraderos del alma, ahogando las esperanzas, los deseos y empañando cualquier futuro. Cuanto más presente el pasado menos deseos de futuro, como el dolor imaginario de un miembro amputado así es el dolor por el amor perdido, por la persona que marchitó en primavera, por el recuerdo de días felices que no volverán. Y la vida se transforma en caminar sobre mares de barro, en tempestades con las velas rotas, en sembrar sobre tierra yerma, en sal sobre las heridas, se convierte en un deambular apagado por las horas de un reloj sin agujas de la mano del recuerdo que no cesa y que embiste con tristeza una y otra vez cualquier esperanza de volver a la senda que abandoné cayendo por el terraplén. Una gota llena un vaso, una lágrima un mar, un recuerdo una vida, y las sombras de lo que fue oscurecen los días que caen como hojas en otoño, marchitando. Es tan dulce el sabor de la melancolía que el amargo recuerdo de la pérdida se amortigua y se pierde.

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Petra

La niña no volvió a su casa hasta bien entrada la noche. La familia, desesperada, la había buscado por todos los sitios imaginables, pensando que, aquellos que habían asesinado a su padre un año y cuatro meses antes del nacimiento de la pequeña, habían vuelto a tomarse venganza en aquel angelical ser. Cuando entró por la puerta encontró a su madre y a sus cinco hermanos sumidos en la tristeza y con lágrimas irreductibles en sus miradas, y tras un primer grito de júbilo, todos se abalanzaron sobre ella con gesto serio y enfadado para pedir explicaciones. La pequeña, con sus cinco años a cuestas, veinte parecían de lo que había tenido que vivir en tan poca vida, con su lengua de trapo y mirada asustada les contó. Venía de casa del tío “pompa”, que hacía “tabique” con la casa del párroco. La niña se había percatado que el tío pompa, con pocos dientes y menos fuerzas, tan sólo comía las migas de los panes que su mujer cocía,  y que el resto, las partes duras y la corteza, las dejaba aparte, probablemente para dar de comer a las gallinas. Petra, que entre muchas otras necesidades no cataba pan más que los domingos después de misa, se sentaba al lado del tío Pompa, y mientras que lo veía cenar sisaba en lo posible los trozos de pan que este descartaba, y los iba royendo de camino a casa con una felicidad tan plena que a veces caminaba hasta con los ojos cerrados. Aquella noche todos sus hermanos soñaron con aquel pan, pero tan sólo ella durmió con una sonrisa en el rostro.

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Alguien

Hay alguien que me dice calla, no mires, no hables. Es una voz que me insiste, que me frena, ¿pero dónde vas tú con lo que eres?, un ancla, un lastre, una puerta. Alguien vive en mí que no quiere dejarme vivir, que me obliga a bajar la mirada, que me silencia en incómodos momentos y me avergüenza, no te hagas el gracioso, no te hagas el listo, son unas manos que van mondándote la piel para que hasta las miradas te hagan daño, es alguien que me habla con mi voz y me silencia, me humilla, me desprecia. No nació conmigo, lo sé, y a veces duerme. Se creó en los desprecios y las mofas, los insultos y las risas, en los errores y las condenas, y fue creciendo sobre mis hombros hasta hacerse una carga que juega a taparme los ojos. Si me miro me desdibuja, si me escucho me inventa, si me quiero me odia, si me entiendo me confunde, es la sombra que proyecto sobre mis bondades, el abismo en él que habitan mentiras que creí ciertas y que lo hacen más fuerte. Algunas veces, pocas, lo amordazo y la niebla se disipa, pero es temible su furia cuando vuelve, cuando despierta. Habita en mi mirada y galopa en mis sueños trocándolos en pesadillas y es tan yo como yo mismo. Al final del día, agotado, se sienta a mi lado en el sofá y me maldice; luego se queda dormido.

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Aitziber

Llevaba un cascabel prendido de una de las cremalleras de ese extraño híbrido entre bolso y mochila que portaba, y lo hacía sonar al caminar mientras se balanceaba de un lado a otro. Pese a que el frío era intenso y que tenía la punta de la nariz algo enrojecida ella no parecía notarlo. Calzaba botas de media caña, de esas que dejan ver un poco de lana, o borreguillo como le decíamos en casa, en la parte de arriba, unas mallas gruesas y un abrigo verde, casi una parka de tres cuartos. Las manos enguantadas quedaron a la vista, unas manos pequeñas y delicadas, cuando me entregó el dinero que quería ingresar en la cuenta del ayuntamiento para pagar el gimnasio. Lo primero que me llamó la atención fue su hablar, pausado, con un fuerte acento del norte, casi me recordaba a Luz Casal en la cadencia de su habla, el aro del piercing de la aleta de la nariz, que tanto me llama la atención en algunas mujeres, y sus ojos oscuros. Le pregunté a nombre de quien debía hacer el ingreso y me deletreó un nombre que me era tan extraño como su acento, Aitziber. Mientras tecleaba los datos en el terminal me moría de ganas de preguntarle de donde era ese extraño nombre, que ahora se es el nombre de la ermita de Nuestra Señora situada en el bosque de Sarabe, en Urdiain, Navarra, pero una timidez absurda me impidió preguntárselo, más que nada ante la seriedad que transmitía. Le entregué el justificante, el dinero que sobraba y se marchó haciendo sonar de nuevo su cascabel hasta perderse por la puerta que da a la plaza. Cuando se fue me quedé pensando en cuantas vidas no seré más que un borrón y cuantos otros no lo serán en la mía, pero al menos algo de Aitziber se me quedó prendado, por un momento, el sonido de su cascabel.

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Motín

Cuando la razón tomó las riendas el miedo escapó por la ventana. La esperanza observó tímidamente, pero la cautela era más fuerte y, junto a la desconfianza, empezaron a alimentar a la duda hasta que, de tanto crecer, se creyó certeza y se pensó bastante para luchar. En la liza entró también la pena, que se había ocultado tras el dolor todo este tiempo y que siempre había sido enemiga acérrima de la razón y la esperanza, armada con medias verdades despertó a la culpa, y la culpa, que no se atiene a razones, derribó las murallas de la calma aniquilando a la confianza y plantando la semilla de la tristeza que germinó de inmediato floreciendo en dudas y temores. Las espinas se clavaron en la razón hasta exterminarla y de nuevo el miedo entró por la puerta principal, agradeciendo a su espía, la fragilidad, que hubiera permitido su retorno. Y así, de nuevo, el miedo tomó el timón.

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Sarao

Dado el cariz que estaba tomando aquella conversación decidió alejarse de puntillas del grupo caminando hacia atrás, con las manos como un Tiranosaurio, un ligero silbido en los labios y los ojos mirando al techo. Quizá en otras circunstancias le habría funcionado, pero en una conversación a dos aquella estrategia falló estrepitosamente. ¿Dónde te crees que vas?, ¿al baño?, la cara de reproche y enfado le dio pistas sobre la validez de la respuesta, así que, arrinconado y sin escapatoria intentó una nueva táctica, sonrió, ladeo ligeramente la cabeza y encogió lo hombros en señal de pregunta afirmativa… ¿no?, vale, piensa un chiste, piensa un chiste, ¿qué le dice…?, ¡cómo se te ocurra contarme un chiste hago las maletas y no me ves más en la vida, Fernando!. Se quedó inmóvil, con la boca a medio abrir, y ante la perspectiva aciaga de perder a su Puri bajó los brazos, tiró la toalla, literalmente encima de la cama pues acababa de ducharse, y puso cara de resignación. Nena, ¡nada de nena que te conozco!, Maripuri mujer, ahora no te me pongas ñoño Fernando que nos conocemos, cielo si tú sabes que eres lo más importante para mí, que te quiero más que a un cocido montañés, que me chupo los dedos después de acariciarte de lo rica que me estás, Fernando no me líes, que no me duermo si no te abrazo, cosita, ya ya pero no cambies de conversación ¿viene o no viene tu madre a casa a pasar la navidad?. De repente estaban de nuevo al principio.

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Frio

Todavía no era temprano cuando volvía a casa, aunque el frío de una helada inminente le hacía apretar el paso. Conforme se alejaba del centro cada vez las calles se encontraban más desiertas hasta llegar un punto que se sentía el único ser vivo, al menos despierto, de aquella ciudad que dormitaba plácidamente. El vaho de su respiración empañaba sus gafas creando estrellas en las luces de las farolas amarillentas, las orejas comenzaban casi a doler y pese a que llevaba las manos enguantadas tenía los dedos adormilados, y las ganas de llegar a casa se hacían fuertes por momentos en su mente, algo algodonada por el alcohol. Un eco le sorprendió, un taconeo rápido e incesante que procedía unos pasos por delante de él, entonces se percató de la presencia de una chica que, arrebujada como podía en su corto abrigo también caminaba en su misma dirección. Como tenía por costumbre cruzó la calle para no asustarla, justo cuando ella también cruzaba, así que detuvo sus pasos y volvió sobre ellos. Ella, quizá pensando que la seguía, hizo lo mismo, de modo que ambos se detuvieron de nuevo en medio de la calle sin saber qué hacer. Él pensó esperar a que ella tomara una dirección para ir en dirección contraria, pero parece que ella también había tomado esa decisión, así que los dos continuaban parados en el centro de la calle sin saber qué hacer. Un poco a la desesperada decidió hablar con ella, aunque intuía que echaría a correr en cualquier momento, perdona, ¿por qué?, no quería asustarte y he querido cambiar de acera pero lo he hecho justo al mismo tiempo que tú, no sé si creerte, me da la impresión de que lo has hecho justo después que yo para seguirme, voy a gritar si te acercas un paso más, sería lógico, pero tranquila, dime en qué dirección vas para yo tomar otra, claro, y así puedes seguirme, llevas razón, lo haremos al contrario, yo voy por esta calle recto hasta el parque del ángel que es la zona donde vivo, así que voy a seguir caminando por la parte izquierda hasta allí, vale, yo iré por la parte derecha. Desconfiaba, era normal, desgraciadamente era normal, en la sociedad teóricamente avanzada en la que nos pensamos, una chica no puede ir sola por la calle sin tener miedo de ser atacada y los hombres, con presunción de culpabilidad, seguimos teniendo monstruos dentro que sólo se aplacan con educación y cultura, con sensibilidad y empatía, con respeto e igualdad, así que continuó su camino andando un poco más despacio que ella para que la distancia aumentara y el miedo disminuyera en lo posible.

Ensimismado como iba todavía pensando en el último requiebro de la noche, en el último baile, en la última copa no se percató de que ella se había detenido y temblaba en la otra acera, perdona, se dirigió a él, ¿por qué?, mira, esto te va a parecer muy raro, pero estoy helada de frío, me duelen los pies y tengo una urgentísima necesidad de ir al baño, sé que es muy raro, y que antes casi te acuso de perseguirme, pero dices que vives aquí cerca, ¿podría subir un momento a tu casa para entrar al baño y entrar en calor un minutito?, no sé si vives con más gente, no sé, pero es que estoy helada, créeme que yo misma sé que esto es un disparate, pero pareces buena gente, no sé, y yo tengo un frío que me llega a los huesos y mi casa está algo lejos… vale, nada, tranquila, vamos, es aquí mismo.

Continuaron andando, ahora juntos pero separados, sin hablar demasiado. Se fijó en ella, vestía un abrigo corto debajo del cual se adivinaba un vestido por encima de la rodilla y unas medias oscuras. Calzaba unos zapatos de salón que no por bonitos serían cómodos y caminaba abrazada a sí misma intentando entrar en calor, algo que la gélida noche impedía. Llegaron al portal, él abrió la puerta y ella dudó unos segundos. Vivo sólo, me llamo Julián, si quieres te dejo mi DNI, le haces una foto y se la envías a alguna amiga, no sé, por tu seguridad, no creas que yo dejo tampoco que todo el mundo suba a casa, algo de miedo también das, no hace falta, he sido yo la que te he pedido venir, pero espero no te montes ninguna película ni pienses lo que no es, sólo necesito entrar al baño y que se me quite un poco este frío, de acuerdo, está claro, tranquila. Subieron, en el ascensor ella ya parecía más calmada, quizá el frío comenzaba a remitir, llegaron al piso y abrió la puerta, el baño está al fondo, el taconeo se convirtió en una carrera desesperada, dejando abrigo y bolso en el camino, te los cuelgo en la percha de la entrada, le dijo a través de la puerta, y se dirigió él al baño que tenía en su habitación. Al salir ella estaba sentada en el sofá, todavía algo temblorosa, no te he oído salir, ya, es que me he quitado los zapatos, me estaban matando, ¿te importa si me siento un momento aquí?, no, que va, en absoluto, ¿Quieres algo caliente, un vaso de leche, una infusión?, un vaso de leche estaría bien. Calentó en el microondas un poco de leche, le puso una servilleta al lado del vaso y este sobre una bandeja y lo llevó al salón. Ella se había quedado dormida en el sofá, hecha un ovillo. Con cuidado cogió una mata y se la puso por encima, apagó la luz y se fue a la cama, él también estaba cansado y todavía tenía frío.

Cuando despertó ella ya no estaba, no faltaba nada, todo parecía estar bien, salvo la sensación extraña de que, quizá, aquello sólo había sido un sueño.

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Jueves

Venía con ganas de hablar, se notaba. Aquel hombrecillo, ya entrado en años y con el habla algo repetitiva, se explicaba constantemente. Me compré unos pantalones en el mercadillo y, claro, lo que tienen no probárselos, me vienen pequeños. Es que he engordado un poco, con las fiestas, ya se sabe. Para los sobrinos, y para los padres de los sobrinos, que el dinero sí que lo quieren, pero a uno…, claro, yo soltero, que se le va a hacer. Dame la paga, que creo yo tenga bastante con eso. Se atropellaba al hablar, nervioso, con esa absurda distancia que da un mostrador de banco a la gente de determinada edad, disculpándose por todo, explicando lo que no tiene por qué, pero con la amabilidad de la gente de bien con vidas menudas que han sobrevivido a todo y ahora subsisten entre soledades en aldeas en las que hay más gente en los cementerios que en las calles. Se marchó como entró, atropelladamente, es que nos traen en el camión del ayuntamiento y sólo tenemos una hora para hacer los mandaos, y entre comprar, la farmacia y el banco se va el tiempo en un plis, rezongaba mientras se dirigía hacia la puerta. Probablemente los jueves son los únicos días en los que sale de su aldea, los únicos días en los que ve a gente distinta a la del resto de su semana, una semana llena de domingos en la que el único día de fiesta es una hora del jueves.

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