Una nueva estrella

Quizá el fuego pudiera, quizá. Las hogueras rompían la noche a lo largo de la playa como una línea infinita de faros cuya luz buscaba atraer al verano hasta la costa. Rodeando cada una de ellas había brujas y magos, duendes y hadas, doncellas y caballeros, de este tiempo y de todos los tiempos pasados, retazos de fantasmas que escapan para danzar en la noche de San Juan. Desnudos sus ojos de esperanza pensó que quizá el fuego pudiera, quizá. Se descalzó, buscando que la arena jugara con sus pies descalzos, dobló ligeramente el bajo de sus pantalones y anudó su camisa bajo su pecho. El sudor resbalaba por su torso y empapaba su cabello mientras el viento, caprichoso, bailaba con las llamas lanzando bocanadas de calor a las gentes que danzaban alocadas a su alrededor. Ella se acercó al fuego, al bailarín peligroso que lamía con ansia su piel tostada. Estaba asustada pero no podía dejar de pensar que, quizá, el fuego pudiera. Cerró los ojos, abrió los brazos y flexionando ligeramente las rodillas se arrojó a las llamas, que se abrieron frente a ella como una flor encarnada. El calor evaporó sus lágrimas y un tornado de fuego se formó a su alrededor obligándola a girar y girar, lanzándola al infinito donde su cuerpo comenzó a arder con toda la intensidad contenida de una nueva estrella repoblando el firmamento. A la mañana siguiente, sobre la arena, encontraron una cáscara vacía de persona junto a las cenizas todavía calientes de las hogueras. Nadie supo más de ella, solo los que descubrieron que en el firmamento había nacido una nueva estrella a la que rezar.
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