Los roedores del tiempo

Vosotros no lo recordaréis, pero aquellos ratones diminutos que surgían de los pequeños huecos entre las paredes se alimentaban del tiempo de las personas. Por las noches, cuando los hombres y las mujeres de aquel mundo caían agotados en sus lechos, los ratones salían de sus madrigueras, de entre los pliegues de lo real y lo soñado y comían el tiempo royéndolo con sus pequeños dientes afilados. Luego lo regurgitaban y hacían con él pequeñas esferas brillantes que cargaban sobre sus diminutas espaldas para llevarlas hasta las cloacas dónde las ratas, sus monarcas, las almacenaban en cráteres de volcanes gigantescos para fundirlas en un inmenso orbe. Con él, cuando hayan robado todo el tiempo de los hombres, forjarán un cíclope del barro que se forma con las lágrimas de las madres al depositar los cuerpos de sus hijos marchitos prematuros, sin tiempo, en los arenales secos. Y ese cíclope verá todo lo acontecido y lo que está por acontecer, ya que en su único ojo estará contenido el tiempo de todos los hombres, el pasado y el futuro. Es por ello por lo que un dios benévolo, no importa su nombre, creó a los gatos, para proteger el tiempo de los hombres, y les dio a los pequeños felinos la magia para vivir entre los pliegues del tiempo, pudiendo recorrerlo a su placer, hacia delante o hacia atrás, deteniéndolo y jugando con él como si fuera una madeja de lana. Y los gatos comenzaron a cazar ratones para que los hombres tuviéramos de nuevo el tiempo. Entonces llegaron los teléfonos móviles y todo comenzó de nuevo.
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