Sobre el banco.

En la bocana del puerto tan sólo había un banco. En verano era imposible encontrarlo vacío, pero una vez que los turistas abandonaban el pueblo aquel banco volvía a ser propiedad nuestra. Sentarte a mirar el mar, ese mar que nunca es igual, transmitía sosiego y solicitaba silencio. Si alguna vez hablábamos lo hacíamos bajito, como si el susurro del agua que lamía el rompeolas reclamara atención, pero las más de las veces tan sólo nos sentábamos el uno junto al otro, tomados de la mano, y mirábamos el mar infinito para nosotros. Los restaurantes, ahora a media asta, seguían llenando de aromas deliciosos toda la calle, el estómago rugía impertinente al aroma de las planchas repletas de pescado y marisco, y el bullir de los calderos repletos de pescado de roca nos alimentaba a traición mientras seguíamos absortos en la contemplación del Mediterráneo, como antes lo hicieran civilizaciones enteras atraídas y aterradas por el poderoso reino de Neptuno. Como perros de Pavlov no pudimos contener la saliva, y nos levantamos perezosos implorando a nuestra voluntad llegar hasta casa a comer. Caímos en la primera trampa que encontramos, una mesa vacía y un solícito camarero que nos ofreció, sin mediar más que una sonrisa, un almuerzo frente al mar. El banco continuó vacío un rato más, como si esperase a sus próximas víctimas.

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Otoño.

El otoño nos pilló desprevenidos. Tuvimos que recolectar colores ocres, mangas largas y mantas para el sofá. Sin esperarlo nos vimos como las demás hojas arrojados al suelo y, arrastrados por el viento, llegamos a casa justo a tiempo para besarnos. Las tardes se nos fueron apagando, nos cambiaron una hora y salimos perdiendo, los zapatos crecieron y se nos hicieron botas, ya no había pies, tan solo fuimos, de nuevo, piratas con patas de palo. La cebolla nos rodeó de capas, cada día una más, hasta ser seres de lana, de cortavientos y polares. Los pies fríos de madrugada se colaron en nuestra cama y los abrazos volvieron a ser largos, ven a dormir conmigo, las noches comienzan a ser frías, y fui. Las terrazas se escondieron dentro de los bares, tan sólo los fumadores perpetuos pagaban el peaje. En los escaparates ya era invierno, pero nosotros seguíamos persiguiendo a los castañeros por las calles. Y cuando estábamos en estas, llegó el invierno, y nos pilló desprevenidos.

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Gachas

Corrían tiempos de nubes y de almendros. Alfredo Viento se resguardaba en su viejo gabán mientras caminaba distraído entre las interminables viñas, de las que todavía colgaba algún racimo astuto que había evitado la vendimia, dejándose acariciar por las pámpanas de las cepas despojadas. El suelo, reseco, llenaba de polvo sus botas y se dejaba querer por un sol de otoño que sabía a miel y romero. Tan sólo el ruido de los pájaros rebuscando frutos olvidados y el crujir de los pasos de Alfredo rompían la calma. Un olor familiar le llegó desde una caseta cercana, y un chisporroteo nervioso dio fe de que comenzaban a cocinar, los ajos, la panceta, el pimentón jugaban ya sobre el aceite caliente. Ya saltaba la bota de mano en mano, ya los perros se acercaban a la lumbre a rescatar algún pedazo de carne huérfana, y la conversación se animaba pese al frío relente de la mañana. Palpó su bolsillo para verificar que aquél bulto era su navaja, y se dio la vuelta dirigiéndose hacia el bullicio mientras decía “¡a ver esas gachas!”.

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Batallas

El bar estaba relativamente abarrotado, la gente justa para que hubiera ambiente festivo pero sin agobios. La música sonaba a un volumen coherente, no era aquel uno de aquellos sitios en los que todos bailan y cantan a gritos, era un local de reunión y copas, un sitio para hablar, beber o, simplemente, escuchar buena música sin estridencias. Al fondo de la barra, como muchas tardes, yo, junto a la ventana, mirando distraído la tele en la que un partido de baloncesto silenciado me entretenía, otras veces viendo pasar riachuelos de gente por la calle que, ateridos de frío buscaban un local donde refugiarse. Una copa de balón recién recargada con ginebra y tónica como toda compañía, el frío que entraba por la venta despejándome del calor del local, y alguna mirada furtiva al móvil mientras tomaba la decisión de seguir esperando o marcharme a casa. Mis amigos todavía tardarían un rato, se habían marchado a cenar y eran de sobremesa relajada, así que tenía tiempo de espera.

Cuando giro mi mirada para observar al resto de parroquianos, muchos de ellos habituales y de sobra conocidos a los que saludo con una sonrisa y un breve gesto con la cabeza, descubro una mirada que se cruza con la mía. Casual, sin duda. Aunque la mantenemos, un instante, y nos sonreímos. Luego bajamos armas y yo continúo mirando a nadie hasta que vuelvo a mi rincón. Era una sonrisa dulce, sin duda, una mirada amable y curiosa, directa y limpia, sin juicios. Está con otra gente, en la barra. Charlan animadas, elegantes pero discretas. Cuento, al menos, tres o cuatro buitres sobrevolándolas, de mejor plumaje que el mío, que todo hay que decirlo, y, como poco, tres pechos de palomo que las cortejan con su indiferencia. Y yo me vuelvo de plomo, sólidas mis rodillas, impugnables mis razones. La primera, está con sus amigas, ir a hablar con ella sería molestar. La segunda, estoy muy abajo en la pirámide trófica, aquello del pez grande. La tercera, ¿quién me dice a mí que no tienen pareja, marido, esposa o angelito que la guarde? ¿Con qué derecho voy yo a acercarme a rondarla si quien la ronde no le falta?. La cuarta y el resto ya son herencias de antiguos flagelos que me conducen, derrotado por mi propia cobardía, hasta la puerta.

En casa me recibe soledad, como siempre, distante, fría y vacía. Me siento en el sofá, enciendo la tele para que me anestesie y acompañe y decido olvidar que, una vez más, he perdido una batalla que no he luchado.

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Despedidas

Bernardo siempre pensó que las despedidas deberían ser como esos tristes pañuelos agitados en estaciones de tren, al ritmo acelerado de una locomotora de vapor que chirría para arrastrar vagones y pasajeros, mientras estos últimos miran pesarosos con los brazos apoyados en las ventanillas a las personas que dejan atrás. Algún beso de última hora dado de puntillas, una mano enguantada que no quiere soltarse, los corazones encogidos y los pasos, cada vez más rápidos, acompañando al que se marcha hasta que el tren se acelera demasiado y uno se queda en el andén con la mirada clavada en el infinito y la lágrima contenida.

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Expectativas

Nada más entrar en la tienda comenzó a agobiarse. El pánico le impelía a cruzar de nuevo la puerta andando despacio hacia atrás como si nunca hubiera entrado. Ya lo tenía decidido cuando, frente a él, de repente, apareció un trajeado vendedor de sonrisa radiante y, tomándolo de la mano lo saludó sin dejar de hablar arrastrándolo hacia dentro de la tienda como si fuera un agujero negro.

  • Buenos días, don….
  • Luis.
  • … Luis, bienvenido, venga, estaremos más cómodos en mi despacho, sin duda a los buenos clientes hay que tratarlos como se merecen. – Lo sentó en una mesa al lado de otro montón de mesas exactamente iguales en las que un montón de vendedores vestidos con el mismo traje sonreían exactamente igual a clientes tan desubicados como él. – Dígame señor Felipe…
  • … Luis …
  • … Luis, claro, Don Luis ¿qué deseaba?.
  • Pues…. – temblaba ligeramente – … yo… quería, venía… bueno, yo buscaba, bueno, quería generar unas expectativas – lo soltó – unas buenas y grandes expectativas. Quiero generar expectativas, eso es.
  • Claaaaro, ha venido al sitio perfecto, está usted donde debería estar – no dejaba de sonreír – tenemos todo tipo de expectativas, para todos los modelos, de todas las alturas, seguro que podemos encontrar las que usted busca. Digamos que usted quiere unas expectativas…
  • Altas, quiero generar unas altas expectativas.
  • … altas, obviamente, no lo había dudado ni por un momento, alguien como usted generará altas expectativas casi sin coste, tranquilo…, vamos, comencemos por el principio… – tecleaba en su ordenador, lo miraba, volvía a teclear, volvía a mirarlo, comenzaba a hablar ehhh, pero volvía a teclear inmediatamente, así un buen rato, un incómodo buen rato – … bien, altas expectativas, tenemos muy altas expectativas, vamos a hacer un pequeño test, ya sabe, la Unión Europea nos obliga a hacer un pequeño test llamado Efid para ver si el cliente entiende el contrato de compra de expectativas y si aquellas se adaptan a su perfil, pero vamos, puede estar tranquilo, las que usted realmente quiera comprar estarán a su alcance… vamos a ver, don Juan…
  • … Luis…
  • … Luis, claro, don Luis, vamos a comenzar, ¿nivel de estudios?, ni pregunto, universitarios superiores, está claro al verlo, menudo porte…
  • … bueno, tengo fp de administrativo…
  • … perfecto, siempre se lo digo a mis hijos, vamos, si tuviera hijos les diría, nada mejor que FP, yo mismo si no hubiera hecho el máster de coaching empresarial en la federación de empresarios provincial habría estudiado FP…, sigamos, aficiones…
  • Bailo claqué…
  • ¡Bailarín, caramba, eso es increíble, genial, menudo nivel!…
  • … bueno, bailarín igual es mucho, una vez fuia a una clase y… no sé…
  • … conocimientos rítmicos básicos, no hay problema… más cosas, ¿mascotas?…
  • … tengo un pez …
  • ¡Acuario, acuario en casa, genial!, ¿de cuantos litros, peces tropicales?…
  • Bueno, no, no sé, es una pecera de esas de bola, y el pez es un pez, me toco en una tómbola, es un buen pez, no da problemas, sólo flota…
  • Genial, te gustan los animales, muy bien, esto está quedando muy bien, sigamos, ¿viajes?.
  • Voy mucho en autobús, es cómodo.
  • Perfecto, que bien está quedando esto… le encanta viajar por carretera en grupo, es usted muy social. Bien, la parte de idiomas la obviamos, ¿quién no habla inglés y francés hoy en día?, -masculló- mejor ni pregunto… vale, lo imprimo… -la pequeña lexmark se puso a escupir hojas como loca- bien, aquí está el resultado, obviamente no hay ningún problema, genial. Y ahora dígame, ¿qué expectativas quiere?.
  • Altas, quiero generar unas altas expectativas.
  • Vale… -el tono del vendedor cambió- bien, por la normativa que le he dicho antes, don Ramón…
  • Luis.
  • … Luis, don Luis, como le decía, esa normativa me obliga a decirle que, es posible, vamos, pasa raramente, no se preocupe, pero es posible queeeee -alargaba la frase- quizá, si usted genera altas expectativas igual no puede cumplirlas. -De repente todo se quedó en silencio, los demás vendedores lo miraban callados, los demás clientes afirmaban con la cabeza.- Pero vamos, no pasa, a veces, igual algún caso, no es normal… yo le aconsejaría que se decidiese usted por unas expectativas más humildes…
  • ¿Por?, no sé, yo creo que puedo generar unas altas expectativas…
  • obviamente, obviamente, ni lo dude, pero verá, una de las características de las expectativas es que no tienen fallos, ninguno, y claro, tenemos el efecto Cyrano, es un efecto terrible que, por nada del mundo querría que fuera su caso, firme aquí para que nos exonere de responsabilidades en este caso… eso es, aqui, línea de puntos… efecto Cyrano…
  • No le entiendo.
  • Le explico, usted genera las altas expectativas, ¿bien?, obviamente la otra persona se siente halagada, abrumada, cada una de las búsquedas de la otra persona se encuentran en usted, bueno, en usted no, en ese usted que generan las perfectas y altas expectativas que ha comprado, y eso va haciendo que se ilusione, que cree una imagen de usted y le dote de unas características. A ese personaje lo llamamos Cyrano, no me pregunte por qué, no me lo dijeron en el curso del fin de semana que me otorgó mi curso de coaching empresarial de la federación de empresarios provincial…
  • ¿No será por el libro?.
  • ¿Libro?, no sé, esperaré a la película. Bueno, pues eso, ese es Cyrano, sus altas expectativas se convierten en ese personaje. Pero luego llega la realidad, ahí no hay filtros, nosotros ya no podemos hacer nada por usted en ese momento, está usted, su usted real, allí, frente a la otra persona, pero la otra persona no lo espera a usted, espera a Cyrano, y entonces es cuando todo se estropea… si usted no es capaz de cumplir con las expectativas generadas, obviamente, cosa que no es posible, salta a la vista…
  • Ya.
  • Bueno, le repito, ¿qué tipo de expectativas quiere usted generar?.
  • Vale -Luis reflexionó- verá, yo podría generar unas expectativas medias, quizá bajas, ¿no?, eso evitaría el efecto ese que usted me dice, pero, ¿realmente con unas expectativas de ese nivel cree que alguien se fijaría en mí en el mundo virtual?, no, claro que no…
  • Pero sería usted, y sería sincero…
  • … ya, pero nadie estaría dispuesto a aceptar a alguien que genera tan poca expectativa…
  • No se preocupe, ya le he dicho que no había ningún problema, simplemente escriba aquí de su puño y letra que entiende que su perfil no es apto para generar altas expectativas, y ya está. Si usted está dispuesto a pagar el precio de ese nivel por nosotros no hay ningún problema.
  • Genial.
  • Pues hecho -le dio un apretón de manos- déjeme su tarjeta de ética, y vamos realizando el pago…
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Marta vive en los espejos

Se quedó con la piel de cartón cuando, al despertar, descubrió que estaba solo de nuevo. Recordaba con precisión cada detalle de Marta, cada surco de su rostro, cada matiz de su sonrisa, podía olerla en la funda de la almohada y saborear todavía sus labios en su rostro, pero, de nuevo, como cada mañana, Marta se había marchado con el amanecer, dejando su abrazo vacío como el despertar de una siesta. Se levantó, su desnudez le molestaba como el sol de la mañana, y se dirigió a la ducha para asegurarse de que estaba despierto, evitando mirar al espejo del baño, evitando cruzarse con su mirada, con esa mirada que, cada mañana, le preguntaba por Marta. El agua tibia le dio la bienvenida como un beso cálido, y se terminó de despertar girando de un golpe el mando del grifo para que un torrente de frío le hiciera casi gritar, como gritó su alma a la soledad del amanecer, como gritaba su corazón sobre los reflejos que le interrogaban con miradas desde atrás en los espejos.

Se vistió deprisa, no le importaba la hora, pero tenía que salir cuanto antes de casa donde todavía flotaba aquel perfume que lo enloquecía cuando lo saboreaba sobre el cuello de su amante, todavía quedaban los restos de los abrazos sobre las sábanas y él necesitaba alejarse cuanto antes de la desazón que le causaba el abandono, la extraña soledad de las frías mañanas que tanto le dolía tras noches de fuego grabadas de entrecortados hálitos y susurrantes saludos, tenía que alejarse de Marta, aunque sabía que le sería imposible, porque Marta vive en los espejos.

La encontró en una sombra en el espejo del ascensor, como cada mañana intentó no mirarla, ignorarla, y revisó solo su propia mirada, aun así estaba seguro de que ella lo observaba. No giraría la cabeza para buscarla, sabía que no estaba allí, como cada vez que se le dibujaba sobre los escaparates, en los cristales de los vehículos, en el retrovisor de su coche, ella solo estaba allí, sobre la imagen del espejo, sobre cada sombra, escondida, agazapada, pero lo suficientemente nítida para que Luis la descubriera. Se reflejaba en los rostros de las mujeres que vivían en contra dirección en la calle, en las miradas de las cajeras del supermercado, en las manos de las delicadas floristas que venían ramos de rosas en la plaza del Salvador, en las sonrisas de las camareras de aquel café que se cargaba de aromas de desayuno cada mañana, mientras ojeaba el periódico evitando los retazos de Marta en las fotografías, en los anuncios de moda, en las firmas de los artículos.

Luis se dejó llevar, como cada día, hacia la rutina, hasta que la tarde devoró los recuerdos y ablandó las conciencias, y regresó a su casa, cansado, tras su trabajo, y comenzó a ceder a los espejos, a las miradas que Marta le lanzaba desde los reflejos. La vio a su lado en el coche, sobre el retrovisor, ella sonreía, la encontró en los cristales del portal de casa, esperándolo, y llenándolo de esperanza, y luego se abrazó a él desde el espejo del ascensor, aunque iba solo, como cada tarde. Llegó a casa y ella ya estaba en el espejo del baño, sonriéndole, cenó solo, no quería dejarse llevar, pero no pudo evitar apresurarse, desvestirse y meterse en su cama para dormir. Cuando apagó la luz, todo quedó a oscuras. El espejo de la cómoda quedó negro, no había luz que reflejar y los espejos quedaban mudos. Entonces Marta salía de cualquier de ellos, el de la entrada todavía con el abrigo, el del baño, recien duchada, o el de la habitación, desnuda, se metía en la cama con Luis, sin hablar, tan solo mirándolo con ojos dulces y amables, y se abrazaban, y se amaban, hasta que, la primera luz de la mañana llenaba de nuevo los espejos, y con un último beso se despedía de Luis para marcharse de nuevo.

Luis se quedó con la piel de cartón cuando, al despertar, descubrió que estaba solo de nuevo, añoraba a Marta, pero sabía que volvería, que esa noche, cuando la luz se apagara, Marta regresaría, porque Marta vivía en los espejos.

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Ceguera

Es posible que aquella tarde también muriera un poco. Es probable que desde que uno nace no deje de morir, y que la vida se consuma en despedidas y se alimente con los besos. Cada despedida es morir. Un poco. Aunque algunas despedidas matan más que otras, algunas despedidas te siguen restando vida tiempo después, como si de ese invierno que nace nunca llegara la primavera, como si se enquistase entre el corazón y los pulmones y se fuera alimentando poco a poco de los besos que ya no están, los que nunca se darán, los besos que se perdieron. Quizá aquella tarde todos morimos un poco, algo murió entre nosotros, se cayeron los lazos, se ensuciaron las vendas, se infestaron las heridas que nos hicimos, y el olvido que no llega, y la muerte que no cesa, se desandaron los caminos, y los que tenían un dónde volvieron, y los que tenían un quién siguieron alimentándose de besos para paliar las despedidas, y los que tuvieron ceguera dejaron de ver, se ocuparon los huecos, se llenaron los vacíos, se ocultó el polvo bajo la alfombra y se comenzó de nuevo. Pero la deriva es terca y los latidos lentos, la vida enfangada se obstina en llenar los pies de barro y ocultar los puentes tendidos. Es posible que, aquella tarde, ella muriera un poco, y que haya continuado muriendo cada tarde, como un eco, que se extingue y que los demás no escuchan, como si hubiera quedado grabado su reflejo en el mármol del tiempo, desdibujándose un poco cada día de tanto acariciarlo de tristezas, convertido el recuerdo en arena que se escapa entre los dedos y termina llevando el viento, sisando su olor y su sabor, apagando el tono de su voz, puliendo inexorable el fantasma de su presencia. Es posible.

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Tardes de invierno

 El frío parecía pesarle tanto como las cadenas que ataban su alma a su pasado, eslabones que se hundían en sus recuerdos para sacar a la luz brillos de tristezas que creía oscurecidas por el sol del nuevo amanecer que se le presentaba como preludio de una primavera cercana y esquiva. Ese frío que brillaba sobre el pavimento, como una sonrisa irónica del invierno, se le presentaba siempre entre sus pasos, al caminar pausado que lo dirigía al ocaso de sus miradas, perdidas entre sus piernas, entre las brozas y los sarmientos que brotaban y morían bajo las suelas de sus zapatos, desgastados de caminar sin destino, rozados en las esquinas áridas contra las que se golpeaban una y otra vez, al caminar contra el viento, contra el invierno, sobre el terrazo infranqueable de las mañanas deshilachadas de soledades. Los colores pastel de las primaveras se le hacían recuerdos lejanos, entre los mates contornos de semanas que le semblaban pobladas de martes, y un blues lo esperaba entre los bostezos de las tardes, preñadas de tempranos atardeceres y almidonadas como la piel anciana de una momia.

El sesgo de un ladrido lo sacó de su ensueño, y las nubes que lo observaban miraron para otro lado temerosas de ser descubiertas por su mirada inquisidora. La luna, que ya se dejaba acunar por la malva luz de la tarde, se mecía en su piscina de estrellas, juguetona, ignorante, y lanzaba tempranos avisos de que la noche, oscura y fría, estaba por venir de nuevo. Se arrebujó en su gabán roído de inviernos, buscando cobijo, alentando sus manos marcadas por los años y las prisas. Buscó en sus bolsillos un hueco para esconderse y subió los hombros para proteger su cuello, desguarnecido e indefenso del ataque de aquel viento gélido que acuchillaba su atardecer. Comenzaron a arder las ventanas de los edificios, a perderse las gentes entre las aceras, y él continuó su deambular solitario, contando con el eco de sus pisadas como única compañía, y con su sombra como refugio de su mirada. Comenzó a morir el día, a licuarse la luz de las vidrieras y a florecer en las farolas un amarillento lacrimal, presto a verter su llanto sobre el asfalto.

Los olores que bajaban de las cocinas, se posaban sobre sus hombros, mezcla de aromas que enloquecían sus deseos, los perfumes sórdidos de la calle, de los cuerpos que se escondían en las sombras para subastarse al mejor postor, los sabores evaporados, el sonido de las vajillas al ser sacadas de su letargo, le hicieron recordar que, de nuevo, al amanecer, desearía contar sus sueños y no tendría a nadie con quien hacerlo. Así que buscó unas monedas en el fondo de su esperanza y las lanzó hacia la ya reinante luna para dejar en manos del destino su decisión. Cara. Siempre salía cara. Guardó los retazos de cordura, deshilachados como los dedos de sus guantes, y se consoló. Volvería a casa. Pronto.

Se dejó engullir por la niebla.

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Tango

El quebrado llanto de una acordeón voceaba un tango en la plaza del salvador, fluyendo desde un callejón adormecido que daba franco paso a la plaza del Teatro, lleno de historias amargas, como la voz misma rasgada en tango de aquella mañana calurosa de Junio, blanca como las velas de un bergantín recién fletado, calurosa como una tarde de siesta, tranquila como los ojos de un niño adormilado. Los pasos de Antonio se perdían entre las bandadas de palomas que manchaban de blanco el suelo de la plaza, con pinceladas en blanco y negro que refulgían al sol inmisericorde, restregando los ojos de los madrugadores como un despertador silencioso. Las sombras que se movían a su alrededor eran, tan solo, espectros vespertinos que redimían sus culpas al flagelo de la mañana, vestidos de linos y sedas, evitando la luz abrasadora de las mañanas de los miércoles. El puesto de flores que se erigía en el centro de la plaza se marchitaba al paso de los viandantes, escondidos los borbotones de jazmines entre las rosas ensangrentadas de intenso rojo y los tulipanes que miraban, siempre por encima del hombro, al resto de las plantas entre las sombras. Algunas mujeres, más sombrías que el resto, rogaban una limosna entregando al aire sus súplicas y mostrando fotografías que les eran tan extrañas como a Antonio, que seguía su deambular entre las afiladas cumbres de su pensamiento, perdido en una plaza, tanto como en su mente, como en su alma, varado su pesar en el puerto lejano de recuerdos que, hoy, lo deslumbraban más que el sol de la mañana.

Sentía arder su tiempo, consumiéndose como la mecha de un cartucho mojado, destino frío al que caminaba somnoliento entre las brumas de su propia mirada, entre las sombras austeras y miserables que poblaban su mañana, sudoroso, entre el almíbar de unos besos que añoraba y recordaba ya lejanos, entre la bamboleante sensación de estar perdido entre el tiempo y el espacio, buscando restos de los abrazos que recibía antaño, regalados por ojos dulces que lo miraban cerca, muy cerca, entrecerradas sonrisas que recordaba pegadas a sus labios y manos acariciando su espalda en búsqueda de los tesoros cadenciosos de la noche. Pero la luz lo cegaba en al mañana, la soledad que lo perseguía acogida en su propia sombra, le susurraba los recuerdos de noches cercanas, para que su mente, de por sí recatada en la mañana, volara como una bruma de vapor de sueños.

Al fondo de la calle, la verdad cruel de un cristal, le devolvió su imagen, como lacerante reflejo de un desconocido, intentó verse en ese cuerpo en soledad, pero le faltaba la parte de su alma que había dejado dormida sobre una cama de plumas allá, lejos, en otra ciudad, en otro tiempo, y estaba tan partido, tan vacío sin aquel otro cuerpo, que se miraba sin reconocerse en el reflejo impertinente del cristal. Detenido el tiempo de verano, cálidos los silencios, frenó su caminar cansado frente a la imagen imperceptible de su soledad, cruzó unas palabras con la mañana, y se giró, nada calmaría su sed que no fueran los besos de su dama lejana, y la sed era tanta como los pasos que lo llevarían a ella. Todo perdió sentido, y todo lo recuperó cuando la decisión tomada desde el corazón se hizo fuerte, y se dirigió, en un susurro, hacia los abrazos cómplices que lo esperaban más allá de la llanura.

La mañana continuó, plácida, jugando con las sombras de los abedules en la plaza del Salvador, siempre con el murmullo de una ciudad que despierta, siempre en verano.

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