La lluvia

En aquel lugar quedaron tan solo las cosas que no pudo arrastrar la lluvia; quedaron las tristezas que se encallan en las grietas del alma, los últimos ecos de los pasos que anticipan las despedidas y el humo del cigarro que se consume como el tiempo sobre un cenicero de agujas desvencijadas. La herrumbe comenzó a devorar el hierro que se creyó eterno y la niebla traviesa se divertía borrando las mañanas de un otoño que se negaba a morir de inverno. Quedaron volcados los saleros sobre las mesas del café, encima de los manteles de cuadros rojos y blancos que palmeaban al viento valiente que se colaba por los cristales rotos, mientras que los cuadros de las paredes se descolgaban hasta el suelo soñando con romper los barrotes de su prisión enmarcada. Las puertas, henchidas de humedad y orgullo sentían que ya no cabían en sus zaguanes y silbaban por sus rendijas llamando a batalla; pero no hubo migajas para los gorriones ni gloria para el vencedor, ya nada quedó en aquel lugar salvo las cosas que no pudo arrastrar la lluvia.
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