Consagración

La mañana se esconde tímida tras la niebla, almibarando las luces de los coches y refrescando los rostros de los caminantes que, a esta hora temprana, segamos las últimas gotas del amanecer. Los otros son el mismo yo que camina con la mirada al infinito y la mente perdida en los últimos coletazos del sueño empalagoso que se niega a abandonarnos. Nadie se mira en la mañana, solo somos las sombras que proyecta el día como un borrón sobre la acera, como un eco que respira. Los primeros cafés del día empapan de aromas las calles, los fumadores tercos habitan a sus puertas, como chimeneas egoístas que se consumen en humo, y los camiones de reparto se vacían sobre las carretillas remendadas de los repartidores. No hay dignidad en el bostezo que contagio, ni piedad para quién, como yo, trasnocha por los senderos del insomne; la mañana, impune, es ley y condena. Yo, reo de mi pobreza afortunada, esclavizado por la necesidad de sobrevivir, me impongo a mis sueños y camino con desgana al trabajo, destino que me nutre de insatisfacción y desapego como la pesadilla de un niño. Lucho contra mis deseos de volar, encadenado a la realidad de una vida construida desde cero que me enjalbega de rutinas y algunas veces, como quién abre la ventana en primavera, me regala momentos que atesoro. Sabedor de que no tenemos más vida que esta y que se conjuga tan solo en presente, me dedico a soñar otros tiempos y otros mundos que transformar en palabras y a ello consagro la poca fe del ateo confeso que soy. Y, al final, la mañana perece ahogada por el sol de medio día y la esperanza de la libertad, condicional, renace y toca volver a vivir la vida soñada. Ya de vuelta camino con la sonrisa dibujada y el cansancio de haber cumplido la condena diaria. Son las tardes la vida de una flor de almendro, intensas, blancas y fugaces, y a ellas consagro mi alma.
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