El próximo verano

Las últimas sandalias del verano quedaron abandonadas al fondo del armario, junto a los sombreros claros de ala ancha y a los coloridos pareos. Marina Soria las miró con tristeza. Ella también se sentía como las tiras de piel que hasta hace poco abrazaron sus pies y ahora se desparramaban lánguidas y sin vida por el suelo. Las ventanas del cuarto, ligeramente entornadas, insuflaban vida a las cortinas que se preñaban con el viento cargado del frío tenue de los últimos estertores del verano. La luz del sol ya no alimentaba su piel, que perdía su tinte dorado volviendo a la palidez ojerosa de la vida rutinaria. El despertador, silenciado durante tantos días, regentaba de nuevo sus mañanas sin mostrar piedad, con su voz impertinente, con su insolencia de madrugada. Toda la ropa del vestidor se oscureció a ojos de Marina Soria, se alargaron las faldas, las mangas cubrieron los codos, los zapatos se cerraron sobre los empeines, todo ello como barrotes de una cárcel a la que septiembre la condenaba. La lana cálida sustituyó al refrescante lino, las medias tupidas al bronceador y la tristeza llenó de polvo un corazón que latió desbocado jugando con las olas de un mar que ahora ahogaba los recuerdos. Marina Soria se vistió despacio, desganada de septiembre, mojando en el café su depresión matutina, agarrada a la última esperanza que es siempre el próximo verano.
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