Bandera blanca

Publicado por garvidal el


El corolario de su vida decía que la melancolía era la consecuencia última de una tristeza infinita. Su corazón era un acerico encarnado rebozado de alfileres que palpitaba bruma y sus pulmones alcancías de ahogos, fuelles desgastados que silbaban sollozos. Caminar arrastrando los pies era lo más alto que se le permitía volar, dejando un reguero de lana y miel en el que se enredaban los sueños incumplidos que la seguían a todas partes. Las agujas del reloj eran las hojas de la tijera que podaban su tiempo, trasquilando los brotes de esperanza que le supuraban cuando el sol del otoño le doraba la piel. Marchitar hasta volverse quebradiza parecía el destino que la vida le guardaba, la recompensa de aquel que ha nacido para perder. La voz rota, como el alma, los ojos caídos al suelo, los hombros vencidos. Llegó a la meta cuando ya no quedaba nadie en la carrera, cuando el reloj había dejado de marcar el tiempo. Alzó su bandera blanca, ya rendida, pero la vida no le dio tregua porque la vida es violenta y sencilla, no responde a razones morales; tampoco es justa, es, tan solo, la verdad descarnada y cruel de lo que somos: pequeñas motas de polvo que se apagan en el tiempo. De todos los dioses con los que le mintieron, ninguno vino a recogerla cuando llegó el momento de marchar.

Categorías: Microrrelato

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