La casa

Cuando cerró la puerta tras de sí supo que nunca volvería a cruzar el umbral de esa casa. Recorrerla vacía era como descoser recuerdos de fantasmas tenues que sobrevivirían a duras penas en los rincones de cada estancia. El neutro silencio que ahora la poblaba acallaba su historia; las paredes, repintadas, escondían los agujeros de los que pendieron los cuadros que desde entonces habitan mudos en los trasteros del tiempo. Queda un espejo en la entrada cansado de reflejar partidas y que ya mira tan solo a la balaustrada de la escalera cubierta de polvo. Las primeras arañas han colonizado las esquinas de los techos, tejiendo esquelas en la soledad y el abandono de una casa vacía, mientras que en la chimenea fría todavía habitan las últimas cenizas del invierno y sobre el suelo del patio se acumula el musgo de las umbrías bajo los muros. Neveras vacías, armarios sedientos en los que flotan perchas desnudas, una moneda sin valor olvidada entre las pelusas que corretean por el pasillo, el jabón del lavabo que todavía sueña con manos mojadas, un casquillo sin bombilla y una persiana que vibra al viento de la mañana palmeando soledades. Cajas y maletas le robaron el alma que ahora habita otras plazas y tras el último giro de la cerradura, pareciera que la casa lloraba. Recorrió el estrecho paso hasta la verja que se cerró con un chasquido metálico y no miró atrás; nadie lo hace cuando ya no hay nada que ver.
0 comentarios