Sentada al sol del invierno

Sentada bajo el sol de inverno, a medio día, con los ojos cerrados, las manos sobre las piernas y las palmas hacia arriba como si estuviera esperando recibir un regalo, la abuela pasa aquellos días de febrero, tan azules, mientras sobre el fuego, en la cocinilla, bulle el guiso tranquilo aromatizando el patio. Cerca, algún gato perezoso maúlla sobre la pared medianera que separa la casa del huerto y varias moscas inoportunas zumban pidiendo una atención inmerecida. La piel de sus manos (aquellas manos) parece cuero desgastado, destensada sobre sus dedos cortos y fuertes y sus antebrazos desnudos se descuelgan por un músculo desvestido de tensión mientras en los brazos, las manchas comienzan a anunciar su edad como un pregonero indiscreto. Todo habla del tiempo en ella. Su rostro, ahora plácido y tranquilo, está surcado por profundas grietas en las que se deposita polvo de muchos caminos. Tras sus párpados entoldados habitan dos ojos empañados que no dejaron nunca de ser curiosos y a su mente, como una gramola, acuden canciones y coplas que la trasladan a bailes en plazas que dejaron de existir hace ya muchos años. Su alma no envejece, tan solo sus sueños pierden color hacia el blanco y negro de un pasado en el que el espejo le devolvía la imagen de una joven bonita y llena de vida. Un parpadeo y sobre ella cayeron las arrugas y los achaques, la soledad y el luto, la harina en el cabello y el minutero del reloj que corre como un segundero. Al negro de su vestir le permite tan solo la licencia de un delantal gris a lunares; al oscuro dolor de su duelo añejo, en cambio, ni a una mota de luz le ha concedido macularlo. Aún duerme en su lado de la cama, esperándolo, aún a sabiendas de que aquellos que se marchan no vuelven, que la muerte es el siempre y el ya nunca, que el pasado se hace polvo y en polvo se convierte. Se han ido tantos que a veces se siente culpable por seguir viva, pero la vida le gusta y no tiene prisa alguna por marcharse. A algunos ya los recordará siempre jóvenes, a otros marchitos y enfermos y de la mano acompaño a unos pocos en su tránsito a la nada. Pero ahora la muerte ya no puede asustarla, es demasiado tarde para que el final cercano le atenace el alma; tiene más miedo a dormir que a no despertar, a perder el tiempo que le queda, aunque tan solo lo dedique a tomar el sol de invierno sentada en una silla del patio a medio día. Esos días tan azules, ese sol de la infancia.
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