Ceguera

Es posible que aquella tarde también muriera un poco. Es probable que desde que uno nace no deje de morir, y que la vida se consuma en despedidas y se alimente con los besos. Cada despedida es morir. Un poco. Aunque algunas despedidas matan más que otras, algunas despedidas te siguen restando vida tiempo después, como si de ese invierno que nace nunca llegara la primavera, como si se enquistase entre el corazón y los pulmones y se fuera alimentando poco a poco de los besos que ya no están, los que nunca se darán, los besos que se perdieron. Quizá aquella tarde todos morimos un poco, algo murió entre nosotros, se cayeron los lazos, se ensuciaron las vendas, se infestaron las heridas que nos hicimos, y el olvido que no llega, y la muerte que no cesa, se desandaron los caminos, y los que tenían un dónde volvieron, y los que tenían un quién siguieron alimentándose de besos para paliar las despedidas, y los que tuvieron ceguera dejaron de ver, se ocuparon los huecos, se llenaron los vacíos, se ocultó el polvo bajo la alfombra y se comenzó de nuevo. Pero la deriva es terca y los latidos lentos, la vida enfangada se obstina en llenar los pies de barro y ocultar los puentes tendidos. Es posible que, aquella tarde, ella muriera un poco, y que haya continuado muriendo cada tarde, como un eco, que se extingue y que los demás no escuchan, como si hubiera quedado grabado su reflejo en el mármol del tiempo, desdibujándose un poco cada día de tanto acariciarlo de tristezas, convertido el recuerdo en arena que se escapa entre los dedos y termina llevando el viento, sisando su olor y su sabor, apagando el tono de su voz, puliendo inexorable el fantasma de su presencia. Es posible.

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Tardes de invierno

 El frío parecía pesarle tanto como las cadenas que ataban su alma a su pasado, eslabones que se hundían en sus recuerdos para sacar a la luz brillos de tristezas que creía oscurecidas por el sol del nuevo amanecer que se le presentaba como preludio de una primavera cercana y esquiva. Ese frío que brillaba sobre el pavimento, como una sonrisa irónica del invierno, se le presentaba siempre entre sus pasos, al caminar pausado que lo dirigía al ocaso de sus miradas, perdidas entre sus piernas, entre las brozas y los sarmientos que brotaban y morían bajo las suelas de sus zapatos, desgastados de caminar sin destino, rozados en las esquinas áridas contra las que se golpeaban una y otra vez, al caminar contra el viento, contra el invierno, sobre el terrazo infranqueable de las mañanas deshilachadas de soledades. Los colores pastel de las primaveras se le hacían recuerdos lejanos, entre los mates contornos de semanas que le semblaban pobladas de martes, y un blues lo esperaba entre los bostezos de las tardes, preñadas de tempranos atardeceres y almidonadas como la piel anciana de una momia.

El sesgo de un ladrido lo sacó de su ensueño, y las nubes que lo observaban miraron para otro lado temerosas de ser descubiertas por su mirada inquisidora. La luna, que ya se dejaba acunar por la malva luz de la tarde, se mecía en su piscina de estrellas, juguetona, ignorante, y lanzaba tempranos avisos de que la noche, oscura y fría, estaba por venir de nuevo. Se arrebujó en su gabán roído de inviernos, buscando cobijo, alentando sus manos marcadas por los años y las prisas. Buscó en sus bolsillos un hueco para esconderse y subió los hombros para proteger su cuello, desguarnecido e indefenso del ataque de aquel viento gélido que acuchillaba su atardecer. Comenzaron a arder las ventanas de los edificios, a perderse las gentes entre las aceras, y él continuó su deambular solitario, contando con el eco de sus pisadas como única compañía, y con su sombra como refugio de su mirada. Comenzó a morir el día, a licuarse la luz de las vidrieras y a florecer en las farolas un amarillento lacrimal, presto a verter su llanto sobre el asfalto.

Los olores que bajaban de las cocinas, se posaban sobre sus hombros, mezcla de aromas que enloquecían sus deseos, los perfumes sórdidos de la calle, de los cuerpos que se escondían en las sombras para subastarse al mejor postor, los sabores evaporados, el sonido de las vajillas al ser sacadas de su letargo, le hicieron recordar que, de nuevo, al amanecer, desearía contar sus sueños y no tendría a nadie con quien hacerlo. Así que buscó unas monedas en el fondo de su esperanza y las lanzó hacia la ya reinante luna para dejar en manos del destino su decisión. Cara. Siempre salía cara. Guardó los retazos de cordura, deshilachados como los dedos de sus guantes, y se consoló. Volvería a casa. Pronto.

Se dejó engullir por la niebla.

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Tango

El quebrado llanto de una acordeón voceaba un tango en la plaza del salvador, fluyendo desde un callejón adormecido que daba franco paso a la plaza del Teatro, lleno de historias amargas, como la voz misma rasgada en tango de aquella mañana calurosa de Junio, blanca como las velas de un bergantín recién fletado, calurosa como una tarde de siesta, tranquila como los ojos de un niño adormilado. Los pasos de Antonio se perdían entre las bandadas de palomas que manchaban de blanco el suelo de la plaza, con pinceladas en blanco y negro que refulgían al sol inmisericorde, restregando los ojos de los madrugadores como un despertador silencioso. Las sombras que se movían a su alrededor eran, tan solo, espectros vespertinos que redimían sus culpas al flagelo de la mañana, vestidos de linos y sedas, evitando la luz abrasadora de las mañanas de los miércoles. El puesto de flores que se erigía en el centro de la plaza se marchitaba al paso de los viandantes, escondidos los borbotones de jazmines entre las rosas ensangrentadas de intenso rojo y los tulipanes que miraban, siempre por encima del hombro, al resto de las plantas entre las sombras. Algunas mujeres, más sombrías que el resto, rogaban una limosna entregando al aire sus súplicas y mostrando fotografías que les eran tan extrañas como a Antonio, que seguía su deambular entre las afiladas cumbres de su pensamiento, perdido en una plaza, tanto como en su mente, como en su alma, varado su pesar en el puerto lejano de recuerdos que, hoy, lo deslumbraban más que el sol de la mañana.

Sentía arder su tiempo, consumiéndose como la mecha de un cartucho mojado, destino frío al que caminaba somnoliento entre las brumas de su propia mirada, entre las sombras austeras y miserables que poblaban su mañana, sudoroso, entre el almíbar de unos besos que añoraba y recordaba ya lejanos, entre la bamboleante sensación de estar perdido entre el tiempo y el espacio, buscando restos de los abrazos que recibía antaño, regalados por ojos dulces que lo miraban cerca, muy cerca, entrecerradas sonrisas que recordaba pegadas a sus labios y manos acariciando su espalda en búsqueda de los tesoros cadenciosos de la noche. Pero la luz lo cegaba en al mañana, la soledad que lo perseguía acogida en su propia sombra, le susurraba los recuerdos de noches cercanas, para que su mente, de por sí recatada en la mañana, volara como una bruma de vapor de sueños.

Al fondo de la calle, la verdad cruel de un cristal, le devolvió su imagen, como lacerante reflejo de un desconocido, intentó verse en ese cuerpo en soledad, pero le faltaba la parte de su alma que había dejado dormida sobre una cama de plumas allá, lejos, en otra ciudad, en otro tiempo, y estaba tan partido, tan vacío sin aquel otro cuerpo, que se miraba sin reconocerse en el reflejo impertinente del cristal. Detenido el tiempo de verano, cálidos los silencios, frenó su caminar cansado frente a la imagen imperceptible de su soledad, cruzó unas palabras con la mañana, y se giró, nada calmaría su sed que no fueran los besos de su dama lejana, y la sed era tanta como los pasos que lo llevarían a ella. Todo perdió sentido, y todo lo recuperó cuando la decisión tomada desde el corazón se hizo fuerte, y se dirigió, en un susurro, hacia los abrazos cómplices que lo esperaban más allá de la llanura.

La mañana continuó, plácida, jugando con las sombras de los abedules en la plaza del Salvador, siempre con el murmullo de una ciudad que despierta, siempre en verano.

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Sonriendo

Verónica camina despacio. Siempre lo hace. Le gusta ver como el suelo pasa bajo sus pies, como si el mundo entero girara bajo ella. A Verónica le gusta pensar que el mundo participa de todos los pasos de la gente que camina sobre él, y que, finalmente, gira empujado por miles de personas que, como ella, caminan despacio. A Verónica le gusta caminar. Le horroriza viajar amontonada en autobuses sudorosos, prefiere poder oler el jazmín que se le presenta en primavera, el azahar que la rodea al pasar por los jardines cargados de naranjos, le gusta caminar despacio para no dañar con su tic tac el ritmo al que el mundo gira bajo sus pies, Verónica no sabe que alguien la observa cada mañana, mientras ella camina despacio atravesando la plaza del Salvador, no siente los ojos de piedra que, día tras día, se cruzan con ella, al caminar, al mover el mundo, despacio, tic, tac, bajo sus tacones, bajo sus pies. Ella no cree que nadie detenga su vida ni un momento para mirarla, se piensa a si misma como un ser transparente de miradas, que camina despacio, cada mañana, hasta llegar a su pequeña herboristería junto a la Catedral. Se piensa invisible, etérea, a veces, incluso, tienen miedo a evaporarse del mundo y que nadie note su ausencia, por eso Verónica camina despacio, para evitar que un tropiezo la transforme en humo y desaparezca sin un recuerdo. Siempre sonríe mientras camina, por si alguien la mirara algún día la viera sonreír, piensa que la gente que sonríe es más hermosa, otros pueden parecer misteriosos, serios, aburridos, pero si sonríes eres hermoso, le gusta la gente que sonríe cuando camina, los que llevan la mirada entre recuerdos, los que sonríen al azar cuando ven algo hermoso, pero, sobre todo, la sonrisa de la gente que camina despacio para mover el mundo bajo sus pies y sonríe. A Verónica le gustan las sonrisas.

A Sergio le gusta escuchar los pasos de la gente por la mañana, cuando caminan cerca de su puesto de Flores, en la plaza del Salvador. Le gusta el ritmo que marcan sobre el empedrado, los diferentes tonos según la suela del calzado, el rebote sobre las plantas de los pies de las chicas que calzan sandalias, el andar sigiloso de los tímidos, y el ruidoso de los necios, el fuerte chirrido de los tacones de aguja que arañan la tierra, y el amable martilleo de los tacones de Verónica. Sergio no sabe como se llama, no se atrevería a preguntárselo ni en un millón de años, de hecho, para él, solo existe mientras, cada mañana, sonriendo, ella atraviesa la plaza del salvador, siempre con el mismo ritmo, caminando despacio, hasta que la pierde de vista más allá de la calle platerías. Él también le sonríe, pero para ella es como si no existiera, como si solo mirase a los que caminan, como si, aquel rostro inserto dentro del puesto de flores no fuera más que una estatua, con la mirada fija sobre ella, una mirada fría, de piedra, que se pierde tras su caminar tranquilo, cada mañana, hasta la calle platería. A Sergio le gusta escuchar los pasos de la gente, cada mañana, hasta que la vida se hace brusca y el ruido del día tapa y oculta los de los pasos, de la gente, que, tranquila, camina sonriendo y moviendo el mundo bajo sus pies.

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La Culpa

A Sara le pesaban las mañanas como pesan las penas en el alma, como se lastran las anclas de la culpa al fondo del mar del abandono, se sentía como una goleta de rajadas velas que no podía salir del puerto más oscuro, de la noche eterna de sus penas, regalos de culpas que no eran suyas, pero que se le enganchaban al corazón y no le dejaban respirar ni soñar, a veces ni dormir. Las mañanas para Sara eran, tan solo, el despertar a un mundo que le era extraño, levantarse de un lecho que no la acogía para deslizarse entre las sombras a las que el sol no daba cobijo, incapaz de deshacer el hielo con el que la vida cubría sus caricias olvidadas entre nubes y tempestades de pasados que no le dejaban olvidar ni abandonar. Sara tenía que mirar con cuidado al amanecer para no romper en lágrimas, para soportar el peso de una culpa, culpable de querer vivir, de soñar, de tener en las manos un millón de caricias para regalar, culpable de amar, de respirar henchida de pasión, de tener, de nuevo, deseos que creyó muertos al pie de la escalera, Sara era culpable de querer salir, cada mañana, al mundo con una sonrisa nueva en los labios, con la delicada sensación de un beso en su rostro y un suspiro lejano que le llevara aire fresco hasta sus labios, alcancía de susurros donde dejaba la noche roces amables de otros besos, pero Sara era culpable, de tener sed de vida, de desear amparo en las tardes de tormenta, de mirar de cerca, muy de cerca, y por eso había sido castigada.

Sara debía llevar en el alma, para siempre, una pena, una piedra mustia recubierta de fango y lodo, que ensuciaba su mirada con arenosas tristezas y sombras, el juicio había sido rápido, sin defensa, sin cargos, solo había culpa, y la culpa era de Sara, así que ella, silenciosa, la acogió en su pecho y comenzó a caminar despacito para no romper en lágrimas, para no romper en penas, pero, las mañanas, le pesaban como las penas en el alma. Guardó en una caja bajo su cama todos sus deseos, envueltos todos ellos con los paños que un día arroparon su alma, dejó tras los cuadros de su cuarto las imágenes de las pasiones que vivió, ocultas de sus ojos, ahora tristes, y dejó en la cocina, el tiempo de nubes y de almendros que habitó en alma compartida con sueños que no tuvo dormida. Sara escondía cada resquicio de esperanza para que su caminar no la llevara a desear, evitando las puertas que daban salida al mundo, paseando entre las fronteras de la tristeza y la pena calma, el dolor y la soledad, y, sobre todo, la culpa, el lastre de su vida que la arrastraba siempre al fondo de noches de insomnio y tardes de lágrimas e impotencias, se sentía incapaz de soportar tanto peso, se decía a si misma que no podría soportar, de nuevo, tanto dolor, dolor ajeno que le regalaban los demonios de sus pasados.

En un mundo sin paladines, las princesas como Sara se encontraban indefensas ante los juicios sumarios de la culpa.

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Lo que sé de sus besos
es que son cómo fresas
cómo bayas silvestres
cómo trozos de queso
son pequeños tesoros
son los brotes del huerto
son las gotas de lluvia
golpeando en el techo
son la siesta en verano
son mi almohada en su pecho.
Lo que sé de sus besos
es que son como trampas
en caminos estrechos
son puñales y lanzas
son herida y consuelo,
son la rima y la danza
son la canción y el verso.
Lo que sé de sus besos
es que ya no son míos
son del tiempo
del río
son recuerdos
son lentos
son pasado
son eco.

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Universo.

Un universo entero en su mirada
y yo, asomado a sus pupilas
con el alma de puntillas
y la sonrisa empapada
de sus besos
solo me veo en su reflejo.
Abrochado a sus pestañas,
recorriendo sus aromas
cercado por sus susurros
me dejo llevar y me encuentro
con el mar
con la tarde
y con recuerdos me miento.
Ha de llegar la mañana
y agazapado en su pecho
abro los ojos, cobarde
de no hallarla,
del invierno,
de que septiembre no acabe
de que se acaben sus besos.

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La pasión tumultuosa
dejó paso
al amor calmo,
buenos días,
buenos días,
y el olor a mañana
bajo las mantas de sábado
mirándonos de muy cerca
miopes, abrazados,
perezosos del tiempo que no pasa
y se acelera.
Nuestras almas
dobladas en los cajones
en la boca el sabor del otro
el sudor dulce y amargo
respirándonos, a besos
tocándonos, labio a labio.
Levántate, Lázaro
nos espera el café,
de la mano.
Y otra vez nos desayunamos.

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Despierto,
aterrado por el silencio,
que estalla como la mañana,
despacio.
Náufrago en las sábanas,
huérfano de espacios
compartidos.
El almíbar del ayer
empalagoso y espeso
me trae recuerdos dulces
que duelen,
que hieren,
trocando el despertar
en pesadilla.
Pero despierto.
Y su ausencia estalla
como la mañana
despacio.
Recojo mis pedazos
junto a mis calcetines,
cansados
de pasos que no avanzan
de brazos que no abrazan.
Y el silencio,
cómplice, traidor, burlón,
me susurra su falta,
una mano que no toca
una boca
que no besa, una manta
incapaz de calentar
un alma.
Pero despierto.

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Nos hacemos una recreativa IV – la imagen.

Bueno, pues ahora toca dejar la máquina bonita. Para esto tendremos varios elementos, en principio una pieza de polygrass (lo que debería ser metacrilato) de 2,5mm y unos vinilos que pegaremos en los laterales de la máquina, así como en el CPO con los botones y en la marquesina.

Cortar el vinilo ha sido una aventura que no me gustaría repetir ni aconsejar. Si podéis adquirir un cortador de vídrio o bien que os lo corten directamente donde lo compréis, ya que con la sierra de calar, al ser de 2,5mm unas veces lo parte, otras lo funde, con un cutter mejor ni comentarlo, y finalmente, al cortarlo con una dremmel el resultado ha sido algo desigual.

Además, de nuevo, el no haber considerado que la pieza superior donde pondremos todos los botones y la frontal se van a superponer en 16mm (el ancho de la pieza superior) me llevó a calcular mal la pieza de metacrilato que lo cubriría. Para cubrir esta parte de la máquina el plástico en si había dos opciones, bien partirlo en dos trozos y dejar una parte en la superior y otra en la frontal según sus tamaños, o bien hacer una pieza completa y doblar el metacrilato a base de calor. Como lo fácil habría sido lo primero y me fui por la segunda opción, y con mi pistola de calor (un regalo a agradecer) me puse a doblar el Polyglass… y vaya si se dobló, en pocos minutos quedó como un chicle, demasiado maleable, y al endurecerse ha formado alguna burbuja y alguna grieta. Sinceramente, para ser la primera vez que hago esto yo estoy contento, más adelante quizá cambie esta pieza, pero a día de hoy se va a quedar como está.

Los otros dos pedazos de metacrilato irán uno en la marquesina, con un vinilo pegado e iluminado por la parte trasera, y otro sobre el monitor, para protegerlo y además esconder los laterales del mismo, en mi caso con una cartulina negra aunque la gente habitualmente también pone aquí un vinilo.

Además decidí pintar la máquina de negro brillante. Mala idea. La primera mano de imprimación fue bien, luego lijé ligeramente la imprimación y le di una mano de pintura negra brillante para madera en interiores. Tanto la imprimación como la pintura eran al agua, no se si esto habrá influido, o los cuarenta grados de media, pero la pintura tardó varios días en secarse y cualquier dedo que se le ponga encima deja marca. Al menos queda el consuelo de que poca será la superficie pintada que se vea finalmente.

Tanto el mueble como la balda de los altavoces ya pintadas.

Tanto el mueble como la balda de los altavoces ya pintadas.

Sobre los vinilos también hay bastante que contar. Tenía varias ideas para decorar la máquina, primero me habría gustado sobre «La abadía del crimen», el juego de los 90 basado en El Nombre de la Rosa, pero no encontré ninguna imagen digna ni vectorial para poder imprimirla correctamente. Finalmente me decanté por un clásico, Mazinguer Z, del que si pude encontrar muchas imágenes, geniales la mayoría de ellas.

Para la marquesina mezclé varias imágenes vectoriales muy manga de Mazinguer, Afordita A, y los dos primeros enemigos de la serie, junto con un logo de Arcade Z (extraído de ZonaArcade, un diseño de Janibol para una máquina de Zetilla). Para los laterales encontré una imagen que me encantó de Ieco2011 en devianart.com (http://ieko2011.deviantart.com/art/Mazinger-Z-305840498?offset=50#comments).

Además, para los mandos, tuve primero que definir donde irían los mandos y los botones, y una vez enmarcado todo casi correctamente, los diseños quedaron así:

Centro de control, las zonas verdes serán donde situaré los botones y los mandos.

Centro de control, las zonas verdes serán donde situaré los botones y los mandos.

Para hacer correctamente esta plantilla tuve que definir el tamaño de las imágenes, tenerlas a 200ppp y calcular luego correctamente el tamaño y posición de mandos y botones. Esto lo puede hacer gracias, de nuevo, a la información que hay en el foro de ZonaArcade, donde puedes encontrar todo tipo de plantillas y ayudas visuales.

Imagen de marquesina

Imagen de marquesina

Y los laterales, en un estilo mucho más oscuro, me gustó mucho la imagen y como queda adaptada a la forma de la máquina.

Lateral derecho

Lateral derecho

Y ahora a currar de verdad. Toca agujerear el metacrilato, el vinilo y la madera para poner mandos y botones. Con una broca de pala y mucho cuidado, y contando con una inestimable ayuda, fuimos destrozando el material.

Haciendo agujeros

Haciendo agujeros

Y una vez limpito…

El CPO ya completo y límpio, con los botones y los mandos instalados.

El CPO ya completo y limpio, con los botones y los mandos instalados.

Y vamos probando las piezas sobre la máquina, primero el CPO con el monitor

CPO, monitor y vinilos

CPO, monitor y vinilos

Aquí ya hemos instalado los altavoces.

Máquina con frontal decorado.

Máquina con frontal decorado.

Ya casi la tenemos. Ahora nos queda organizar un poco toda la instalación eléctrica trasera y conectar el ordenador con el monitor, mandos, botones, amplificador etc:

Equipo al completo

Equipo al completo

Para terminar la máquina, pondremos los vinilos laterales y una moldura en forma de U para los cantos, y como decían en «el precio justo» A jugaaaar….

Casi terminada por completo

Casi terminada por completo

Funcionando y con la marquesina iluminada

Funcionando y con la marquesina iluminada

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