Las lágrimas de Dalila

Publicado por garvidal el


De todas las lágrimas vertidas, las de Dalila fueron las más amargas. Eran aquellas lágrimas sordas, de las que se deslizan por el rostro dejando un surco brillante hasta lanzarse en picado, lágrimas brillantes y silentes, de dolor destilado, que pintaron de encarnado sus ojos oscuros y le poblaron la garganta de sollozos. En su caída formaban una lluvia triste incapaz de regar la tierra estéril a sus pies, esa en la que los almendros habían florecido, de nuevo, demasiado pronto y en la que un viento gélido los había arrasado al tiempo que había segado su alma. Los demás la observaban con miradas huecas y le hablaban con parcas palabras vacías; nunca la compasión fue tan fingida, nunca la soledad fue tan amarga. La vida, cuando navega con un solo remo, tan solo gira sobre sí misma, y mientras, en su pecho, las cebollas que plantó le secaron los pulmones por los que respiraba polvo y tierra. Dalila era el luto, la vestidura rasgada, la vida efímera que se escapa entre los dedos. Habría entregado con gusto el corazón a quién pudiera ponerlo en salmuera, conservarlo eternamente entre la vida y la muerte, justo sobre la delgada línea que nos separa de la locura. Dalila tenía los dedos rotos de cavar entre los escombros, las uñas ajadas y la mente quebrada, la voz perdida en el último grito que pudo proferir al encontrar uno de los pequeños brazos ensangrentados de sus hijos bajo el amasijo de hormigón y dolor que antes era su casa. Y, en Gaza, siguieron cayendo las bombas bajo el auspicio de la estrella de David.

Categorías: GazaMicrorrelato

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