La siesta en el patio

Sumergió sus manos en el agua fría del cubo que un instante antes había depositado sobre el brocal del pozo. El juguetón chapoteo rompió la tersura de la hora de la siesta que habitaba en el patio de la casa. Formó una concha con sus manos y bebió de ellas hasta saciarse, tras lo cual, lanzó el líquido restante a su rostro frotando con intensidad mientras sentía el gozo del frescor que le arrancaba el sudor de la cara. Zumbaban varias avispas bajo la parra que cobijaba sombra a la hamaca en la que le gustaba descansar tras la comida, pero esa tarde el calor era tan intenso que las chicharras aullaban imposibilitando dormir. El patio, encalado, salpicado de macetas de las que brotaban claveles y cintas, con su pequeño pozo artesiano en el centro, era el lugar más fresco de la vieja casa. A los gatos del vecindario les encantaba transitarlo, caminar entre las pequeñas y pulidas piedras de río que dibujaban formas geométricas sobre el suelo, cazar los saltamontes y los grillos que se escondían entre las matas de azalea y manzanilla, y, por la noche, hacer equilibrio sobre los muros que separaban aquel oasis del resto del mundo. Pero esta calurosa tarde, los gatos no se atrevían más que a ronronear ufanos a las sombras más frescas. Miró su reloj con pereza, todavía quedaba tiempo para otro par de capítulos. Dejó sus sandalias junto a la puerta, se calzó de nuevo aquel viejo sombrero, que había sido de su padre y que ya perdía material por su ala, y se tumbó sobre la hamaca para continuar leyendo, unos minutos antes de que el sombrero terminara sobre su rostro y el libro sobre su pecho marcando la respiración tranquila de su siesta de verano.
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