La costurera de olas

Tenía el verano como única bandera, la sal del mar como aderezo de sus mañanas y la brisa como peine de sus cabellos. La arena calzaba sus pies entre la espuma ávida de tocar su piel cuando paseaba por la playa vestida de mar. Las caracolas le cantaban al viento su nombre, adornando su cuello en un collar infinito y, en su pelo, estrellas de mar y coral hacían horquillas para apartarlo de sus ojos grises. Era la encargada, cada amanecer, de coser el mar a la tierra para que no escapara. Tomaba su aguja de la frente de un narval, la enhebraba con hilo de alga y recorría el mundo entero dando puntadas delicadas e invisibles sobre las playas, rematando con fuerza las costuras bajo los acantilados y descosiendo pequeñas zonas para que los ríos pudieran desembocar en el mar. Su nombre era impronunciable para nosotros, pero desde la antigüedad más remota, desde que el primer hombre le puso nombre al primer animal, se la conocía como Marea o, como la llamaban los polinesios <<la que nos trae el mar>>. Algunas veces, agotada, se sentaba a descansar sobre la arena y entonces las aguas, libres de su sedal, bajaban alejándose de la tierra, cansadas de ser vertedero del hombre. Pero ella retomaba de nuevo su labor y convencía al mar para que volviera a abrazar las playas. Y todo comenzaba de nuevo. Otras veces, sus pies descalzos se cortaban con el cristal de alguna botella rota y su sangre, de color plata, cubría de brillos el agua. Entonces, enfurecida, elevaba una galerna y vomitaba a las playas naufragios y botes varados empujados por las sirenas que los guardaban. Cuando su herida sanaba, llamaba a las gaviotas y dibujaba las estelas de los barcos para jugar a las tres en raya con su hermana del cielo, aquella que cosía las nubes al firmamento.
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