El primer verso

El sol arrancaba a tiras la piel de un inverno con hambre de primavera aquella mañana de marzo. La breve helada se rompía en un amanecer brillante, con diamantes sobre las flores de los valientes almendros, esas que siempre nacen demasiado pronto, tal y como lo hacen los sueños y las esperanzas. Ya había quedado atrás el olor de las castañas asadas y ya estaban amortajados los abrigos gruesos en el fondo de los armarios. Las muchachas cerraban los ojos al notar el sol tostando la piel de sus rostros y comenzaban a flotar sobre sus cuerpos los primeros vestidos vaporosos y las medias de verano. El café se quedó frío sobre la mesa de aluminio. Lo retiró a un lado para poder abrir el desgastado cuaderno en el que vertía sus poemas. Miró la fecha del último y se sorprendió al descubrir que no había escrito nada desde septiembre. Quizá su poesía marchitaba, quizá era aquel un cuaderno de hoja caduca, quizá su corazón era un bulbo que se enfriaba hasta que volvía a regarlo el sol de primavera. Buscó su lapicero entre el vertedero que habitaba en su bolso, pero no lo halló. Llaves, un monedero vacío, labiales de colores que nunca eran los que le apetecían, una marea completa de tiques de compras ya olvidadas, algún medicamento caducado, un cable sin utilidad concreta, una botellita de gel de hidro alcohol de herencia pandémica, juna mascarilla!, monedas sueltas que jugueteaban entre las costuras, tarjetas de lugares que nunca volvía a visitar y todo lo imaginable; pero el lapicero no estaba alli. Una chica la miraba divertida desde la mesa de enfrente. Era bonita, tocada por la belleza de una juventud inocente. Le devolvió la contagiosa sonrisa. La joven señaló su coronilla haciendo un gesto de afirmación. ¡Claro! Allí estaba el lapicero. Lo extrajo del nudo gordiano con el que sujetaba su pelo como si tomara a Excalibur del corazón de la piedra y, como una cascada, su cabello se derramó sobre su nuca en una cortina castaña. Agradeció la ayuda a la chica y, con un gesto leve de su cabeza la invitó a su mesa. La joven tomó su abrigo, recogió su bolso y sin mediar palabra se sentó frente a ella. En sus labios, sin duda, se escondia el primer verso del primer poema de la primavera en ciernes.
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