La sed.

El silencio como toda respuesta, las miradas desviadas y el tiempo en contra, así era su día a día. Había tenido tiempos mejores, tiempos de nubes y de almendros, dormida con la cabeza sobre sus piernas mientras temía tan siquiera toser por no despertarla, buscando siempre sus manos como un náufrago busca una isla, sintiendo su calor junto a él en las noches frías de inviernos venturosos, sentada sobre la encimera viéndolo cocinar los domingos que fluían plácidos. Ahora su vida estaba llena de huecos, lugares oscuros, sombríos, lóbregos, a los que la luz no alcanzaba. La vida arrasa con la vida, pensaba mientras todavía se sentía como uno de esos juguetes para niños que intentan mantenerse de pie a toda costa tras pasar por un huracán, intentando cerrar heridas tan profundas que dolían al respirar, con lo que quedaba de su ser atrapada en un cepo para osos, rotos todos los esquemas y perdidos los futuros en el fondo de un pozo amargo. Se despertaba a media noche y buscaba sobre el colchón la presencia que añoraba, encontrando tan sólo el frío aliento del que duerme solo, alimentada la oscuridad por la soledad y el silencio que amputaban sus sueños y escondían sus esperanzas entre sus recuerdos, en el desierto asolado en el que nunca saciaría su sed. Pese a ello se levantaba cada mañana, con el silencio como toda respuesta, las miradas desviadas y el tiempo en contra.

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