Vidas Tangentes

Publicado por garvidal el


Aquella tarde, Edurne no salió de casa como era su costumbre. Petra, la conductora del autobús de la línea B2 la echó en falta en la parada frente al kiosco. Para ella Edurne era la señora discreta de los zapatos de salón de rojo charol que saludaba siempre con una sonrisa, pero el autobús no espera por nadie. 

En la cafetería Tres Tréboles, Joaquín limpiaba las mesas de la terraza tras un ligero chaparrón de primavera. Era una tarde de habituales, una de esas tardes de martes en las que los clientes eran los de siempre, Pedro, de la administración de lotería, Maruja, la panadera y tantos otros. Aun así, echó en falta a la señora de la infusión de rooibos y la tostada de pan de molde con mermelada de fresa. Era extraño, ya que era muy puntual; siempre llegaba a las cinco y media. Las mesas comenzaron a llenarse de clientes y Joaquín volvió a sus quehaceres sin darle más importancia.

En el colmado de Isabel, todas las tardes podía disfrutarse del aroma de la bollería recién hecha. Isabel la disponía bajo las vitrinas de cristal del mostrador, elegantemente colocadas sobre pequeños y elegantes manteles de papel troquelado. Tomó una caracola de cabello de ángel y la empaquetó con cuidado, atándola con un lazo rojo a dos alturas para que fuera cómoda de transportar. Cuando llegó la hora de cierre y el pequeño paquete, ya frío, todavía estaba sobre el mostrador, Isabel se extrañó. La señora de los guantes de piel blancos que cada tarde de martes acudía a su tienda a comprar su delicioso dulce había faltado a su cita por primera vez en mucho tiempo. Isabel dejó el pequeño paquete de nuevo en la vitrina y cerró su local por ese día, largo y agotador. 

Cuando llegó la noche María bajó la basura al contenedor de la esquina. Se extrañó de no cruzarse con Edurne, su vecina del cuarto, que siempre volvía a esa hora de su paseo. Les gustaba cruzar unas palabras antes de subir a casa, sobre todo esas agradables tarde-noches de primavera en las que se estaba tan bien en la calle. De pronto recordó que había dejado calentando la cena para su marido Tomás, que ya comenzaba a perder los recuerdos como había perdido los dientes, uno a uno, y subió acelerada hasta su casa. 

La noche encontró a Edurne sola y fría en el suelo del baño. Tiritaba incapaz de levantarse, entrando y saliendo de un sueño pegajoso. Estaba sobre un charco de un líquido frío y pestilente, asustada, consciente de que la puerta de su casa solo se abría para ella. Nadie la echaría de menos, nadie iría a buscarla. Recordó una frase que había leído en un libro cuyo título no recordaba. Era una frase que la sentenciaba, a ella y a tantos otros, una frase que rezaba que la soledad no se mitiga con vidas tangentes.

Cuando llegó la mañana Edurne ya no estaba allí.

Categorías: Microrrelato

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