Las amapolas

Publicado por garvidal el


Mientras paseaba, la joven tenía la mirada pintada de amapolas, impregnada de aquellas flores arracimadas que emborronaban las cunetas las mañanas tranquilas de domingo. La tormenta temprana había oscurecido con la lluvia el arrebol de las hojas encarnadas mientras alimentaba el petricor liviano del rocío con tonos de romero. Al fondo todavía se escuchaba el eco de los truenos que se alejaban tras castigar con dureza el altiplano. Ya no quedaban árboles allí que pudieran ser partidos por un rayo, tan solo ejércitos de viñas emparradas cuyas pámpanas deslizaban las gotas de lluvia al vaso de la cepa amamantando las vides. Pinceladas de liebres, invisibles cuando se agazapaban sobre la tierra, dibujaban marrones sobre el horizonte infinito de La Mancha y pequeñas nubes blancas bajadas del cielo pastaban entre restos de siega con balidos plácidos. Nada rompía la mañana salvo el gruñir de su estómago al escuchar la llamada de algunas ascuas cercanas que ya crujían en gris ardiente. Tomó un ramo de manzanillas y amapolas echando a volar a los insectos que en ellas libaban y se encaminó de vuelta hacia el patio de la finca encalada en la que las gachas del almuerzo ya comenzaban a bullir.

Categorías: Microrrelato

0 comentarios

Deja una respuesta

Marcador de posición del avatar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.